Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 06:00 pm
1. Ahora que lo pienso, reconozco que soy un autodidacta de las letras: jamás tomé un curso de redacción, de edición o de literatura, pero a nada le he puesto mayor esfuerzo y seso en mi vida que a la escritura. Es cierto, no lo niego, que cuando tenía que escoger una carrera universitaria en los albores de mi existencia, mi dilema incluía, entre muchas otras opciones, las letras y la farmacia, y por cuestiones meramente prácticas (tal vez, crematísticas) tomé la segunda, y no me puedo quejar (llevo la farmacia muy dentro y ella me ha dado enormes satisfacciones). Si me apuran, agregaré que, en el sentido lato, la carrera de letras no busca formar escritores sino investigadores literarios, y para ser escritor, que fue desde siempre mi anhelo, no había otro camino que el tener talento, así como devorar libros. Creo (tal vez me haga una jugarreta la memoria), que fue al escritor decimonónico venezolano Juan Vicente González al que apodaban “tragalibros”, y cuando me enteré de aquello me sentí muy cómodo y en familia.
2. Nos dice Milan Kundera en su libro El telón: “La perpetua actividad del olvido otorga a cada uno de nuestros actos un carácter fantasmal, irreal, vaporoso”, de allí, agrego yo: el afán humano de perpetuar la palabra, primero con el trasvase oral de generación a generación, y luego con la escritura, que es de por sí mucho más fidedigna que la primera, y gracias a la cual llegan a nosotros obras inmensas que nos causan enorme asombro. A pesar de la cultura (y de todos sus artificios), que busca resguardar el pensamiento de la inquina del tiempo, somos pasajeros, y cada uno de nuestros actos pronto caerán en el olvido. Que apague la luz el último en salir.
3. Vuelvo a un punto ya tratado aquí hace poco, y es lo atinente a los llamados géneros mayores y menores, cuya noción busca catalogar en compartimientos estancos a la actividad literaria, dándosele prioridad y mayor peso a unos en desmedro de otros. En este punto considero, además, que solo hay escritores mayores y menores, independientemente de los géneros que trabajen, y esto ha sido así a todo lo largo de la historia de la literatura. El mexicano Juan Rulfo no requirió de una novela para cincelar su nombre en las letras hispánicas (y mundiales), y con sus cuentos fantasmales se convirtió en uno de nuestros máximos referentes narrativos.
4. Alegre por la llegada de tres libros de la querida amiga escritora venezolana (naturalizada estadounidense) Nery Santos Gómez, ellos son: Fronteras desdibujadas (2021), Almazuela (Fronteras desdibujadas II) (2023) y ¡Pruébame! (Desdibujando fronteras) (2024), todos con el sello Pigmalión. Como entenderán: me dispongo cómodo y relajado para su disfrute. Me atrae de la obra de Nery Santos su empeño por diluir los límites intergenéricos, lo que hace de su obra un espacio de enorme densidad y disfrute estético. En sus páginas la prosa (narrativa y ensayística), así como la poesía, se mecen y se intercambian, y gracias a este libre ejercicio creativo, nos topamos con una sinergia que asombra por sus resultados: páginas espléndidas, llenas de luz, que vuelan sutiles (como sutil es su autora), pero que por su hondura nos dejan impactados.
5. A la espera de Apolo se desnuda. Poesía reunida (1960 – 2024) de la autora y buena amiga María Pilar Cavero (Huesca, España), y que fuera presentado el 14 de diciembre en Madrid. He reseñado en esta columna dos de sus poemarios y me he hecho su lector incondicional: es una poeta de lo esencial como destilado de vida, y en cada verso palpita un alma sensible y grande, como enorme es ya su obra poética y en prosa, que se pasea por diversos continentes, obtiene reconocimientos y se proyecta más allá del ahora.
6. Si los profesores tomáramos conciencia del enorme influjo que tenemos sobre los estudiantes, no vacilaríamos ni un solo instante en dar todo de nosotros en un oficio fundante de la civilidad. Recuerdo a mi profesora de Historia Universal en el segundo año de bachillerato, se llamaba Hilda Habdab (o se llama, pero es que fue hace casi cincuenta años), cuya estrategia didáctica fue tan acertada para transmitir una ciencia difícil de enseñar en un aula, que todavía la recuerdo. A ella le debo mi capacidad de lectura analítica, la pasión por la historia y el poder de la palabra, y quizás mi fervor libresco, pero lo que más me transmitió fue su ímpetu por la enseñanza: el buscar la “verdad” de los hechos desde las diferencias abismales de cada persona, el disfrute del trabajo en equipo y, sobre todo, el respeto absoluto a las posiciones contrapuestas y antagónicas. Todo en ella era docencia en estado puro, amor por el oficio, disfrute intelectual y dialógico.
7. Soy un ser básicamente olfativo: es tal vez mi sentido más desarrollado. Desde el olfato articulo todo lo que tenga que ver con mi memoria. Siendo niño amé el olor de los libros y esa circunstancia está tan arraigada en mi ser, que hoy, varias décadas después, no puedo evitar oler los libros nuevos o de paquete, y dentro de mí se constituye todo un proceso fantástico que me lleva a la prehistoria de mi vida y siento el gozo del ayer. Igual me sucede con el olor de los lápices y creyones, el de los cuadernos y los borradores, y el de las resmas de papel: la suma de lo que significó parte de mi felicidad en la niñez.
8. Aterra (y maravilla al mismo tiempo) las posibilidades de la Inteligencia Artificial, que mueve a pasos agigantados los linderos usualmente establecidos entre la realidad y la ficción. Un nuevo mundo irrumpe a cada instante frente a nuestros ojos, sin que apenas lo percibamos. Las próximas generaciones serán testigos de enormes e inenarrables portentos, que darán un giro copernicano a la vida en el planeta. Se hablará de nuestros días como los de la protohistoria, y todo aquello que hoy nos fascina por los constantes cambios y quiebres epocales, será visto tan solo como la lógica antesala de una civilización emergente.
rigilo99@gmail.com
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