El panorama mundial sigue siendo desalentador, de acuerdo a los estudios y seguimiento de la economía hechos por instituciones multilaterales. En ellos se revela que al cierre del año son pocos los países que mostrarán cifras de crecimiento en sus estadísticas. Las grandes potencias, Estados Unidos, China, Reino Unido y Francia subirán sus números, pero Rusia, con su afán guerrerista, no podrá elevar las cifras.
Lo importante, en todo caso, es que el mundo de hoy se encuentra menos asediado por las noticias dramáticas de la crisis del virus Covid 19, lo cual deja espacio para pensar que podríamos haber superado esa pandemia y que, entonces, tendríamos tiempo para repensar muchas cosas de la vida humana, de nuestras sociedades, tanto de las de primer como segundo mundo.
Uno de los asuntos que debemos repensar es la educación, tanto la familiar, comunitaria, formal, informal, digital, la que promueven los medios de comunicación y la propia autoeducación o autodidacta. Si. Porque han operado cambios en todos los sentidos y en todas partes.
Dos años de cierre de las actividades a las que estábamos acostumbrados, de las clases presenciales, de la relación directa interpersonal, de las tutorías y asesorías personalizadas, de los encuentros pedagógicos y un buen etcétera, nos dejan enseñanzas o lecciones importantes. Una de ellas es el auge de Internet en deterioro de las publicaciones impresas, de las deficiencias de los servicios públicos (agua, luz, transporte y conectividad), de la ausencia de aulas virtuales equipadas tecnológicamente, de la falta de preparación de los educadores y personal administrativo y de la desinformación, especialmente en la relación maestro – representante.
Son elementos visibles o tangibles, pero hay un asunto que ha quedado muy claro. Numerosas profesiones y oficios han quedado sepultados por los cambios, tanto los sociales, como los políticos y culturales. Por ejemplo, la ausencia de un auténtico estado de derecho y justicia, con tribunales autónomos e independientes, deja sin valoración real a miles de abogados, mientras que, por otra parte, la emigración de miles de médicos deja un déficit de profesionales de la salud, al mismo tiempo que la parálisis en obras de infraestructura, a escala superior, margina a miles de ingenieros, arquitectos y profesionales similares.
Aquí cabe preguntar si tiene sentido seguir formando profesionalmente a futuros desempleados o si apostamos a un cambio total, en el país, con la recuperación del sendero del crecimiento, el desarrollo, el progreso y la riqueza general, para todos, para lo cual esos graduados serán necesarios y, hasta, vitales.
Pregunta para el debate. Ahora, cuando escribo sobre repensar la educación es porque quiero introducir otro elemento distinto. Social y culturalmente, como un colectivo humano, hemos fracasado en formar profesionales para que ejerzan solo en función del lucro y no para engrandecer una sociedad humana, para preservar la vida, para proteger la naturaleza y para acrecentar la solidaridad y la fraternidad. Por allí, es por donde debemos repensar la educación, para pensar de un modo distinto sobre la propia existencia humana y para comprometernos en su proyección, sustentabilidad y mejoramientos en los nuevos siglos.
Educación para asegurar la vida humana, para promover el desarrollo sostenible, para imponer la dignidad por encima del lucro y para sostener con orgullo que merecedores de tener un planeta de mejor calidad.