Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 09:18 pm
El aumento del consumo de café en Europa y los EEUU
en la segunda mitad del siglo XIX permitió que los Andes entrara en una
prosperidad y bonanza económica, particularmente Mérida, sin antecedentes. La
vida económica y social de Mérida se favoreció con el alza del café. Capitales
extranjeros con inversiones mejoraron el rendimiento de los sembradíos y del
procesamiento de café. El campesino productor agropecuario de las zonas del
Mocotíes y de las fincas de la zona sur de la meseta de Mérida aprovechó la gran
demanda de los países más desarrollados para perfeccionar las técnicas del
cultivo, cambió la tradición del cultivo de cacao por el grano de café. La
cultura de café en Mérida y áreas vecinas nació florecientemente. Una próspera
y pujante economía cambiará definitivamente los hábitos y costumbres del
merideño.
Estas tierras se hicieron atractivas para forasteros
e inmigrantes europeos. De Italia y Alemania vinieron a estos valles y
montañas. Se constituyeron las primeras haciendas de Café en la periferia de la
ciudad como San José, La Mata, Las Tapias, Los Curos, La Morita, La Concepción
(hoy Hacienda de Los Dávila), la hacienda de los Uzcátegui Briceño (Zumba),
Chama, La Otra Banda y Campo de Oro. En la zona de Santa Cruz de Mora y
Estánquez, Don Calógero Paparoni construyó la Hacienda La Victoria. Hoy día,
con la mirada impertérrita de su hijo menor Luís Alberto Paparoni y su esposa
doña Alba Marina Baptista de Paparoni, en el sitio funciona el Museo del Café y
el Museo del Inmigrante.
El comercio de café después de procesado y
posteriormente trasladado en arreo de mulas desde la Plaza Mayor (posterior
Plaza Bolívar) de la ciudad de Mérida al Puerto de la Ceiba, para continuar por
vía lacustre hasta Maracaibo y de aquí, mar adentro, para atravesar el Atlántico
hasta los puertos de España, Portugal, Alemania, Francia, Inglaterra e Italia,
constituyó una larga pero fructífera ruta.
Los merideños vieron por primera vez las morocotas de
oro como paga de la venta de café. La élite cambió sus costumbres, viajaron a
Europa en vapores movidos por la combustión de carbón. Telas preciosas, joyas
de valor, pianolas y porcelanas fueron importadas con el valor de la venta del
grano. Se establecieron casas importadoras. Los primeros teléfonos para
llamadas locales aparecieron en algunas de las casas. Los Parra importaron la
primera planta eléctrica. A principios del siglo XX D. Antonio Picón Gabaldón,
instaló la segunda planta eléctrica en la cuenca del Mucujún. En la década de
los 20s del s. XX, Mérida disponía de dos suministros de luz, la calle que
subía con la luz Parra y la calle que bajaba con la luz Picón.
La prosperidad económica de la ciudad también trajo
la incursión de escritores en la producción literaria. Don Tulio Febres
Cordero, llamado patriarca de las letras merideñas, publica sus primeras obras
como “La hechicera de Mérida”, leyenda sobre Murachí y la india Tibisay.
Posteriormente vendría “Don Quijote de América”. Más tarde aparecerían D.
Mariano Picón Salas, D. Roberto Picón Lares y el trujillano recién llegado D.
Mario Briceño Iragorry.
Con la venta de café, Santa Cruz de Mora y Tovar
adquieren dimensiones como centros cafetaleros que atrajeron una legión de
inmigrantes sicilianos y corsos, que dieron empuje y progreso a la región.
En la Feria Internacional de París (1887), con la
construcción provisional de la Torre Eiffel, el café merideño se hizo presente
en la exposición. El doctor José de Jesús Dávila, que fuera rector de la
Universidad de los Andes (1876-1881) y gobernador del Estado de Mérida (1883-1886),
envió las muestras del grano merideño que recibió el diploma al mérito. El café
merideño adquiría el reconocimiento internacional.
El café de la segunda mitad del s. XIX y las primeras
décadas del s. XX fue para Mérida, como el trigo para la colonia.
Con el descubrimiento de los primeros pozos de
petróleo, la época gloriosa del café andino y merideño comienza a declinar. El
café procedente de países como Brasil y Colombia saturó el mercado
internacional. Los sembradíos fueron sustituidos por fincas de ganado de carne
y leche. La élite merideña y el campesino agricultor están ante la debacle del
producto que les habían deparado progreso y bienestar. Empieza en Venezuela la
época del petróleo, el oro negro que nos inundó de dólares americanos, libras
esterlinas inglesas y marcos alemanes. La agricultura que había sido el
sustento en la colonia y en los años nacientes de la República, pasa a segundo
lugar con la era de los hidrocarburos. Venezuela cambiaría para siempre. Ahora
somos más dependientes del petróleo que nunca. El oro negro no se sembró, se
dilapidó y se esfumó. La economía rentista, dependiente de un producto que no
es obra del trabajo ni del esfuerzo sino gracia de la providencia, comienza a
dominar la economía venezolana. Razón tuvo el ilustre merideño de Zea, Alberto
Adriani, cuando acuñó la expresión “Sembremos el petróleo”.
Fuentes consultadas: Alberto Noguera Ochoa, Álvaro Parra Dávila (+) y Asdrúbal Baptista Troconis.