Mérida, Abril Domingo 12, 2026, 07:09 pm
Busco en una página de la Web el concepto de Imagología, y encuentro que se la define como “estrategias de posicionamiento de imagen ante los públicos”, todo esto basado, como ha de suponerse, “en conocimientos psicológicos, de comunicación, mercadotecnia, Relaciones Públicas y negocios. Con la finalidad de enfocar los recursos hacia la mejora y cambio de imagen de una marca, empresa o persona”. Y todo esto viene a cuento, por tres razones fundamentales: terminé de leer la estupenda biografía que escribió y publicó Florence Noiville, titulada: Milan Kundera. Un retrato íntimo (TusQuets, 2024), en la que el extinto novelista habla de dicho concepto, y su visión con respecto al mismo era la de la obsesión por la imagen y la comunicación, y que para él sustituye a la ideología (y yo diría que a las ideas). En segundo lugar, porque termino de ver en un viejo video (1979) una entrevista que se le hizo al autor de Pedro Páramo y El llano en llamas, el mexicano Juan Rulfo, y mi gran conclusión luego del disfrute de esta pieza antológica de la comunicación, es que en este autor había un afán de no hacerse notar, de pasar desapercibido, de bajar las expectativas de quienes se le acercaban con inmensa admiración e intentaban halagarlo desde la peligrosa trampa de la hipérbole. En tercer lugar, porque tengo en proceso de lectura un librazo: Benedicto XVI. Últimas conversaciones con Peter Seewald (Ediciones Mensajero, 2016) y en él Joseph Ratzinger, el gran papa alemán, minimiza en cada oportunidad su papel protagónico y los méritos que le atribuimos sus seguidores y admiradores (entre ellos Seewald). Hay, en sus respuestas, si se quiere, el ánimo, la intención y la fuerza interior de dejar sentado para la “posteridad” (en la que no creo, ya lo dije en esta columna) que era un ser humano como el resto, que sus logros y hazañas intelectuales (libros, encíclicas, estudios, discursos y carrera como Cardenal y Pontífice) fueron el mero producto de un esfuerzo continuado que dio “algún resultado”.
Me interesa el tema, porque en nuestro tiempo histórico es la imagen y su posicionamiento con fines diversos (a veces, francamente deleznables), el eje alrededor del cual gira el interés civilizatorio. Cuan más quiere mostrar y mostrarse, hacerle ver a los otros (y al mundo) lo “importante” que es, la valía que tiene, lo mucho que gana y las propiedades que posee; hay, obviamente, ostentación, burda manipulación mediática, interés por impactar desde la imagen que muestra, aunque no haya mucho de fondo ni de contenido. Somos presas del poder de la imagen, a veces sus esclavos, consumimos horas en ver las pantallas de nuestros móviles y quemamos un tiempo precioso que podría servirnos para alcanzar, sólidamente, nuestros objetivos personales. Hoy no importan tanto las sinapsis neuronales logradas desde la reflexión y el estudio serio y sistemático, sino el mostrarnos con poca ropa y así atraer automáticamente las miradas y los likes, que nos llenan de falso orgullo y de la vaga sensación de logro, pero que al final caen en el vacío. Claro, transijo, muchos monetizan así, es decir: por tantos seguidores y descargas el sistema y el algoritmo van sumando numeritos (y más seguidores), lo que a la postre se transforma en divisas, y son muchos los que desde su supina vulgaridad han alcanzado una notoriedad que ya muchos investigadores, académicos, profesionales y artistas (entre tantas categorías), quisieran alcanzar. Nuestro mundo está al revés, nada es lo que debería ser, aunque en este orden comprenda que todo ha cambiado en los últimos años y que los referentes no sean los mismos del pasado, siento que no estamos en el camino correcto, que desviamos y equivocamos el rumbo, que vamos directo al fracaso, y de no parar o enmendar la tarea, tendremos un mundo enloquecido, en el que la imagen, y solo ella, sea el aval que nos empuje a seguir, aunque esté construida sobre medias verdades y falsas premisas.