Mérida, Mayo Martes 19, 2026, 04:39 am
En este difuso espacio de transición que la teoría política
define como interregno —ese limbo histórico donde lo viejo no termina de morir
y lo nuevo no termina de nacer—, la sociedad venezolana transita una tensa
calma cargada de incertidumbre.
Entre la expectativa del cambio político y el temor a la
repetición de viejas frustraciones, una pregunta flota en el aire con urgencia:
¿cuál es el mensaje más acertado que los ciudadanos esperan para la Venezuela
por venir?
La respuesta no parece estar en las consignas habituales de la capital, sino en
la periferia; específicamente en San Cristóbal, donde el reciente y encendido
discurso del ex-preso político Luis "balo" Farías ha encendido una
chispa que trasciende la simple alternancia de nombres en el poder.
Desde la emblemática tierra de los «gochos», tradicional puerta
y custodia de la libertad, Farías ha puesto el dedo en la llaga histórica de la
república, planteando un debate sobre ejes temáticos específicos que bien
podrían reescribir la historia nacional de cara al futuro.
Como espectador de este momento crucial, resulta no solo agradable sino
profundamente necesario aprovechar este vacío de poder central para dar una
discusión estructural. Farías inició su alocución conmoviendo la fibra humana,
recordando el dolor de los ex-presos políticos y el trágico caso de Víctor Hugo
Quero Navas —gritos desesperados de una sociedad civil que vio desvanecerse la
justicia tras defender triunfos electorales inobjetables—. Pero su
planteamiento no se quedó en el lamento o en la denuncia del drama humano y
económico. Fue más allá: identificó al culpable de fondo.
El drama venezolano, advierte el líder tachirense, no es un accidente. Es el
resultado directo de un modelo de Estado donde la concentración de poder sin
límites asfixia la iniciativa de los ciudadanos. Es la paradoja de un país rico
en su subsuelo, pero poblado por trabajadores exhaustos donde el hambre camina
por las calles.
Farías lo define con precisión: _«El centralismo es una
jaula que impide que las regiones respiren»_. Es la arrogancia caraqueña que pretende saber mejor lo que
necesita el Táchira, Guárico Anzoátegui, Zulia o cualquier estado que
quienes sudan su propio suelo.
La crítica histórica resulta devastadora y pedagógica. El Táchira ha parido a
siete presidentes de la República. Siete hijos de la montaña ocuparon la silla
de Miraflores bajo las mayores bonanzas petroleras de la historia. Y sin
embargo, la región carece incluso de una autopista digna que la conecte con la
frontera. ¿La razón? El sistema está diseñado como una monarquía disfrazada de
república. Un modelo federal centralizado donde las regiones deben ir de
rodillas a la capital a mendigar lo que por derecho les pertenece, y ni
siquiera sus paisanos en Caracas lograron vencer el centralismo y hacer la
autopista de su tierra. Asi que, cambiar el rostro del presidente manteniendo
este esquema —como ocurrió trágicamente en la Nicaragua de Violeta Chamorro— es
condenar al país a repetir las mismas promesas rotas dentro de veinte años.
Es aquí donde el discurso andino se conecta de forma perfecta con los esquemas
programáticos y los proyectos tácticos de la cátedra por la participación
ciudadana que hoy se debate en las regiones. Para que el «Gran Cambio» sea
real, el desplazamiento de las fuerzas impulsoras de la sociedad que hoy se
encuentran secuestradas por el centralismo debe ser total:
La Fuerza Político-Territorial: Implica pasar del presidencialismo absolutista
a una verdadera Federación de Autonomías Regionales y un Municipalismo Fuerte.
La toma de decisiones debe nacer en los estados y municipios. El clamor de
Farías de «¡Gobierna a tu estado tú mismo!» exige una descentralización
constitucional que configure una democracia parlamentaria donde Caracas deba
dejar de decidir por el resto del país.
La Fuerza Económica: La libertad económica, el respeto irrestricto a la
propiedad privada, los derechos económicos y el acceso libre al capital y a la
tierra son indispensables. No se trata de administrar la escasez, sino de
generar riqueza autónoma. Los estados deben retener su propia renta externa,
recaudar localmente y decirle «no» a los impuestos confiscatorios fijados desde
el centro. Es la hora de producir, industrializar las regiones y exportar
directamente al mundo independientemente de la renta petrolera.
La Fuerza Educativa e Investigativa: Regionalizar la educación para convertir a
los ciudadanos de las provincias en los actores fundamentales del cambio,
rompiendo la dependencia intelectual impuesta por la burocracia central.
El mapa táctico para la operatividad de estas ideas debe ponerse en marcha en
mesas de trabajo de la sociedad civil y en Comités de Desarrollo Social y
Ciudadano. Solo a través de pactos refundacionales en cada localidad, se
debatiría eje por eje el cómo equilibrar las funciones constitucionales. La
propuesta es nítida: delimitar las funciones de un Gobierno abocado
estrictamente a la seguridad, las obras públicas nacionales, la justicia, el
orden, y la salud y educación publicas mientras que los Ciudadanos
organizados y las empresas asumen la agricultura, la industria, el comercio y
la gestión eficiente de los servicios de salud y educación privada en
combinación estas dos últimas con el estado.
El mensaje que los venezolanos esperan en este interregno no es el de una nueva
promesa caudillista. Es el llamado a un cambio estructural definitivo bajo la
tutela directa del pueblo. La libertad sin progreso material y sin autonomía política
no existe.
El Táchira ha levantado nuevamente la voz con el apoyo de los otros estados
andinos para despertar el alma rebelde de toda la nación: para dejar de ser
mendigos sentados sobre lingotes de oro y convertir a cada estado en el motor
dueño de su propio destino. La tarea histórica de este tiempo ya no es solo
cambiar de gobierno; es derribar, de una vez por todas, la jaula del
centralismo.
Los aplausos cerraron en signo de aprobación la propuesta de los
gochos. La consiga, sin temor y con decisión
¡Vamos al debate Ya!