Una amiga telemática por Ricardo Gil Otaiza
A mediados de la primera década del nuevo siglo, recibí un mensaje en mi vieja dirección de correo electrónico de Hotmail (aún vigente luego de 26 años), de una mujer quien se identificó como mi fiel lectora de las columnas de prensa, y debo confesar que su mensaje me halagó, pues en él me informaba de lo enganchada que estaba con mis entregas semanales en la prensa regional y nacional, y de las virtudes que hallaba en mi prosa: fluidez, limpieza estilística, claridad, elocuencia, elegancia, humor, ironía, cinismo, retórica, desparpajo, y muchas cosas más.
Para aquel entonces, mis extensas columnas en papel eran de diversas temáticas, que iban de lo político, pasaban por la actualidad cultural, se mecían en la medicina natural (mi especialidad como profesor universitario) y aterrizaban en los libros: novedades, ferias, críticas y recensiones y, como cabrá suponerse, mi actividad como escritor, académico y columnista hacía que mis relaciones se movieran también en una amplia gama de estratos, lo que me llevó a conocer y a ganarme el respeto (a veces la amistad) de personas a quienes yo admiraba muchísimo desde hacía tiempo (algunas de ellas verdaderas luminarias y figuras de diversos campos: intelectual, académico, político, empresarial y hasta del espectáculo), como Juan Liscano, Denzil Romero, José Ramón Medina, Miguel Ángel Burelli Rivas, Renato Capriles, Oswaldo Trejo, Bernardo Celis Parra, Guillermo Valeri Dávila, Victoria de Stefano, Alberto Jiménez Ure, y tantas otras de muy grato recuerdo.
A partir de entonces, recibía a diario mensajes de la mujer (ya no recuerdo su nombre y no sé si vive aún), quien se autodenominó como “Una amiga telemática”, y confieso que intercambiamos ideas, pareceres, gustos literarios, autores, dudas y temores políticos, reflexiones de carácter filosófico y hasta metafísico, y en poco tiempo surgió una amistad entre los dos a distancia, que sentía consolidar sobre la base del respeto y de la admiración de parte de ella, por ser yo (según la constante y machacona afirmación) su autor favorito y, de mi parte, por percibir en ella honestidad, sinceridad y agudeza intelectual.
Un día, “Una amiga telemática” quiso conocerme personalmente, y quedamos a vernos en la presentación y bautizo de uno de mis libros en la Feria Internacional del Libro Universitario (FILU), que celebraba con enorme éxito y afluencia de casas editoriales y de público, mi universidad, y como yo no tenía un rostro al cual reconocer, acordamos que, cuando me hallara en el stand de libros, ella se acercaría a mí y se presentaría, y así sucedió, y en tal ocasión pude presentarles a mi esposa y a mis tres hijas, y tuvo el bonito gesto de adquirir mi libro y nos pidió a los cinco una dedicatoria, que plasmamos gustosos y con alegría: recuerdo las fotografías que nos tomamos y hasta la copa de vino que chocamos en tal memorable tarde (cada presentación de libros es para mí en lo particular una fiesta, aunque tengo mil años que no voy a ninguna).
Poco a poco, “Una amiga telemática” me fue enviando al correo electrónico textos de su autoría, porque quería conocer mi opinión, lo que me sorprendió en principio, porque no sabía de su vena literaria, pero es lógico que esto sucediera, ya que de ser un buen lector en cualquier instante damos el salto a la escritura, y lo demás es historia en la vida de cada autor, y que yo recuerde mis opiniones fueron bastante favorables, a pesar de llevar en mis genes un espíritu crítico contumaz, que podría pasar como arrogancia o vanidad (es más, he perdido amigos por este aspecto, por lo que evito hacerlo), pero no puedo morderme la lengua cuando hallo en los textos que me dan a leer, aspectos que considero inadmisibles y dignos de corrección, y esto deviene a su vez de mi espíritu crítico con mi propia escritura, lo que me lleva a devanarme los sesos ante un párrafo o una frase (e, incluso, un vocablo) que, a mi entender, desentona en el contexto general de una página.
A partir de entonces, nuestra relación telemática se tornó de “colega a colega”, ya que ella mostraba siempre su interés de convertirse en escritora y decía que me veía a mí como a un maestro, quizá a un mentor o guía, cuestión que yo rechazaba de plano, porque siempre me he sentido en el complejo campo de la palabra escrita, como un aprendiz, y no más.
En este sentido, ella me enviaba sus textos a mi cuenta de correo, y yo le daba sugerencias de estilo (o en el terreno de la morfosintaxis), aunque a veces quería que yo fuera más allá: una suerte de cuasi reescritura, lo que yo rehusaba, porque siempre he estado de las orejas con el tiempo, que a duras penas solía distribuir entre mi casa, mi madre, la universidad y la producción literaria, y lo que ella aspiraba de mi parte caía en el territorio del taller literario, que solía cobrar aparte por el ingente trabajo y la responsabilidad que representa.
La dinámica duró cierto tiempo (ya no lo recuerdo con exactitud, a lo mejor pasaron unos dos años) hasta que un día me llegó al correo un texto con su firma, publicado en la prensa regional y al comenzar a leerlo, me sobresalté; casi me infarto.
Con la adrenalina alborotada en mi sangre, le escribí un reclamo salido de tono (lo reconozco, pero cualquiera en mi lugar lo hubiera hecho y hasta llevado ante un bufete de abogados por lo burdo del plagio), porque lo que leía en “su artículo” era todo de mi autoría, lo había tomado íntegro, textualmente, de un ensayo que yo había publicado en la prensa nacional, pero su respuesta fue antológica: “¡debes estar agradecido de que ponga mi firma en uno de tus textos, y lo publique, es mi homenaje!”.
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