Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 04:53 pm
La esperanza es mucho más que un simple deseo o una
ilusión pasajera, representa una disposición activa del espíritu, que se
traslada al cuerpo, en la medida que se tiene claro la posibilidad de un futuro
mejor, incluso en medio de la adversidad. Aunque es un tema que apasiona a filósofos,
psicólogos y teólogos, quienes han reflexionado durante siglos sobre su
naturaleza, y coinciden en que la esperanza no se limita a mirar pasivamente
hacia lo que podría ser, sino implica actuar con convicción. Para los
economistas, la esperanza es la probabilidad de transformación de la realidad
acompañada de la voluntad de actuar para generar los cambios que queremos con
los recursos disponibles. Y en palabras del filósofo alemán Ernst Bloch, la
esperanza es una “práctica utópica” que nos invita a querer un mundo distinto y
nos impulsa a construirlo.
Esto implica que la esperanza es distinta al optimismo. Mientras
este último corresponde a una visión general del mundo como positivo, la
esperanza implica una creencia específica en que los esfuerzos que realizamos
pueden conducir a los resultados deseados. Es decir, la esperanza tiene un componente
activo que resulta de integrar emociones, creencias y acciones.
Así, en momentos de oscuridad cuando el dolor, la
incertidumbre, la desilusión o una serie de acontecimientos negativos abruman,
la esperanza se convierte en un recurso psicológico y emocional fundamental. No
es negar la realidad ni evadir los problemas, sino reconocer que incluso en las
circunstancias más desfavorables existe un margen de probabilidad que todo
cambie. Este margen, por pequeño que sea, es el espacio donde la esperanza
respira. Preservarla en tiempos difíciles no es un acto de ingenuidad, sino de
coraje, valores y fe. Requiere resistencia, lucidez y una profunda confianza en
la capacidad de resiliencia del ser humano, que invita a superar, aprender y
crecer.
Al respecto, la esperanza genuina no se alimenta
únicamente de la fe en lo desconocido, se nutre también de la coherencia entre
lo que creemos posible y lo que estamos dispuestos a hacer para lograrlo. Aquí
radica su dimensión ética y activa: la esperanza no es esperar sentado. La
esperanza exige compromiso y acción. Si creemos en un mundo más justo, nuestro
diario vivir debe estar lleno de justicia. Si anhelamos la paz, es nuestra
responsabilidad cultivarla en nuestras relaciones cotidianas. En este sentido,
la esperanza se convierte en un puente entre el presente y el futuro, un
impulso que nos orienta en la toma de decisiones y nos invita a tomar acciones
hacia aquello que deseamos se haga realidad.
Además, la esperanza impulsa la cohesión social y el
progreso colectivo. Esto en la medida que en sociedades desigualdades, o que
por mucho tiempo han enfrentado injusticias, la esperanza proporciona un
sentido de propósito compartido que evita la desintegración social e invita a
prácticas cotidianas de gratitud y apoyo mutuo. De esta manera, la sociedad
sobrevive y emerge más fuerte, con mayor capacidad para empatizar y contribuir
al bien común. La esperanza es un tejido social que se fortalece cuando se
comparte, se sostiene mutuamente y se traduce en prácticas colectivas.
Venezuela, María Corina, felicitaciones por el Premio Nobel de la Paz.
@ajhurtadob