Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 03:46 pm
El general Fernando Romeo Lucas García, el hombre
fuerte de Guatemala, nunca recibe a periodistas. Menos si son corresponsales
extranjeros. No porque le tenga miedo a las preguntas sino más bien a las
respuestas: O dice la verdad, o miente descarada, pública y cobardemente.
Romero Lucas García es de escaso vocabulario, pero sí pródigo en hechos. Tan
sólo en lo que va de 1981 en su régimen, quizás el más tenebroso de todos los
que en este siglo se han cernido sobre tierra guatemalteca, han sido asesinados
doce periodistas. Uno de ellos murió abaleado por la espalda al descender de un
autobús, a pocos metros de la Embajada de Venezuela. Los disparos sobresaltaron
a nuestro diplomático personal, pero no a los transeúntes que presenciaron el
crimen, vieron huir en una motocicleta al asesino y dejaron desangrarse al
periodista: un hombre de escasos treinta años que, a través del Noticiero
Radial “El Mundo”, se atrevió a desafiar al militarote dictador. El otro
periodista fue sacado de madrugada de su casa, llevado a cuarenta kilómetros de
la capital. Después de cerrarle ambas manos y cosido a tiros, finalmente fue
degollado.
Pero morir en Guatemala ya no asombra a nadie.
Mientras permanecimos en este país de volcanes, sangre y fuego, fueron
asesinadas 45 personas; desaparecidas siete y secuestrado un dirigente de la
Democracia Cristiana, por cuya suerte teme tanto su organización política como
el mismo gobierno que se enfrentaría a una situación de embarazosa. De los
asesinados, en los días en que pudimos movernos por Guatemala adentro, 22
fueron campesinos. Entre ellos una niña a quien llevaron por la fuerza a una
escuela y allí la degollaron a machete. El sábado 11, durante toda la mañana
fueron sepultados en fosa común que abrieron familiares y policías en una
esquina del cementerio de Chimaltenango.
El escenario
de la muerte
El 20 de octubre de 1944 triunfa en Guatemala lo
que se denomina desde entonces “La Revolución de Octubre”, iniciando un proceso
que culminaría diez años más tarde, y que brindó magníficas lecciones no sólo a
las naciones centroamericanas sino a todo el continente. Jorge Ubico, el
dictador de turno, reconocido simpatizante nazi, a quien los EE.UU. colocaron
millas de soldados en Guatemala, bajo el pretexto de defender el Canal de Panamá,
pero en el fondo para obligarle a expropiar los grandes consorcios alemanes del
café, dimite no tanto por las presiones populares sino las de la oligarquía,
deja al frente del gobierno a Federico Ponce Vidales quien practica “un
Ubiquismo sin Ubico”. Muy pronto es derrocado por el Triunvirato militar que
encabeza el capitán Jacobo Arbenz. Los militares, después de elaborar una
constitución, que elimina las leyes de vagancia en contra de los indios y las
del trabajo forzoso, llaman a elecciones el 15 de marzo de 1945.
En el proceso cómico más auténticamente puro que
registra la historia de Guatemala, triunfa Juan José Arévalo, un intelectual
que se propone el establecimiento de una democracia formal y de modernizar la
economía hasta ese momento feudal. Decreto, además, la libertad de prensa y de
expresión. Se crean partidos políticos y se otorga autonomía a las
universidades. Se destina un tercio del presupuesto nacional para la
construcción de escuelas, viviendas, hospitales y seguro social. Todo con el
apoyo de la ONU y particularmente de los Estados Unidos. De todas estas
ventajas sólo se beneficiarían los trabajadores del sector industrial no así
los campesinos, donde residía casi el noventa por ciento de la fuerza del
trabajo, como hoy día.
En 1945, el salario de la industria era de apenas
6,09 dólares semanales y, en el medio rural, de sólo 2 dólares. Aunque la
constitución prohibía el latifundismo, sin embargo seguía la explotación. Una
ley de arrendamiento forzoso obligaba a los terratenientes a establecer el
reparto de tierras. Estas tierras fueron las expropiadas al trust de alemanes y
se abrieron a inversionistas extranjeros grandes posibilidades y facilidades en
Guatemala. El gobierno de Arévalo innovó y actuó democráticamente, aunque la
historia le reprochará alguna debilidad en su ejercicio.
