Mérida, Abril Jueves 16, 2026, 10:18 pm
No había pasado ni un día después de haberlo dejado
todo en Venezuela y Marielis Montero ya se enfrentaba a la peor adversidad del
camino. Tomada de la mano de sus dos hijitas de 1 y 4 años, sintió que el mundo
se le venía encima cuando un hombre armado que dijo ser del ELN le informó que
para poder pasar la frontera debía pagar 20.000 pesos por cabeza.
Para ella, que sobrevivía en su país a punta de
harina y huevos, 20.000 pesos colombianos eran toda una fortuna. Esta joven
madre estaba ahí parada en esa trocha ilegal con sus niñas, su mamá, su papá,
su esposo, un hermano con autismo que hace tres meses no se toma su medicamento
y algunos amigos. Ninguno de ellos traía un centavo en el bolsillo.
Marielis, en un acto tal vez inocente, le rogó al
guerrillero que si le podía pagar con artesanías. La oferta resultaba absurda
en medio de un escenario tan hostil. Pero tal vez el llanto de las niñas hizo
que el hombre se conmoviera. Los dejó pasar. Les dijo que corrieran y que no se
les ocurriera mirar atrás. Dar vuelta ya no era una opción. Era jugarse la vida
mirando al frente.
Así comenzó una travesía infame de 195 kilómetros a pie, un recorrido al que se lanzan diariamente cientos de venezolanos de bajos recursos que huyen del hambre que allá ya no da tregua. Se cree que unos 500 comienzan todos los días a esta caminata que entre Cúcuta y Bucaramanga puede durar entre seis y siete días. Muchos tienen su destino final en Bogotá, otros en Perú o Ecuador. Algunos no saben ni para dónde van. El bus nunca es una opción porque los pasajes resultan demasiado costosos. Algunos conductores les cobran más de lo normal por ser ilegales o se abstienen de recogerlos para no tener problemas con la Policía.
Los migrantes que deciden hacer el recorrido no saben
a lo que se enfrentan. El trayecto, al principio afectado por un rayo de sol
asfixiante, se va tornando insufrible por las bajas temperaturas que aparecen
en la alta montaña. Y nadie va preparado para el frío. Hombres, mujeres y niños
suben los cerros en fila india, con cobijas en la cabeza y chanclas de caucho
como si acabaran de despertar y salir al patio de la casa.
La peor parte aparece en Pamplona. Allí comienza el
ascenso al páramo de Berlín, una cadena montañosa perteneciente a Santurbán,
cuyo pico más alto puede alcanzar los 3.300 metros sobre el nivel del mar. Ni
Marielis ni sus dos pequeñas hijas jamás habían estado a cero grados
centígrados. Ni mucho menos conocían la neblina.
La situación interna de Venezuela hace rato tocó
fondo. Aunque por años se ha hablado de crisis, no es posible cuantificar la
situación actual. En los últimos meses decidieron huir del país aquellos que
jamás pensaron en hacerlo, esto es, los venezolanos más pobres que en su
momento recibían los mayores beneficios de la revolución de Hugo Chávez.
Antes, dice Christian Krüger, director de Migración
Colombia, partían los que tenían algún recurso para viajar. Hoy salen los que
se ven obligados a cambiar la nevera por una caja de huevos, como le pasó a la
mamá de Juan Alberto Mendoza, un migrante que llegó a Bucaramanga a dormir en
las calles porque no ha encontrado ningún modo de ganarse la vida.
En Caracas comienza a notarse el vacío dejado por los
millones de ciudadanos que en los últimos años han abandonado Venezuela. Nadie
sabe la cifra exacta de cuántas personas han salido a buscar un mejor futuro en
otros países. Esta semana, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones
Unidas para los Refugiados (Acnur) emitió un comunicado en el que decía que 2,3
millones de ciudadanos de ese país viven en el extranjero y que más de 1,6
millones partieron desde 2015. Migración Colombia estima que al finalizar
agosto casi un millón ya estarán en Colombia. Sin embargo, en el aire siempre
quedará la duda de si son muchos más, pues incontables migrantes deambulan por
el continente sin dejar huella.
El Consejo Noruego para los Refugiados (NRC) y varias
organizaciones venezolanas hablan de 4 millones de personas. Esto representa el
12,5 por ciento del total de la población. Es un éxodo solo comparable con las
migraciones de Europa tras la Segunda Guerra Mundial o con desplazamientos
masivos en África o Medio Oriente.
