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Por Bernardo Moncada Cárdenas

Sueltos de un peregrino

Aquellas tías eléctricas por Bernardo Moncada Cárdenas



Sueltos de un peregrino

Aquellas tías eléctricas por Bernardo Moncada Cárdenas

“La ciudad del futuro se rige por el principio de la subsidiariedad energética…”
(Coruña Smart City)

Luz Parra y Luz Picón suenan a tías de uno, de esas que siempre tenían café listo en la casa. Pero no: eran las marcas de dos empresas que, en su momento, le daban luz —literalmente— a Mérida. Y uno no puede evitar preguntarse: ¿cómo es posible que hace más de cien años hubiera soluciones más confiables que las que tenemos hoy?
Porque seamos honestos: hoy vivimos pendientes de si se va o no la luz. Cocinar, trabajar, dar clase, cargar el teléfono… todo depende de una electricidad que aparece y desaparece como si tuviera voluntad propia. Y lo peor no es solo que falle, sino que uno ya casi se acostumbró. Ese “por si acaso” permanente —cargar baterías, guardar agua, adelantar lo que se pueda— se volvió rutina.
Y ahí es donde algo no cuadra.
A principios del siglo XX, cuando Mérida era apenas una pequeña ciudad de montaña, las familias Parra y Picón trajeron sus propios generadores y los instalaron en el Mucujún. No esperaron a que alguien más resolviera el problema. Simplemente lo hicieron. Y durante años, la ciudad tuvo luz gracias a esas iniciativas. Incluso en los años cincuenta, muchas casas funcionaban sin depender del sistema eléctrico nacional.
Y esto cobra todavía más sentido cuando uno piensa en algo que tenemos —y que a veces olvidamos—: el agua. Mérida está atravesada por ríos, quebradas, caídas de agua por todas partes. El Chama, el Albarregas, el propio Mucujún… es decir, tenemos una riqueza hídrica que muchas regiones del mundo envidiarían. No estamos hablando de inventar algo imposible, sino de aprovechar mejor lo que ya está ahí.
No estoy idealizando el pasado, pero sí preguntándome qué nos pasó.
Hoy dependemos de un sistema enorme, centralizado, frágil, que cuando falla nos deja a oscuras a todos al mismo tiempo. Y frente a eso, lo que más duele no es solo el apagón, sino la sensación de que no hay mucho que hacer… más allá de esperar. Esperar que vuelva. Esperar que no se dañe algo. Esperar que mañana sea mejor.
Pero, ¿y si no tuviera que ser así?
Hace un tiempo escribía sobre la “subsidiariedad”, esa idea de que las personas y las comunidades pueden —y deben— resolver por sí mismas aquello que está a su alcance. En ese momento pensaba en la universidad. Hoy pienso, inevitablemente, en la luz.
Porque hablar de subsidiariedad energética ya no suena a teoría europea ni a proyecto futurista. Suena a necesidad concreta. A pensar en soluciones pequeñas, locales: paneles solares, microturbinas, sistemas comunitarios que aprovechen justamente esa riqueza hídrica que tenemos tan cerca. No para sustituir todo de golpe, sino para dejar de ser completamente dependientes de algo que claramente no está funcionando.
Y aquí la pregunta es incómoda: ¿por qué no lo estamos intentando más?
Tal vez porque nos acostumbramos. Tal vez porque esperamos que “alguien” resuelva. Tal vez porque el problema es tan grande que intimida. Pero la historia de Luz Parra y Luz Picón dice otra cosa: que incluso en condiciones mucho más precarias, hubo gente que decidió no quedarse de brazos cruzados.
Pienso que algo así hoy sería casi revolucionario. No en el sentido político clásico, sino en uno más sencillo y más profundo: recuperar la iniciativa. Volver a creer que algo depende de nosotros.
Quizá no resolvamos el problema eléctrico del país. Pero sí podríamos empezar a iluminar, aunque sea un poco, nuestro propio entorno.
Y quién quita… a lo mejor, como antes, la luz vuelva a nacer del agua que siempre ha estado allí.