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Exhibe su magisterio con un Botinero al que consintió mucho en una impecable obra que salvó la tarde.

FERIA DE ABRIL – DECIMOTERCER FESTEJO

Lección de Luque, inventor de una faena de oreja

Exhibe su magisterio con un Botinero al que consintió mucho en una impecable obra que salvó la tarde. Bellezas salpicadas de Ortega y Aguado en una corrida de Juan Pedro Domecq hueca de bravura



FERIA DE ABRIL – DECIMOTERCER FESTEJO

Lección de Luque, inventor de una faena de oreja

ROSARIO PÉREZ

Diario ABC de Madrid

Fotos: Arjona

La sangre de Roca Rey aún estaba fresca. Se palpaba en el ambiente. En 72 horas habían caído heridos Morante y el peruano, los dos grandes ases del toreo, con dos cornadas de pronóstico muy grave en la primavera peligrosa de Sevilla. Duros tabacos en una feria en la que han embestido muchos toros y se ha visto soberbio toreo, aunque las teles solo se hagan eco del cáliz derramado. Que está muy bien, colegas, pero asómense al arte de la tauromaquia y enséñenselo al mundo a través de sus canales. El ruedo siempre es un escenario de contrastes brutales, de puras realidades... En medio de ese runrún por el drama, la feria continuaba. Como seguía la vida, aunque la corrida de Juan Pedro Domecq viniese tan vacía de ella. «¡Toro, toro!», gritó un espectador en las postrimerías. Y otro le contestó que si quería toros se fuese a Las Ventas: «¡Vete a Madrid!». Faltó toro, sí, y precisamente el que mejor estuvo necesitaba más, pero ante notario firmaríamos otra feria como la sevillana, donde los toros han derrochado embestidas para gozar y triunfar.

No pasará a los anales el conjunto del Castillo de las Guardas, de buena presencia pero de rácano empuje, sin esa entrega que da la bravura. Regalaban arrancadas de vez en cuando y había que saber aprovecharlas. A la perfección lo hizo Daniel Luque en un cuarto capítulo de música callada, de permanente expectación en medio del silencio. El de Gerena, con una capacidad formidable, se inventó una faena y hasta un toro. Tanto lo consintió, que rompió a embestir humillado y obediente, aunque sin perder ese defecto de probón. «Vamos p'alante», lo animaba Luque. Deliciosa de magisterios la pieza luquista, con muletazos a cámara lenta y naturales por ambos lados, amasando el fondo de clase de Botinero, agradecido a su paciente técnica. Brilló su oficio, sí, pero también resplandecieron su innato temple y esa firmeza con la que aguantaba, totalmente aplastado, las miradas y paraditas del colorado. El sevillano impartió una lección de apasionado toreo, creyéndoselo y calando en la afición, una cátedra de la que la banda no se enteró, pero sí los que llenaban los tendidos en el noveno cartel de 'No hay billetes' del abono. Ni el partido entre béticos y madridistas frenó el entradón. Alargar demasiado, con aviso incluido, fue el único lunar de Luque, pero tan a gusto se encontraba en la cara de Botinero, que allá siguió y siguió en una exhibición de valor. Amarró una merecida oreja con un gran volapié.

Maravillosamente jugó los brazos a la verónica en el primero, andándole muy despacito hasta los medios. Inmenso el saludo al cinqueño Puntero, al que cuidó en varas por su blandura. Muy bien lo agarró El Patilla en el segundo encuentro. No pudo lucirse Ortega en el quite, con el de Domecq cada vez más corto. Para el de Triana y para Aguado fue el brindis en un bonito gesto. Como en un tentadero estuvo Luque, templadito y a media altura para mimar su fortaleza; al mínimo tirón perdía las manos. Pulcra la faena, canina de emoción por la sosería del noble animal.

Más la intención que la descripción de la verónica de Juan Ortega al Ambiguo segundo, como sucedería en el quite por delantales de Aguado, con el toro carente de empuje y bravura. Qué bonitas habían sido las chicuelinas de lento caminar, con dos cordobinas, del trianero. Luego no surgiría el acople, aunque el castaño poco decía.

Merodeó el fantasma de la cogida morantista cuando el quinto estuvo a punto arrollarlo en los medios, pero Ortega anduvo listo sacando los brazos. Mayor su actitud ahora, queriendo. Larga distancia concedió a Zozobra en la apertura a dos manos rodilla en tierra, pero tanto manseaba el animal que se marchaba suelto, abriéndose como los abanicos de la solanera. Hubo pinturas preciosistas, con torería y empaque, con esa obsesión por reducir siempre la velocidad del toro -con cositas buenas- mientras primaba la colocación. No refrendó y no se entendió por qué se perfiló así en la suerte suprema después de todo lo que Zozobra había cantado la gallina.

Sublimes las tres verónicas finales y las dos medias de Pablo Aguado, embarcando la embestida del tercero. Hubo un trébol tan inmenso que dio tiempo a recoger las páginas de 'La historia interminable' y cruzar el Mar de Juncos para regresar luego al mundo real. Una maravilla, con ese compás que se tiene o no se tiene. Fenomenalmente toreó a caballo Espartaco, candidato a premio. No lo serán las chicuelinas de Luque, tan sutil con sus toros y con ese latigazo en el quite al de su compañero. Para la Infanta Elena fue el brindis del torero de la Huerta de la Salud, que sorprendió cuando se echó de rodillas por ayudados, con un zurdazo ya en pie inacabable -otra vez dio tiempo a releer la novela de Michael Ende-. Qué categoría de inicio, que tanto ilusionó, aunque todo iría a menos. El toro, con buen embroque y más deslucidos finales, carecía de cierto ritmo, pero Aguado regó de belleza y sevillanía el albero, como aquella trinchera o esos dos naturales profundos, al ralentí. ¡Qué dos naturales! ¿Por qué no siguió, torero? A Rugidor le faltaba fondo, pero se hubiese necesitado de un paso adelante para que aquello adquiriese otra dimensión. Brotó la sangre cuando Aguado se cortó en la mano al entrar a matar. Y, tras saludar, pasó a la enfermería, con una herida en la base del primer dedo de la diestra.

Parecía más de lo que fue el serio y cinqueño sexto, que se afligió demasiado pronto. Lo más rotundo ahora, los pares de Iván García, traseritos como gusta a los toreros. Se desmonteró el madrileño, una garantía en la lidia y con los palos. Las ovaciones acabaron ahí: tanto se apagó Zampón, que acabó echándose para cerrar así una corrida de tan hueca bravura en conjunto (con sus matices). Aun así, los discípulos de Morante, cercano a los cincuenta tacos, ya pueden apretar los dientes. 

FICHA DEL FESTEJO

 

Real Maestranza de Sevilla. Viernes, 24 de abril de 2026. Decimotercera de abono. Cartel de 'No hay billetes'.

 

Toros de Juan Pedro Domecq, bien presentados y huecos de bravura en general, con matices.

 

Daniel Luque, de habano y oro: estocada rinconera (silencio); gran estocada (oreja).

Juan Ortega, de rosa palo y oro: pinchazo y media delantera (silencio); pinchazo y estocada (saludos).

Pablo Aguado, de caldero y oro: pinchazo y estocada corta (saludos); dos pinchazos y se echa (silencio).