En 1951 disputaron el mando, democráticamente
también, Miguel Idígoras Fuentes, derechista; Jorge García Granados, moderado y
Jacobo Arbenz, representando a los campesinos, a los trabajadores organizados y
pequeños sectores radicalizados de la burguesía. Arbenz triunfa con el 63 por
ciento de los votos. Su propósito; convertir a Guatemala en un país
económicamente independiente; un país capitalista moderno y proporcionar un
mejor nivel de vida más elevado al pueblo. Para lograrlo encuentra dificultades
insalvables y se enfrenta a los tres grandes monopolios guatemaltecos: la
electricidad, el ferrocarril y el transporte marítimo a quienes pusieron a
competir entre sí. Por su parte, los tres monopolios en manos norteamericanas
le entablaron una pelea. De ese enfrentamiento se desprende para el gobernante
el principio de su trágico descenso. Arbenz, que decreta una reforma agraria,
dentro del contexto capitalista, modernizando la producción agrícola, no atentó
contra la propiedad, pero sí enfrentó la que entonces era una propiedad
anacrónica e irracional. En 1954 ya se habían beneficiado alrededor de 100 mil
campesinos, pero en el gobierno surgió el soborno y esta mancha también
debilitó su régimen.
La CIA en
Guatemala
La manera como Arbenz gobierna su país no es del
agrado de los Estados Unidos. Si bien los norteamericanos apoyaron en sus
inicios las gestiones democráticas de Arbenz, ya al final su actitud más bien
es considerada un desafío. Las relaciones se endurecen cuando Washington niega
un préstamo para construir la Carretera del Atlántico. Es la típica respuesta
de los EE.UU, ante “las continuas violaciones y ataques de Arbenz contra los
intereses estadounidenses”.
Al gobierno lo apoyan trabajadores, campesinos y
pequeños burgueses, pero se despierta, alentado por los EE.UU, un sentimiento
anticomunista, que es dirigido por latifundistas, conformada por la burguesía
dependiente de los intereses norteamericanos. A este grupo se suman
profesionales, la Iglesia y los militares. La situación frontal entre los
comunistas y anticomunistas, el PGT (Partido Guatemalteco del Trabajo), el
Partido Comunista, fundado en 1949 y legalizado en 1951, fue el centro de la
polémica tanto como el propio Arbenz a quien sus medidas radicales aceleraron
la caída.
En 1954 Arbenz prueba que Miguel Idígoras Fuentes,
derrotado en las elecciones de 1950, se cruza cartas conspirativas con Castillo
Armas que, apoyado por los EE.UU, se erige en jefe de “La Liberación”.
Interviene en forma directa la CIA con apoyo de la oligarquía guatemalteca.
Jhon Foster Dulles, Secretario de Estado, decreta que “hay que eliminar el
comunismo de Arbenz”. El 19 de junio de ese año, financió una invasión que
penetró por Honduras. Arbenz protesta ante la ONU, que nada puede hacer, lo
mismo que la OEA. La aviación invasora ametralla poblaciones enteras. Arbenz,
debilitado y abandonado, dimite. Castillo Armas, acompañado por el Embajador
norteamericano, llega a Guatemala y toma el poder. La noche cubrio desde
entonces a ese sacrificado pais
La
Democracia se vuelve un fantasma
Castillo Armas inicia la contrarrevolución. Su
objetivo es anular los cambios logrados por Arbenz en los años anteriores. Para
ello revoca toda la legislación. Los campesinos son despojados de la tierra y
los terratenientes regresan a sus posesiones mientras que a la cárcel, a la
tortura, a la muerte o al exilio van todos los que se le oponen. Castillo Armas
cierra sindicatos y clausura de partidos políticos; se amordaza a la prensa y
se prohíben todas las novelas del gran escritor Miguel Ángel Asturias y de
Dostoievski, por “subversivos”. La caza anticomunista se desarrolla a sangre y
fuego. Castillo Armas, con apoyo de la CIA, restableció los servicios de
Seguridad que tenía en su gobierno Jorge Ubico. Sobrepasan los nueve mil
asesinados durante los primeros tiempos de la cruzada que Castillo Armas
emprendió para “reeducar” a los guatemaltecos.
