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El señorío de la imagen por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


Busco en una página de la Web el concepto de Imagología, y encuentro que se la define como “estrategias de posicionamiento de imagen ante los públicos”, todo esto basado, como ha de suponerse, “en conocimientos psicológicos, de comunicación, mercadotecnia, Relaciones Públicas y negocios. Con la finalidad de enfocar los recursos hacia la mejora y cambio de imagen de una marca, empresa o persona”. Y todo esto viene a cuento, por tres razones fundamentales: terminé de leer la estupenda biografía que escribió y publicó Florence Noiville, titulada: Milan Kundera. Un retrato íntimo (TusQuets, 2024), en la que el extinto novelista habla de dicho concepto, y su visión con respecto al mismo era la de la obsesión por la imagen y la comunicación, y que para él sustituye a la ideología (y yo diría que a las ideas). En segundo lugar, porque termino de ver en un viejo video (1979) una entrevista que se le hizo al autor de Pedro Páramo y El llano en llamas, el mexicano Juan Rulfo, y mi gran conclusión luego del disfrute de esta pieza antológica de la comunicación, es que en este autor había un afán de no hacerse notar, de pasar desapercibido, de bajar las expectativas de quienes se le acercaban con inmensa admiración e intentaban halagarlo desde la peligrosa trampa de la hipérbole. En tercer lugar, porque tengo en proceso de lectura un librazo: Benedicto XVI. Últimas conversaciones con Peter Seewald (Ediciones Mensajero, 2016) y en él Joseph Ratzinger, el gran papa alemán, minimiza en cada oportunidad su papel protagónico y los méritos que le atribuimos sus seguidores y admiradores (entre ellos Seewald). Hay, en sus respuestas, si se quiere, el ánimo, la intención y la fuerza interior de dejar sentado para la “posteridad” (en la que no creo, ya lo dije en esta columna) que era un ser humano como el resto, que sus logros y hazañas intelectuales (libros, encíclicas, estudios, discursos y carrera como Cardenal y Pontífice) fueron el mero producto de un esfuerzo continuado que dio “algún resultado”.

Me interesa el tema, porque en nuestro tiempo histórico es la imagen y su posicionamiento con fines diversos (a veces, francamente deleznables), el eje alrededor del cual gira el interés civilizatorio. Cuan más quiere mostrar y mostrarse, hacerle ver a los otros (y al mundo) lo “importante” que es, la valía que tiene, lo mucho que gana y las propiedades que posee; hay, obviamente, ostentación, burda manipulación mediática, interés por impactar desde la imagen que muestra, aunque no haya mucho de fondo ni de contenido. Somos presas del poder de la imagen, a veces sus esclavos, consumimos horas en ver las pantallas de nuestros móviles y quemamos un tiempo precioso que podría servirnos para alcanzar, sólidamente, nuestros objetivos personales. Hoy no importan tanto las sinapsis neuronales logradas desde la reflexión y el estudio serio y sistemático, sino el mostrarnos con poca ropa y así atraer automáticamente las miradas y los likes, que nos llenan de falso orgullo y de la vaga sensación de logro, pero que al final caen en el vacío. Claro, transijo, muchos monetizan así, es decir: por tantos seguidores y descargas el sistema y el algoritmo van sumando numeritos (y más seguidores), lo que a la postre se transforma en divisas, y son muchos los que desde su supina vulgaridad han alcanzado una notoriedad que ya muchos investigadores, académicos, profesionales y artistas (entre tantas categorías), quisieran alcanzar. Nuestro mundo está al revés, nada es lo que debería ser, aunque en este orden comprenda que todo ha cambiado en los últimos años y que los referentes no sean los mismos del pasado, siento que no estamos en el camino correcto, que desviamos y equivocamos el rumbo, que vamos directo al fracaso, y de no parar o enmendar la tarea, tendremos un mundo enloquecido, en el que la imagen, y solo ella, sea el aval que nos empuje a seguir, aunque esté construida sobre medias verdades y falsas premisas.

Volviendo al comienzo, cuando analizo los tres casos esbozados (Kundera, Rulfo y Ratzinger) siento que ellos sí tenían muy claro su papel, su égida y su impronta, y para nada estaban interesados en mostrarse al mundo “inflados”, mediatizados y exaltados, aunque todos sepamos que dejaron un legado inmenso en sus respectivas áreas, y que su contribución fue sencillamente magistral e imperecedera. No sé en realidad si cada uno de ellos en su trato directo fuera arrogante, altanero o distante, pero lo que sí sé (y sabemos) es que la imagen que deseaban proyectar era de una sencillez impagable, de una horizontalidad precisa y de una diafanidad que hoy nos conmueven. Me imagino que como artistas (los dos primeros casos) y como religioso (el tercero) estaban conscientes de su propia valía, de los límites entre lo anhelado y lo conseguido desde el esfuerzo, de lo trascedente e intrascendente en sus caminos, pero no usaban la imagen como instrumento de exaltación, ni de manipulación.
Ahora bien, no deseo dejar aquí la sensación de que estoy en contra de la imagen como mecanismo de la comunicación (todo ello lo he estudiado, tanto en maestría como en el postdoctorado), pero lo que sí anhelo transmitir, es que hacer un uso equivocado de ella nos podría llevar al abismo (fraudes, estafas, distorsión de la noción de la realidad, frustración, desengaño, bloqueo, y paremos de contar), o ser víctimas de sus encantos. La imagen por la imagen misma (su señorío) no es lo ideal ni lo sano, porque se parte de la falsa premisa “que somos sólo lo que proyectamos”, cuando sabemos de sobra que dentro de cada uno de nosotros bulle todo un mundo de posibilidades, que una imagen muchas veces no está en la capacidad de transmitir de manera correcta (por exceso o por defecto). Diría que la imagen y su cotejo certero con el accionar en cada ámbito (ejecuciones y obra), podrían erigirse en una dupla interesante, que nos conduzca, sin mayores riesgos, por el camino de la realización personal y del éxito.

rigilo99@gmail.com




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