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La fantasmagoría del ahora por Ricardo Gil Otaiza

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Por Ricardo Gil Otaiza



1.- Como a Monterroso, “me asustan las novelas muy largas”, a veces me he visto ilusionado en mares de páginas muy extensas, y más temprano que tarde me he visto naufragar. Lo curioso de todo esto es que, puedo leer sin mayores problemas libros muy gordos de otros géneros (biografías, ensayos, poesía, filosofía, ciencia, religión y autoayuda), es más: acabo de finalizar la lectura de dos gruesos tomos (El verano de Cervantes del gran autor español Antonio Muñoz Molina y los Diarios A ratos perdidos I y II del también español Rafael Chirbes, que reseñaré muy pronto), pero, mantenerme atento a los diálogos a veces enrevesados de muchas novelas (por demás) extensas, me cansa y produce en mí una suerte de hastío y unas ganas enormes de lanzar el libro por la ventana.


Ya lo dije acá: leí Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes una sola vez, y eché un montonazo de tiempo, no solo por lo extensa de la obra sino por la complejidad de una lengua castellana barroca que, para su cabal comprensión, ameritaba echarse mano a cada instante del diccionario, y eso la hacía cuesta arriba. Afortunadamente, veo que en ediciones posteriores ya incluyen un glosario a pie de página, que facilita bastante su lectura.

En cuando al Ulises de Joyce, esas son palabras mayores, porque aparte de su extensión, se aúna lo enrevesado del texto, el cual fue escrito así, ex profeso, con la calculada intención de buscar elevadas (enredadas, diría también) cimas en cuanto a la técnica literaria, y muy en sintonía con los objetivos iniciales de la obra.

Lamentablemente, no pude con la súpernovela 2666 de Roberto Bolaño, y para decirlo sin mucho adorno y un tanto descarnado: me fastidié y no seguí adelante. Otro tanto viví con su anterior obra (la que lo consagraría): Los detectives salvajes, que terminé de leer poniendo mucha fuerza de voluntad, coraje y empeño. Claro, no pretendo acá desacreditar dichas obras: todo fue debido a mi imposibilidad personal de tener en tránsito una novela muy extensa, porque me desanimo y ni una grúa logra levantar la lectura.

Salvando las distancias, autores como Jorge Luis Borges han tenido el mismo problema que yo. Recuerdo que siendo joven leía libros a una velocidad trepidante, y el paso del tiempo me atemperó: ahora leo con mayor sosiego y calma y busco un disfrute más hondo (tal vez espiritual), que el mero acto de consumir libros, que también lo es, sin duda alguna.

No sé, creo que mi atención se entretiene aquí y allá, me distraigo en muchas cosas, a veces tengo que detenerme para releer un párrafo completo, porque suelo perderme en las nebulosas pensando en la luna de Venus (que, dicho sea de paso, no tiene), se requiere, eso sí, que el libro que esté en mis manos sea de primera línea, lo cual me sumerge en una lectura continuada e ininterrumpida, y para extender el disfrute me detengo, reflexiono y prosigo, me asomo a la ventana y ojeo (u hojeo) otras cosas, pero eso sí: dejo las lunas para otra oportunidad y prosigo. Definitivamente: leer es una actividad de gran trascendencia.
2.- Suelo releer todo aquello que me ha gustado, vuelvo una y otra vez a mis lecturas más preciadas: aquellas que tocaron “un algo” en mí, que dejaron una huella; que azuzan recuerdos de un tiempo vivido. Por razones conocidas, tuve que dejar atrás casi toda mi biblioteca, y, cuando recuerdo a un determinado libro, se abre ante mí un boquete de nostalgia y me entran unas ganas enormes de tenerlo en mis manos, de repetir la vieja experiencia, de asomarme de nuevo a unas páginas que son, qué duda cabe, parte de mi vida.

Hace poco un buen amigo que viajó a Venezuela pudo traerme algunos libros de mi biblioteca, pero las ansias persisten, el anhelo de moverme entre los anaqueles de mi estudio, es muy grande, pero la vida prosigue, no puedo detenerme en la nostalgia, poco a poco he ido construyendo acá una nueva biblioteca que jamás será tan extensa como la otra (ni quiero que lo sea), pero que me ha permitido conocer nuevos autores, adentrarme en otros territorios, y abrir espacios en los que aniden la esperanza.

3.- Ese echar de menos algunos de mis libros me ha llevado a adquirirlos acá, pero en otras ediciones (al estar descatalogados, por supuesto), y como la forma se hace igual al fondo en muchas circunstancias —entre ellas y, particularmente, con los libros—, el no poder repetir la experiencia con absoluta precisión, me lleva a pensar que algún día los tendré de nuevo tal y como eran: “regresarán a mí” (no sé cómo), y aunque otras sean las situaciones personales la brecha seguirá abierta a la espera de un no sé qué. El tiempo, que todo lo dirime, tendrá la última palabra.

4.- Siendo sincero, la literatura no tiene un fin social relevante, como lo pudieran tener otros oficios como el de astronauta, político, guerrero y banquero. A lo sumo: un divertimento más, un dejar volar la imaginación por mundos de ensueño. Y si soy más sincero todavía, diría que la literatura es una quimera, algo que solo existe en nuestra imaginación y que muchas veces nos roba el seso y nos empuja al desvarío. No en vano, Cervantes lo plasmó en su Don Quijote, obra cumbre de las letras españolas y universales, y, paradójicamente, esa quimera de pronto se hizo realidad y certeza, dio el salto de más de cuatro siglos y se erigió en arquetipo de la razón literaria, pero de una razón que la desdice en su esencia. Lo quijotesco no es más que vana ilusión: un transitar por caminos empedrados de espejismos: un valor y un ímpetu que se deshacen en la nada, en el vacío existencial y la fantasmagoría del ahora.

rigilo99@gmail.com 




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