Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 05:19 pm
Entre los empleos más
expuestos a crímenes, rudezas y/o agresiones se encuentran los vinculados a las
labores de protección (militares, policías, vigilantes, guardaespaldas, etc., por
confrontaciones inherentes a sus misiones). Igualmente, los relacionados a medios
informativos (periodistas,
influencers, youtubers y más, por razones de censura). Sin embargo,
hay indicadores replicándose en varios países que señalan otra actividad como
peligrosa: la Enseñanza. Si alguien lo duda, pregúntese ¿Qué impulsa a
una corporación de radio, televisión e internet, como la BBC de Londres,
a efectuar un documental acerca de la violencia que están experimentando los
docentes latinoamericanos en las aulas o en sus adyacencias?
Se observa reiteradamente
en canales de comunicación locales, regionales, nacionales e internacionales
incidentes donde los maestros son amenazados o atacados por el alumnado, por
parientes o amigos de estos. De hecho,
estas situaciones parecen haberse normalizado al punto que hasta son
publicitadas y no exactamente para condenar tales actos. Se viralizan videos por redes sociales
mostrando cómo en eventos públicos se les hacen desplantes, se atenta contra su
reputación o se ejecutan “venganzas” hacia dichos personajes solo porque
intentaron cumplir con sus obligaciones.
Por otro lado, la barbarie
que sufre el profesorado no se limita a acciones por parte de las personas con
las que inevitablemente interactúan en sus funciones diarias. Adopta múltiples
formas y destaca la explotación a la que son sometidos por entidades
gubernamentales y no gubernamentales. No es inusual que se les encarguen grupos
de más de treinta y cinco estudiantes, lo cual representa un gran desafío.
Además, enfrentan la disyuntiva del contacto físico con el alumno: si se
acercan mucho, pueden ser acusados de “acosadores sexuales”; si mantienen la
distancia, es probable que los tachen de “indiferentes” o “desinteresados”.
Una de las carreras con más
demanda de cualidades, habilidades y/o destrezas (“blandas” y “duras”) es la educativa.
Estos licenciados “deben ser”: empáticos, pacientes, disciplinados,
tolerantes, creativos, comprensivos, contemplar la personalidad de cada uno de
sus discípulos, con vastos conocimientos, acoplarse a los pénsum, actualizarse
constantemente y pare usted de contar.
No obstante, las mismas instituciones que solicitan estos requisitos no
son precisamente las que los acompañan al momento de ayudar a materializar este
perfil. Claman por niveles de
capacitación elevados, pero los salarios y prestaciones económicas no se
adecúan a los roles que se les exhorta asumir a los educadores (muchas veces honorarios
miserables).
Una profesora, que prefirió
permanecer en el anonimato, comenta:
-Nuestro reto empieza desde que llegamos al salón de clases y nos
encontramos niños con diferentes ritmos y estilos de aprendizaje, con
necesidades y trastornos que dificultan la comunicación, socialización y
aprendizaje del alumno. Sin dejar de lado las conductas disruptivas que llegan
a presentar algunos alumnos. Es ahí, donde el docente intenta individualizar la
educación para cada niño...desde que hace su plan de clase considera las
adecuaciones que cree necesarias para atender al alumno que lo requiere, sin
olvidar que no está preparado para tratar trastornos que dificultan la
comunicación y socialización de los niños. Hasta hoy desconozco que haya algún
control que haga posible que un docente que tenga alumnos con alguna condición
o trastorno tenga un número menor de alumnos en su grupo de lo que normalmente
se maneja, esto, con la intención de bajar la carga al docente y pueda hacer
mejor su labor-.
Dentro de los factores que
contribuyen a establecer los escenarios antes descritos están los siguientes: a. Se continúa desconociendo cabalmente ¿Qué es este
oficio? Aunque existe una gran cantidad de pedagogos y la profesión es
antigua. b.
Muchas de las normativas o regulaciones que se les quiere imponer son
formuladas, con más frecuencia de la conveniente, por burócratas que carecen de
experticia en espacios académicos, generando así, políticas que tratan de
reglamentar el quehacer formativo, pero subordinándolo a criterios y
expectativas irreales. c. A algunos actores que
detentan el poder no les interesa una población estudiosa, por lo cual marginan
este sector.
Evidentemente, quien enseña
no es la víctima siempre. Es factible
constatar abusos de autoridad por una minoría de sujetos que utilizan la postura
del docente como su bastión para liberar sus propias frustraciones y humillar a
los demás. Incluso se podría afirmar que es un puesto muy tentador para
psicópatas y sociópatas, especialmente, en ámbitos universitarios. Aquí, sería
recomendable que, además de evaluar los saberes y las competencias didácticas
de ciertos individuos, también se examine su salud mental para determinar si
están aptos o no para desempeñar tan importantes cargos. De igual manera, que se fortalezcan las
instancias donde formalizar denuncias y se apliquen sanciones a los
trabajadores de la educación que abusen de su posición para infligir daño.
Pero, se necesita
considerar que la mayoría de aquellos que se dedican a instruir a otros lo
realizan por vocación y que es responsabilidad de todos velar porque esta
hermosa ocupación se ejerza en circunstancias óptimas y de respeto. No es aceptable que el maestro tenga que
sentir miedo por ejercer uno de los trabajos más beneficiosos para la sociedad.
Sus compensaciones tienen que ir en consonancia con las tareas que se les
exige: seguridad a su integridad física y psicológica, sueldos más
competitivos, retribuciones y planes de asistencia.
La formación académica, con
los defectos que pueda tener, sigue siendo valiosa para los Estados Democráticos
y sus ciudadanos. Por ello, poco o nada bueno le espera a las naciones que
descuidan o desamparan este valioso y cada vez más escaso recurso humano.
Soc.
Omar Jesús Gómez Graterol.