Daniel Lozano, un periodista español que lleva varios
años de cubrir la situación del país desde la capital, ha presenciado cómo se
ha venido desocupando la ciudad. Tan es así que últimamente es difícil ver
trancones en el tráfico de Caracas. “Por un lado, no hay repuestos para los
automóviles y, por otro, ya se nota la ausencia de la gente que se ha escapado.
Cuando hay luz (no siempre) también se pueden ver los huecos y vacíos en los
edificios. Esas personas ya no están. No es exagerado decir que en todas las
familias de Venezuela se ha ido alguien”, dice.
La fuga de personas en Caracas ha disminuido incluso los homicidios. Esta urbe, que hace un par de años estaba entre las tres ciudades con mayor tasa de asesinatos en el mundo, por primera vez ha visto reducir ese índice. En los primeros seis meses de este año, en Caracas se cometieron 2.430 homicidios menos que en el mismo periodo de 2017. El robo de vehículos, según la Policía, también cayó en un 30 por ciento como consecuencia de la disminución del parque automotor. Como cada vez hay menos repuestos e importarlos resulta económicamente inviable, muchos han vendido sus carros o los conservan varados en sus casas. Por eso se los roban menos.
En los centros comerciales es común ver letreros que
indican que se necesita personal. Y es que miles han abandonado sus puestos de
trabajo. En mayo pasado, la Universidad de Carabobo reconoció que el 40 por
ciento de los estudiantes desertaron de sus carreras; de ellos, el 25 por
ciento salieron del país. El director Krüger asegura que toda esta desbandada
responde también a una estrategia del gobierno de Nicolás Maduro de expulsar a
sus propios ciudadanos con medidas económicas asfixiantes, dado que la
revolución ya no cuenta con el músculo financiero para sostener al pueblo.
En esto coinciden varios analistas consultados por
SEMANA. “El gobierno quiere disminuir la masa humana y así contentar con lo
mínimo a los que se quedan”, dice uno de ellos. En Venezuela hay un sentimiento
de derrota. Eso se nota en las caras de quienes, sin nada, marchan con ampollas
en los pies por las carreteras de Colombia.
A eso de las nueve de la noche y con la lluvia
amenazando, Eliana, de 19 años, estaba sentada al borde de la carretera
cargando un bebé. Viajaba con un grupo de 11 personas que venían de Guanare
(estado Portuguesa) y esperaban a que un camión se compadeciera de ellos y los
llevara al menos una parte del camino.
Eliana no sabía dónde se encontraba. Y el niño, Tiago David, dormía profundamente. Los hombres llevaban letreros que decían: “Amigo colombiano, colabóranos”. Estos venezolanos ignoraban que estaban a punto de subir una cordillera en la que cualquiera sin suficiente abrigo podría morir de hipotermia. Solo lo supieron cuando pasaron por allí dos colombianos repartiendo chocolate caliente y sándwiches. Daniel Rico y su hermana Juana se acercaron para darles comida y de paso advertirles de los peligros que conllevaba para el bebé que emprendieran camino a esa hora.
Voluntarios como Daniel y Juana luchan para que los
migrantes que andan por la carretera sobrevivan. Ellos y muchos otros
espontáneos dedican fines de semana a auxiliarlos con dotaciones de emergencia.
Más que un sándwich, les dan un abrazo e información vital. Desde algunos
carros caen a veces monedas, billetes o un simple gesto de “buen viaje”. Pero
ninguna institución auxilia a los bebés con ayudas humanitarias mínimas. En el
recorrido que hizo SEMANA solo apareció en el camino un puesto de la Cruz Roja
en el que los migrantes toman agua, pueden llamar a sus familiares en Venezuela
y acceden a un chequeo básico de salud. Sin embargo, en el trayecto de Pamplona
a Bucaramanga todos los días hacen falta medicinas para la fiebre de los niños,
comida, teteros, leche, pañales, toallas higiénicas y artículos de aseo para
los cientos y cientos de venezolanos que sin un peso pasan todos los días por
allí.
Mientras el frío se hace más desesperante, por la
carretera va apareciendo uno que otro ángel en el camino, como Pilar Figueroa.
Todos los días, sin recibir pago alguno, esta mujer reparte unos 200 almuerzos
a los viandantes que se asoman por La Laguna, un pequeño corregimiento brumoso
de los municipios de Silos y Mutiscua (Norte de Santander).
