Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 05:13 pm
Podemos dedicar las secciones que deseemos a la relación
indivisible entre la palabra y el canto. Entre la voz de la madre, o la abuela,
que cantaba canciones al niño en el regazo, y la palabra repetida al mundo mucho
después, con el mismo timbre de los miembros de la casa. Voz de la madre que
llora en la angustia, que invita a hacer tareas, y ríe en el juego y en la
escuela. Luego la voz del padre, o del abuelo, poniendo con firmeza ciertos límites,
llamando al niño para que ayude en el campo, o para hacerle cosquillas, o arrullándolo
con un tono más grave cuando algo le duele. Todo ese cardumen de la memoria se
convierte en ser y presencia, en construcción permanente destinada a legarse.
A veces esa cantada nutrida de onomatopeyas, chistes y
tralaleos guarda el destino particular de prolongar sus ritmos a la cultura
nacional. De sumarse a los ritmos de la historia humana. Hasta el momento en
que una palabra ya no es tal, sino que cuenta mientras inventa, responde a otra
palabra sin detenerse.
El que comienza a coplear percute la mesa, el que
prosigue baila, o teclea un botón, o ayayea y pulsa una cuerda.
Los más avezados entonan con gracia.
Los chicos rapean.
Unos y otros juglarean en el mundo de hoy que aún cree
que una copla es una estrofa de cuatro versos octosílabos con rima xaxa.
Nada más lejano, manualesco ni escueto.
Una copla o cobla es el fruto más sincero de las
entrañas de los pueblos. Puede tener cuatro versos, tres, cinco, seis. Lo que
importa es la particular picardía, la precisión melódica de lo sencillo;
algunas tienen autor, otras son tan repetidas que pertenecen a todos.
Unas cuantas novelas latinoamericanas se nutren de la
copla como canto que acompaña la trama; otras veces se erige como epígrafe, o
como la forma particular de pensar o sentir de un personaje. A veces la copla
se deja glosar a lo largo de décimas cultas, o populares.
¿Cuántas historias recorren nuestro continente a través
de la ilación que ofrecen las coplas y la improvisación?
Ya decía Andrés Bello que nuestras primeras rimas debían
de ser asonantes, porque son más fáciles de continuar, por no decir que son más
naturales. Lo otro, la consonancia, es fruto de un artificio sumamente
exigente.
Martín Fierro, publicado por José Hernández hace 152 años, narra en dos platos -y a fuerza
de extensas y chisposas coplas octosílabas de cuatro y seis versos- las inimaginables
desventuras de un gaucho que lo pierde todo por causa de la opresión, la
explotación y la recluta.
Formaron
un contingente
con los
que en el baile arriaron;
con otros
nos mesturaron
que habían
agarrao también:
Las cosas
que aquí se ven
ni los
diablos las pensaron.
En La vuelta de Martín Fierro, publicada años
después, el gaucho cantor explaya cómo era su vida, y cómo le tocó luego
intentar proseguir con lo poco que le había quedado después del infortunio.
Consejos del Viejo Viscacha
(…)
El primer
cuidao del hombre
es
defender el pellejo;
llevate de
mí el consejo
fijáte
bien lo que hablo:
el diablo
sabe por diablo
pero más
sabe por viejo.
Florentino y el Diablo, por su parte, cumple 75 años de haber sido publicado en
su primera versión. Es original de Alberto Arvelo Torrealba, pero lo que cuenta
y canta pertenece al acervo cultural venezolano. Es un palabreo largamente
encabalgado en dos largos capítulos. Se
bate una lucha de insólitos alcances entre el mejor coplero del Llano, y el
mismísimo diablo.
Florentino
Con el nunca o el
jamás.
Su aguijón no me
zahiere
ni me emponzoña su
mal,
ni en escombros su
despecho
me arredra su
adversidá.
Porque este pasaje
suyo
es como el del
gavilán
que aguaitando la
perdiz
se topó el águila
real;
y en el pleito que
tuvieron
el águila pudo más
con el pico que le
puso
el que le dio
majestá
y las alas invencibles
de quien le enseñó a
volar.
El Diablo
De quien le enseñó a
volar.
¡Ay!, catire Florentino,
cantor de pecho
cabal,
¡qué tenebroso el
camino
que nunca desandará!
por negra orilla del
mundo
donde ni suspiros
hay,
ni vuela la
corocora,
ni susurra la
torcaz.
Sin alero ni
rescoldo,
sin luna ni
morichal,
sin alante, sin
arriba,
sin orilla y sin
atrás,
donde olvida patria
y nombre
el que ya no puede
hablar.
Veamos,
por último, esta curiosa versión española del 2005 escrita por Severo Insausti
titulada El cantar de las tentaciones/ Crónica de una noche con el diablo
6666, en la que el autor usa 6666 versos para librar un duelo entre el
poeta y el diablo a través del intercambio de décimas un poco más libres que la
de las décimas y coplas tradicionales. El texto se divide en tres partes, y en
éste participan 27 voces poéticas, ya que hay en él 27 personajes que
intervienen.
El Diablo
Quien quiere volar
muy alto
y en la caída no
piensa,
al subir va
descontando
del tiempo que aún
le resta.
¡Usted es un simple
juglar,
yo soy la primera
esencia
de lo que llaman
maldad!
¡Usted es brillo de
un día,
y yo soy la
eternidad!
El Poeta
En un día corre el
sol
por la bóveda
celeste,
el más inmenso
crisol,
el más grande e
incandescente.
El existir es
efímero,
pero basta,
solamente,
para ponerle
sentido,
un instante
detenerse.
El hombre, para
vivir,
precisa de
conocerse,
toparse con sus
raíces,
analizar su
presente;
¡Si es larga o corta
la vida,
eso a usted no le
compete,
que viene de más arriba
el nacimiento y la
muerte!