A pesar de haber sido un graduado oficial en los
EE.UU, Castillo Armas es de escasa preparación. Por sí solo no puede
sostenerse. Por eso se apoya incondicionalmente en sus amigos del Norte y en la
oligarquía de su país. A los dos los beneficia con largueza. Su régimen desata
el caos tanto político como económico. El manejo de la industria y la Reforma
Agraria fueron derrotas no sólo para el dictador sino para sus asesores
norteamericanos.
En 1957, Castillo Armas es asesinado por un soldado
de guardia en la casa presidencial. Su amigo de conspiraciones contra Arbenz,
Miguel Idígoras Fuentes es elegido presidente en 1958. Incapaz como su
antecesor, pero famoso por la corrupción administrativa y por la represión que
continuó, Idígoras se enfrenta a numerosas intentonas golpistas, principalmente
provenientes de los sectores militares. Una de ellas, el 13 de septiembre de
1960. La dirigen los oficiales Luis Augusto Turcios Lima, Luis Trejos y
Alejandro De León, quienes años más tarde fundarían los Movimientos Armados
Guatemaltecos. Después de sofocar la rebelión, Idígoras aguanta su mandato y
permite que entren en Guatemala los invasores de Bahía de Cochinos. La
agitación crece. El país no soporta la crisis económica y la represión.
Estudiantes, trabajadores y militares lo derrocan en marzo de 1963.
El coronel Enrique Peralta Azurdía tomó el mando y
gobierna hasta 1968 cuando, en elecciones, obtiene la Presidencia Julio César
Montenegro, un civil progresista que, sin embargo, tiene que pactar con los
EE.UU. Cediendo a sus presiones no puede gobernar con “izquierdistas” y se ve
obligado a soportar la lucha contra la subversión que, por ese año, ya estaba
desatada en las ciudades. Montenegro también permite que los EE.UU. sean
quienes dirijan el combate contra las guerrillas, mientras su policía secuestra
y asesina a todo tipo de oponentes. Es cuando aparecen los cuerpos
paramilitares como “la mano blanca”. La debilidad política de Montenegro y la
acción norteamericana es de tal magnitud que, en 1967, el Departamento de
Estado norteamericano propuso que el Senado cortara la ayuda económica. Pero La
Casa Blanca más bien logra aumentar esa ayuda, puesto que “los EE.UU. no pueden
permitirse que un nuevo país, en Centro América, se socialice”. El caso cubano
está muy reciente.
En 1970 asumió el poder Carlos Arana Osorio, un
general que había logrado “pacificar”, con cientos de muertos, torturados y
desaparecidos, la región guerrillera del Oriente guatemalteco. Su gobierno fue
igual a los anteriores. Su lema “Ley y Orden”. Su acción, sanguinaria. En 1974
le escamoteado el triunfo electoral al general Ríos Montt, porque a los EE.UU
ya los generales de Guatemala les convenía que el presidente fuera el también
general Kjell Laugerraud, quien gobierna hasta 1979, entregando el poder a
Romeo Lucas García, el actual mandatario.
Guatemala, económicamente debilitada, es gobernada
desde entonces por Romeo Lucas García quien, siguiendo los pasos de todos
cuantos le precedieron, tecnifica la represión. Las cifras señalan que en los
tres años de mandato que lleva en el poder, centenares de cementerios privados
ocultan más de diez mil cadáveres, la mayoría sin nombre ni apellido. “Porque
ahora en Guatemala, no se pregunta quién ni cómo murió, sino cuándo le llegará
el turno a uno…”
Lo anterior lo dice, con elemental prudencia pero
igualmente cansado quizás de silenciar tanta verdad Arquímedes quien, junto a
su amiga Sonia, fueron nuestros primeros contactos en la Guatemala clandestina,
establecidos desde México. “Lo que le estoy diciendo no me importa decirlo,
porque usted es un periodista extranjero”, agrega Arquímedes, un joven
universitario a quien encontramos en Antigua, durante las Procesiones
turísticas de Semana Santa, y fue quien nos condujo ante un comandante guerrillero,
integrante de “Orpa”, la Organización del Pueblo en Armas.
Continuará
NOTA: Este es
el primero de tres despachos que hizo, vía télex, desde México, a El Diario de
Caracas, como su Enviado Especial a Guatemala. Publicados en 1981, narra la breve,
pero criminal historia sufrida por el pueblo guatemalteco a causa de las
dictaduras militares hasta esa fecha allí entronizadas.