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Por Alberto José Hurtado B.

La esperanza por Alberto José Hurtado B.



La esperanza por Alberto José Hurtado B.

La esperanza es mucho más que un simple deseo o una ilusión pasajera, representa una disposición activa del espíritu, que se traslada al cuerpo, en la medida que se tiene claro la posibilidad de un futuro mejor, incluso en medio de la adversidad. Aunque es un tema que apasiona a filósofos, psicólogos y teólogos, quienes han reflexionado durante siglos sobre su naturaleza, y coinciden en que la esperanza no se limita a mirar pasivamente hacia lo que podría ser, sino implica actuar con convicción. Para los economistas, la esperanza es la probabilidad de transformación de la realidad acompañada de la voluntad de actuar para generar los cambios que queremos con los recursos disponibles. Y en palabras del filósofo alemán Ernst Bloch, la esperanza es una “práctica utópica” que nos invita a querer un mundo distinto y nos impulsa a construirlo.

Esto implica que la esperanza es distinta al optimismo. Mientras este último corresponde a una visión general del mundo como positivo, la esperanza implica una creencia específica en que los esfuerzos que realizamos pueden conducir a los resultados deseados. Es decir, la esperanza tiene un componente activo que resulta de integrar emociones, creencias y acciones.

Así, en momentos de oscuridad cuando el dolor, la incertidumbre, la desilusión o una serie de acontecimientos negativos abruman, la esperanza se convierte en un recurso psicológico y emocional fundamental. No es negar la realidad ni evadir los problemas, sino reconocer que incluso en las circunstancias más desfavorables existe un margen de probabilidad que todo cambie. Este margen, por pequeño que sea, es el espacio donde la esperanza respira. Preservarla en tiempos difíciles no es un acto de ingenuidad, sino de coraje, valores y fe. Requiere resistencia, lucidez y una profunda confianza en la capacidad de resiliencia del ser humano, que invita a superar, aprender y crecer.

Al respecto, la esperanza genuina no se alimenta únicamente de la fe en lo desconocido, se nutre también de la coherencia entre lo que creemos posible y lo que estamos dispuestos a hacer para lograrlo. Aquí radica su dimensión ética y activa: la esperanza no es esperar sentado. La esperanza exige compromiso y acción. Si creemos en un mundo más justo, nuestro diario vivir debe estar lleno de justicia. Si anhelamos la paz, es nuestra responsabilidad cultivarla en nuestras relaciones cotidianas. En este sentido, la esperanza se convierte en un puente entre el presente y el futuro, un impulso que nos orienta en la toma de decisiones y nos invita a tomar acciones hacia aquello que deseamos se haga realidad.

Además, la esperanza impulsa la cohesión social y el progreso colectivo. Esto en la medida que en sociedades desigualdades, o que por mucho tiempo han enfrentado injusticias, la esperanza proporciona un sentido de propósito compartido que evita la desintegración social e invita a prácticas cotidianas de gratitud y apoyo mutuo. De esta manera, la sociedad sobrevive y emerge más fuerte, con mayor capacidad para empatizar y contribuir al bien común. La esperanza es un tejido social que se fortalece cuando se comparte, se sostiene mutuamente y se traduce en prácticas colectivas. Venezuela, María Corina, felicitaciones por el Premio Nobel de la Paz.

@ajhurtadob