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Por Daniel García

El debate pendiente en el interregno: El grito del Táchira y el mapa para refundar a Venezuela por Daniel García



El debate pendiente en el interregno: El grito del Táchira y el mapa para refundar a Venezuela por Daniel García

En este difuso espacio de transición que la teoría política define como interregno —ese limbo histórico donde lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer—, la sociedad venezolana transita una tensa calma cargada de incertidumbre.

Entre la expectativa del cambio político y el temor a la repetición de viejas frustraciones, una pregunta flota en el aire con urgencia: ¿cuál es el mensaje más acertado que los ciudadanos esperan para la Venezuela por venir?
La respuesta no parece estar en las consignas habituales de la capital, sino en la periferia; específicamente en San Cristóbal, donde el reciente y encendido discurso del ex-preso político Luis "balo" Farías ha encendido una chispa que trasciende la simple alternancia de nombres en el poder.

Desde la emblemática tierra de los «gochos», tradicional puerta y custodia de la libertad, Farías ha puesto el dedo en la llaga histórica de la república, planteando un debate sobre ejes temáticos específicos que bien podrían reescribir la historia nacional de cara al futuro.

Como espectador de este momento crucial, resulta no solo agradable sino profundamente necesario aprovechar este vacío de poder central para dar una discusión estructural. Farías inició su alocución conmoviendo la fibra humana, recordando el dolor de los ex-presos políticos y el trágico caso de Víctor Hugo Quero Navas —gritos desesperados de una sociedad civil que vio desvanecerse la justicia tras defender triunfos electorales inobjetables—. Pero su planteamiento no se quedó en el lamento o en la denuncia del drama humano y económico. Fue más allá: identificó al culpable de fondo.
El drama venezolano, advierte el líder tachirense, no es un accidente. Es el resultado directo de un modelo de Estado donde la concentración de poder sin límites asfixia la iniciativa de los ciudadanos. Es la paradoja de un país rico en su subsuelo, pero poblado por trabajadores exhaustos donde el hambre camina por las calles.

Farías lo define con precisión: _«El centralismo es una jaula que impide que las regiones respiren»_. Es la arrogancia caraqueña que pretende saber mejor lo que necesita el Táchira, Guárico  Anzoátegui, Zulia o cualquier estado que quienes sudan su propio suelo.

La crítica histórica resulta devastadora y pedagógica. El Táchira ha parido a siete presidentes de la República. Siete hijos de la montaña ocuparon la silla de Miraflores bajo las mayores bonanzas petroleras de la historia. Y sin embargo, la región carece incluso de una autopista digna que la conecte con la frontera. ¿La razón? El sistema está diseñado como una monarquía disfrazada de república. Un modelo federal centralizado donde las regiones deben ir de rodillas a la capital a mendigar lo que por derecho les pertenece, y ni siquiera sus paisanos en Caracas lograron vencer el centralismo y hacer la autopista de su tierra. Asi que, cambiar el rostro del presidente manteniendo este esquema —como ocurrió trágicamente en la Nicaragua de Violeta Chamorro— es condenar al país a repetir las mismas promesas rotas dentro de veinte años.

Es aquí donde el discurso andino se conecta de forma perfecta con los esquemas programáticos y los proyectos tácticos de la cátedra por la participación ciudadana que hoy se debate en las regiones. Para que el «Gran Cambio» sea real, el desplazamiento de las fuerzas impulsoras de la sociedad que hoy se encuentran secuestradas por el centralismo debe ser total:
La Fuerza Político-Territorial: Implica pasar del presidencialismo absolutista a una verdadera Federación de Autonomías Regionales y un Municipalismo Fuerte. La toma de decisiones debe nacer en los estados y municipios. El clamor de Farías de «¡Gobierna a tu estado tú mismo!» exige una descentralización constitucional que configure una democracia parlamentaria donde Caracas deba dejar de decidir por el resto del país.

La Fuerza Económica: La libertad económica, el respeto irrestricto a la propiedad privada, los derechos económicos y el acceso libre al capital y a la tierra son indispensables. No se trata de administrar la escasez, sino de generar riqueza autónoma. Los estados deben retener su propia renta externa, recaudar localmente y decirle «no» a los impuestos confiscatorios fijados desde el centro. Es la hora de producir, industrializar las regiones y exportar directamente al mundo independientemente de la renta petrolera.
La Fuerza Educativa e Investigativa: Regionalizar la educación para convertir a los ciudadanos de las provincias en los actores fundamentales del cambio, rompiendo la dependencia intelectual impuesta por la burocracia central.

El mapa táctico para la operatividad de estas ideas debe ponerse en marcha en mesas de trabajo de la sociedad civil y en Comités de Desarrollo Social y Ciudadano. Solo a través de pactos refundacionales en cada localidad, se debatiría eje por eje el cómo equilibrar las funciones constitucionales. La propuesta es nítida: delimitar las funciones de un Gobierno abocado estrictamente a la seguridad, las obras públicas nacionales, la justicia, el orden, y la salud y educación publicas  mientras que los Ciudadanos organizados y las empresas asumen la agricultura, la industria, el comercio y la gestión eficiente de los servicios de salud y educación privada en combinación estas dos últimas con el estado.

El mensaje que los venezolanos esperan en este interregno no es el de una nueva promesa caudillista. Es el llamado a un cambio estructural definitivo bajo la tutela directa del pueblo. La libertad sin progreso material y sin autonomía política no existe.

El Táchira ha levantado nuevamente la voz con el apoyo de los otros estados andinos para despertar el alma rebelde de toda la nación: para dejar de ser mendigos sentados sobre lingotes de oro y convertir a cada estado en el motor dueño de su propio destino. La tarea histórica de este tiempo ya no es solo cambiar de gobierno; es derribar, de una vez por todas, la jaula del centralismo.

Los aplausos cerraron en signo de aprobación la propuesta de los gochos. La consiga, sin temor y con decisión  ¡Vamos al debate Ya!