Mérida, Abril Viernes 17, 2026, 02:22 am
Contaba el viejo Omar Sívori que cuando un
pájaro se posa en la hierba de un campo mientras se juega un partido indica un
problema. Ayer, sobre las 16.30, en pleno clásico, una urraca se posó en la
banda noreste del Camp Nou, la que limita con la grada cuyos fondos lindan con
los jardines del Departamento de Salud de la Generalitat. El pájaro no eligió
la parcela al azar. Atormentado de tanto buscar, la escogió para refugiarse del
estruendo y del gentío porque ese fue el espacio más despoblado. Justamente, el
carril que no ocupó Jordi Alba, que se hallaba atacando en campo contrario, ni
ocupó Gareth Bale, que debía atacar por ahí pero se ausentó. El hombre llamado
a relevar a Cristiano en los planes del Real Madrid para esta temporada, el
señalado por el presidente Florentino Pérez para abanderar el ataque del equipo
más poderoso del mundo, hizo lo que viene haciendo desde hace seis años. Poco,
si las cosas se ponen feas. La urraca no tuvo que levantar el vuelo en toda la
primera parte. Nadie la espantó.
“El 5-1 es lo que estamos haciendo esta
temporada”, dijo Casemiro a beIN, bañado en sudor, mientras abandonaba la
cancha, al cabo del 5-1. “Un desastre”.
Cuando Julen Lopetegui asomó la cabeza en la
sala de conferencias del Camp Nou ya sabía que su puesto no le pertenecía.
Venía de encajar una de las tres mayores goleadas de la historia del Barça en
un clásico.
Hace días que los asesores del entrenador del
Madrid le advertían lo que ya sabían los capitanes en el vestuario y los
ocupantes del palco en Chamartín: su puesto es interino. Le dijeron que tarde o
temprano, pasara lo que pasara en el Camp Nou, le despedirían. Estaba
amortizado y —le recordaron— debía emplear sus apariciones públicas para
mostrarse en el gran escaparate de la industria como un hombre juicioso,
prudente, capaz de callarse en lugar de cargar contra sus jefes, los
dirigentes, porque —nunca debe olvidarlo— serán otros dirigentes quienes le
ofrecerán su futuro empleo.
Lopetegui cumplió con el programa comercial a
la perfección. En la que probablemente fuera su última conferencia como
madridista, el hombre completó el que será el trabajo más distinguido de su
carrera dando explicaciones que apenas ofrecieron nada relevante.
Lopetegui se fue cargando con las culpas.
Solo cuando le insistieron sobre la responsabilidad de la directiva a la hora
de trazar una estrategia de fichajes coherente, o de los futbolistas, que son
los que juegan, musitó levísimas insinuaciones con un hilo de voz. “Ya sabemos
cómo funciona el mundo del fútbol”, dijo, “las responsabilidades recaen sobre
el entrenador... Pero no soy estúpido”.
Se mordió la lengua en la última escena del
último acto y debió pagarlo con amargura. Cuatro meses después de firmar su
contrato se le han multiplicado los pliegues en la frente, los ojos se inyectan
en sangre y su piel ha adquirido un tono amarillento.
De pasada
Lopetegui no cargó contra Florentino Pérez,
el presidente, responsable de vender a Cristiano para intentar fichar a Neymar
sin resultado. Tampoco cargó contra las figuras que dirige, ese Isco que se
suponía que debía echarse el equipo a la espalda, ese Asensio que se apagó, ese
Benzema que vagabundea o ese Bale que no espanta ni a las urracas.
“Nos
ha castigado mucho la falta de eficacia en muchos partidos”, fue lo único que
declaró con sentido crítico. “Pero no hay otra solución que insistir,
insistir...”.
Lopetegui mencionó la falta de gol del
Madrid. Una vez más, de pasada, como quien no quiere la cosa en su discurso
sufriente y protocolario, repitió lo que la afición clama a gritos. En este
equipo no hay nadie que la empuje. Nadie que sienta la atracción del gol. Nadie
que sienta el desmarque al espacio para buscar el disparo. Que Marcelo, con
tres dianas en los últimos tres partidos, vaya a ritmo de máximo goleador de la
actual plantilla, denuncia un déficit fatal.
“Me
voy con la sensación de que hemos tenido situaciones para darle la vuelta, para
empatar y ganar el partido”, dijo, como si no pretendiera recordar que le
vendieron a Cristiano y en su lugar le ficharon a Mariano. Fingiendo que sus
palabras fluían de un modo casual, sin acritud. “No esperen que haga ningún
reproche de nada. Lo único que tengo en mi cabeza es levantar la moral de mis
jugadores, que no han tenido premio para todo lo que han hecho, con esa
superioridad y esas ocasiones. Pero... si en el fútbol de este nivel no
aprovechas las ocasiones y eres contundente lo pagas. Las áreas definen el
fútbol. Y si tuviera reproches no los diría... pero no los tengo”.
Lopetegui se marchó a punto de formular la
gran denuncia: el Madrid está pagando la venta de Cristiano.
Prefirió callarse y perderse sin hacer más
ruido entre la multitud de entrenadores que buscan trabajo.
EL PAÍS