En este caserío el frío se mete por los huesos: no valen los guantes ni los gorros. Pilar se llena de lágrimas cuando cuenta lo que ha tenido que ver. “Se le parte a uno el corazón de ver muchos niños y mujeres aguantando necesidades. Niños con fiebre, sin zapaticos. Y los presidentes de los países se hacen los de la oreja mocha. Una vez vi a un señor que llevaba tres días sin comer. A veces los montan en un bus y los devuelven, los tratan como animales. Uno se siente impotente ante tantos dramas, señor”, dice.
Los venezolanos de más bajos recursos se han visto
obligados a dejar su tierra, entre otras cosas, porque en el país vecino no
circula dinero en efectivo para comprar comida. Si algún familiar consigna
plata desde el exterior, los bancos solo permiten sacar 2.000 bolívares por
día. Y eso solo alcanza para una caja de huevos.
La hiperinflación descontrolada (el FMI estima que la
inflación cerrará en 2018 por encima de 1.000.000 por ciento) ha generado que
aparezcan mafias del dinero en efectivo. Hasta la semana pasada, si un
venezolano quería adquirir 1.000.000 de bolívares en billetes, debía hacer una
transferencia por 4.000.000 de bolívares.
El ciudadano de a pie no solo se ve obligado a generar ingresos, sino que para poder gastar lo que se gana se ve obligado a perder porcentajes altos. Otra opción es ir a la frontera a rebuscar canjes para finalmente poder comprar lo básico para subsistir. La gente dice incluso que el secuestro va en caída justamente porque ya muy pocos podrían pagar un rescate en efectivo. Así de paradójica y delirante es la situación.
Lo más complicado del asunto es que en los lugares a
donde van los venezolanos no hay oportunidades. Bucaramanga, por ejemplo, ya
está al tope. Desde la Alcaldía poco pueden hacer para atender a los cientos de
migrantes que entran todos los días. Luego de semejante travesía, los
caminantes llegan a esta ciudad generalmente a dormir en las calles.
Pocas personas como Alba Pereira intentan auxiliar en
Bucaramanga a los extranjeros que como Marelis Montero, la madre de las dos
niñas que pudo pasar por la trocha sin pagarle a los del ELN, anhelan llegar a
la ciudad pensando que encontrarán oportunidades de empleo.
Alba dirige una fundación con recursos cada vez más
escasos. “El Estado no hace nada. A nosotros como ONG nos han dejado esa
responsabilidad. Estas personas no tienen cómo sobrevivir aquí. Trabajamos con
las uñas. Pero ya no tenemos de tanto rasguñar recursos. No damos abasto. Ojalá
todo el mundo pasara por aquí, por el parque del Agua, a donde llegan los
migrantes. Y así sintieran a lo que huele la pobreza y el desarraigo”, dice.
Luego de dos días de camino, Marielis Montero logró
que un carro le diera un empujón a ella, a sus dos bebés y a su padre. Pero el
cupo no alcanzó para el resto de la familia. Los demás tuvieron que seguir el
trayecto a pie. Marielis alcanzó a llegar hasta un punto cerca de Pamplona.
Daniel Rico y su hermana la encontraron en el camino y reunieron dinero para
pagarles a ella y a las niñas una noche de hotel. Sin embargo, cuando fueron a
entregar el dinero el hombre que atendía el hospedaje dijo que tenía por
política no arrendar piezas a ningún venezolano. Se excusó en decir que los
migrantes olían mal y que solían dejar las habitaciones sucias. No reconsideró
su negativa ni con el argumento de que dos niñas, de 1 y 4 años llamadas
Abriany y Williany, necesitaban dónde pasar la noche. Así de complejo, así de
duro, de inhumano es el viaje a pie de un venezolano que camina por una
carretera de Colombia.
*Si desea ayudar a migrantes en el camino, puede
hacerlo a través de las siguientes vías:
Ayudas para comida a migrantes que pasan por La
Laguna, Santander:
Maria del pilar Figueroa Lizcano.
Consignaciones nacionales por Efecty.
Cédula: 60267795.
Ayudas para comida a migrantes en la carretera:
Juana Marcela Rico Valencia.
Cuenta de ahorros Colpatria: 0382046383
Consignaciones nacionales por Efecty. Cédula:
63526336.
Ayudas de emergencia a migrantes que llegan a
Bucaramanga:
Fundación Entre dos Tierras.
Cuenta de ahorros Bancolombia
29186114823
Nit: 901105772-8
Presidenta: Alba Pereira.