Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 04:58 pm
Andrés
Zavrotsky nació en Rusia en 1904. En un periplo empantanado de vicisitudes
recorrió países ignotos hasta dar con la urbe andina, en los años 50 del siglo
XX. Imaginar la travesía por Europa, Asia y América, huyendo de la cacería a
conocimiento que fundaba el absolutismo, sólo es posible en un hombre de su estatura
moral. De niño afrontó el rigor de la revuelta rusa; expropiación, separación
familiar, muerte de parientes cercanos y las ejecuciones a la orden del día.
Supo que el
talento era materia de Estado y, por tanto, forzado a desaparecer. Su formación
familiar disentía con la hambruna que presenciaba. Próximo a doctorarse en
matemáticas y encrespado el clima político que hostiga a la ciencia, emigra de
Rusia desafiando el poder. Se alista en el Ejército Rojo y sirve como
voluntario en Siberia y de allí huir con el plan de probar algún día lo que es
ya desgracia en su patria: “Murder of science”, como tituló años más tarde su
libro.
Cruzar a pie el
desierto, desafiar al Japón imperial entre crudezas naturales y azares de las ofensivas
militares hasta llegar a América, aventado por el asedio que se conjugó desde
la barbarie hecha gobierno, hizo protagonista al científico Andrés Zavrostky,
que en ocasiones debió impartir clases en medio del estrépito de las balas y el
sacrificio de tantos inocentes. A Mérida llegó en los años 50 pues tenía en el
país ya 3 años como universitario de Algebra Superior.
De boca en
boca corre el comentario y a poco se riega la noticia: “el quinto matemático
del mundo” da clases en Mérida y sus discípulos se maravillan con la didáctica
de la cátedra. Se cala de la historia en pláticas con José Rafael “Pepe” Febres
Cordero y a poco confiesa maravillado el portento que legó don Tulio y se fija la
meta de recorrer los espacios que atesoró desde sus páginas. Lee los boletines
del Archivo Histórico que le cedía en préstamo don Pepe y de allí orientó sus
pasos al sur merideño.
En marzo de 1956
escribió para la Revista Universitas Emeritensis su experiencia en la travesía
que a lomo de mula hizo por Acequias, El Morro, El Quinó y Aricagua. Describe
el Valle de las Acequias y proyecta la fortaleza surandina en una apuesta por el
explorador que incorpora su aporte científico a la subyugante tierra sureña. Un
inventario al entorno antiguo de Juan de Mucuñó, cuenta 2 iglesias que contrasta
y coteja con un peregrino morador de esos retiros, a quien indaga por su pasado.
En lenguaje premonitorio
advirtió lo que luego pasaría en el lugar, asolado por la erosión. Zavrotsky cruza
la ruta hacia Aricagua “perla escondida de los andes”, captando “no sólo por la
fertilidad de su suelo y la belleza escénica de sus paisajes, sino también por
el carácter laborioso y hospitalario de sus habitantes”. A pie recorría el
trayecto y donde la bondad de un arriero lo permitió, montó en mula para
describir las tierras del sur.
En cada caserío tuvo espacio para un cuadro
costumbrista, un personaje o un hecho como los temblores en Aricagua. Nada
escapó a su pluma y lente; reveló que esas tierras serían pronto presa de la
erosión. Pidió al gobierno insertar al campesino en una campaña que parara el
fenómeno. Exigió mejorar la vialidad “pero mientras no se contrarreste la
erosión y no se resuelva, será prematuro pensar en carreteras, tanto más cuando
la erosión misma se opone muchas veces directamente a obras semejantes”.