Mérida, Julio Domingo 26, 2026, 09:48 pm
Creo haber dicho alguna vez que la lectura marcó mi vida al punto de
poder decir que hubo un antes y un después al convertirme en un buen
lector. El antes era el de un hombre promedio, que avanzaba en su día a
día sin mayores trasiegos existenciales, que estaba tras una búsqueda,
pero no sabía de qué. No había sido un tragalibros en la niñez y ni
siquiera en la adolescencia, aunque leía a un ritmo si se quiere
aceptable, pero no destacable. Había leído todo lo que se encontraba en
mi casa, y hasta tuve la osadía en mis tiempos de bachillerato de
hacerme suscriptor de una revista del Conicit, que tenía un claro perfil
divulgativo y de acercamiento de la ciencia a los jóvenes, con
estupendas ilustraciones del gran caricaturista Zapata. Y ahora que lo
recuerdo, ahorraba el dinero que me daban mis padres para poder comprar
en la Librería Selecta, de grato recuerdo y de añoranza en
Mérida, colecciones de revistas que hablaban de las antiguas
civilizaciones y del universo, cuestiones que me fascinaban y que me
siguen atrapando, aunque no con tanta fuerza como ayer, y de cuyo
paradero no tengo conciencia. Me imagino que todo aquel valioso material
se perdió en alguna mudanza, o lo dejé en la casa de mis padres cuando
me casé, y se fue quedando en los más profundos intersticios de algún
estante hasta desaparecer. Me encantaría tener todas esas revistas ahora
y así poder regresar con nostalgia a mis viejos intereses como lector,
pero hay ciertos puntos de inflexión en los cuales entran muchas cosas, y
como si fueran agujeros negros que las engullen, allí se quedan
enterradas para siempre.
La
lectura fue la clave para todos estos portentos. El hombre de hoy no es
ni la sombra del que fui. No sé si mejor o peor, créanme que no lo sé,
pero sí puedo afirmar que distinto. Mi cosmovisión es otra, mi manera de
acercarme al mundo y a sus fenómenos es si se quiere mucho más amplia
que los acotes y los atavismos del pasado, que me adosaban a creencias
inútiles: que nos encasillan, que nos cretinizan, que nos convierten en
esclavos de poderes supra que se alimentan de los otros y que como
monstruos nos devoran. La lectura atenta y analítica nos hace dejar la
vieja piel, nos abre nuevos horizontes, nos desvela realidades que
estaban allí (como en el cuento de Monterroso), pero que éramos
incapaces de ver por la ceguera cognitiva que nos atenaza sin piedad
desde la más tierna edad. Con la lectura damos un gran salto que nos
permite vivir con mayor hondura la existencia, disfrutar con conciencia
libre de todo lo que nos rodea, pero sin caer en resignaciones, sino con
la mirada puesta en el mañana y sin perder de vista el ahora.
La lectura es una sinergia, es la suma exponencial de experiencias y de sensaciones, es la certeza de vivir más intensamente, aunque por largos momentos nos aislemos en la soledad del libro y de su entorno. La lectura nos hominiza, nos baja de las ramas, nos hace comprender la grandeza de nuestro viaje planetario: ese que nos acerca entre nosotros y a las otras especies, que nos socializa, que nos permite abrir los ojos y tomar conciencia del milagro del vivir. Si la sociedad comprendiera la importancia de la lectura, la tendría como una de sus prioridades, y todos los males y perversiones que nos atenazan desaparecerían de nuestro mundo de relaciones, y la experiencia humana fuera más amable y certera, y no esas trincheras de odios tribales que nos empujan inexorablemente hacia un abismo.
@RicardoGilOtaiza
rigilo99@gmail.com