Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 02:17 pm
Desde la óptica de los integrantes y representantes
del Movimiento Independientes con María Corina Machado del cual formo parte y
coordino desde el año 2023, Venezuela se encuentra ante un abismo histórico y,
al mismo tiempo, frente a una oportunidad inédita. El quiebre de la cúpula
tradicional del poder ha abierto las compuertas de una transición institucional
compleja, un tránsito que hoy avanza bajo la mirada vigilante y el peso
indiscutible de la política exterior de los Estados Unidos. En este escenario
de reacomodo global, donde la Casa Blanca modula las sanciones y las licencias
financieras para reactivar el aparato económico, los venezolanos corremos un
riesgo inmenso: que la ruta hacia las elecciones libres se convierta en una
negociación cupular, un acuerdo entre élites partidistas e intereses
extranjeros donde el ciudadano común sea un simple espectador de su propio
destino.
No podemos permitirlo. Equilibrar el poder de
decisión entre la clase política y la sociedad civil no es un capricho teórico
ni un imperativo ético; es la única garantía de que este proceso no derive en
una nueva frustración colectiva.
Para entender el peligro actual, debemos mirar las
cartas sobre la mesa. Por un lado, tenemos la influencia directa de Washington,
cuya lógica responde legítimamente a la seguridad hemisférica y la estabilidad
energética, agendas que no siempre coinciden con los tiempos y las penurias del
venezolano de a pie. Por el otro, observamos el pragmatismo de unos partidos
políticos que, asfixiados tras años de persecución, asumen esta transición como
una carrera de velocidad para la captura legítima del Estado. En su urgencia
por negociar el nuevo Consejo Nacional Electoral (CNE) y el cronograma de
votación, la dirigencia tiende a centralizar las decisiones en oficinas
cerradas, monopolizando la representación de la causa democrática.
Mientras tanto, en la base de la pirámide, está el
pueblo. Una sociedad civil desgastada por una emergencia humanitaria
prolongada, que sufre lo que muchos llaman una "rabia muda": una
profunda fatiga política combinada con la urgencia diaria de sobrevivir en una
economía dolarizada de facto.
Es aquí donde reside el núcleo de nuestra realidad
política actual: esa ciudadanía, profundamente distante y divorciada de las
dinámicas de los partidos políticos tradicionales, fue la que de manera
categórica le otorgó un mandato claro y contundente a María Corina Machado para
que la representara. Ella no es el producto de un consenso entre élites
partidistas; es la depositaria de la confianza de millones de ciudadanos que
buscaron una alternativa real al viejo esquema de hacer política.
Por lo tanto, recae sobre los hombros de María
Corina Machado la responsabilidad histórica y el deber ineludible de garantizar
de forma irrestricta la presencia de la sociedad civil en cada instancia de
discusión y decisión que surja de esta dinámica política. Si ante los ojos del
mundo se ha observado y asimilado su necesario acercamiento con la
partidocracia para articular la gobernabilidad de la transición, está de más
decir —y, sobre todo, exigir— que ese mismo celo, apertura y nivel de
compromiso debe demostrarlo de forma prioritaria con quienes verdaderamente le
otorgaron el poder para representarlos: la sociedad civil organizada y el
ciudadano de a pie.
Si la transición se pacta únicamente entre la
representación diplomática extranjera y la cúpula de los partidos, omitiendo el
mandato popular que sostiene el liderazgo legítimo del país, el resultado será
una democracia de papel. Podremos tener elecciones formalmente libres, pero
carecerán de la legitimidad social y el arraigo popular necesarios para
sostener la gobernabilidad en el tiempo.
Por eso, nuestro objetivo urgente como nación debe ser claro: establecer un mecanismo vinculante de
co-gobernanza y auditoría ciudadana en este proceso de transición, que obligue
a los partidos políticos y condicione la agenda internacional a asimilar y
respetar las demandas directas de la sociedad civil organizada. La llave
electoral no puede pertenecerle a unos pocos; la influencia internacional debe
validar obligatoriamente los consensos de nuestro tejido social antes de sellar
cualquier acuerdo.
Para lograr este equilibrio frente a la
preeminencia de los partidos y la tutoría extranjera, impulsando el mandato
ciudadano que lidera Machado, propongo al país una estrategia de "Democracia de Doble Anclaje",
fundamentada en cuatro acciones inmediatas:
Primero, debemos erigir un Consejo Ciudadano de Auditoría de la Transición (CCAT). Una
instancia autónoma, no partidista, conformada por nuestras universidades,
gremios profesionales, sindicatos y defensores de derechos humanos. Este
Consejo no competirá por gobernaciones ni ministerios; actuará como una cámara
de veto social. Ningún acuerdo sobre la designación de magistrados, rectores
del CNE o reformas judiciales podrá ser refrendado ante la comunidad
internacional sin el aval técnico y ético de este bloque ciudadano, sirviendo
además como el puente institucional entre el liderazgo de María Corina Machado
y las fuerzas vivas del país.
Segundo, es hora de ejercer una diplomacia ciudadana directa ante la
comunidad internacional. La sociedad civil debe aprovechar el interés de
los Estados Unidos por estabilizar la región para fijar líneas rojas. Debemos
exigir formalmente a los departamentos de Estado y del Tesoro que cualquier
levantamiento definitivo de restricciones o desembolso de fondos para la
reconstrucción esté indexado al cumplimiento de estándares de participación
ciudadana real, respaldando la legitimidad del mandato de base y no meramente
al beneplácito de la partidocracia tradicional.
Tercero, es imperativo descentralizar la agenda de la transición a través de cabildos ciudadanos.
Hay que romper la burbuja de las negociaciones caraqueñas o extranjeras.
Propongo convocar Asambleas de Base en cada estado del país para compilar las
verdaderas prioridades de la gente: servicios públicos, salarios dignos y
descentralización. Esas conclusiones deben convertirse en un mandato vinculante
que los partidos políticos estén obligados a incorporar en sus plataformas de
gobierno.
Finalmente, la sociedad civil debe asumir la contraloría social específica del proceso
electoral. Para que las elecciones libres no sean un traje a la medida
diseñado por asesores extranjeros y conveniencias de partido, necesitamos
articular una red nacional de voluntariado tecnológico y comunitario
independiente de las tarjetas electorales. Una red que audite el registro
electoral, vigile el sistema de votación y gestione un escrutinio paralelo,
evitando que el derecho al voto sea utilizado como moneda de cambio para cuotas
de poder particulares.
Hermanos venezolanos, la transición ya comenzó,
pero su dirección está en disputa. A través de este camino, la sociedad civil
debe pasar de ser una masa movilizada para votar, a transformarse en el árbitro
y garante del proceso. Quien ostenta la representación delegada por el pueblo
tiene la obligación de ser la puerta de entrada de ese pueblo a las decisiones
del Estado. Solo equilibrando el peso de los partidos con la densidad de una
ciudadanía organizada podremos navegar la inmensa influencia geopolítica que
nos rodea, transformando este proceso inédito en la oportunidad histórica para
la refundación democrática y genuina de Venezuela. La reconstrucción del país
nos pertenece a todos, o no será.