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Por Ramón Sosa Pérez

Crónicas y Caminos

SENCILLO, CULTO Y ANTE TODO, MAESTRO por Ramón Sosa Pérez



Crónicas y Caminos

SENCILLO, CULTO Y ANTE TODO, MAESTRO por Ramón Sosa Pérez

(Tributo de afecto a Martín Morales)

Mucho se ha escrito y, seguramente, quedará mucho más por decir de Martín Morales, el artista que ha iniciado la marcha sin retorno al infinito, “ligero de equipaje”, como los poetas. Así fue él, sin más atavío que no fuera la bonhomía y sencillez a flor de piel porque el arte ya era parte de su esencia desde siempre.

En los años 90, de fogosa dinámica en el Tovar cultural que se preciaba de ser sede del Festival Violín de Los Andes citando entre cientos de invitados a las orquestas de cámara más notables del país, al virtuoso Eddy Marcano y al Maestro Francisco del Castillo, Director de la Academia Latinoamericana del Violín.

La algazara convertía a la ciudadela del Mocotíes en destino de viandantes de la cultura que llegaban de distintos rincones de Venezuela, atraídos por el evento que tomaba, literalmente hablando, a Tovar durante varios días. Todos a una, como Fuenteovejuna, se sumaban a celebrar por todo lo alto.

Agregado al equipo de Animación, entre una decena de colegas, tuve holgado escenario para ver en privilegio a organizadores, participantes y motivadores, que los había yendo y viniendo en un eterno correcorre avisando a los violinistas de turno o surtiendo vituallas a los forasteros de lejana tierra. 

Entre los anfitriones destacaba Martín Morales, por la bonhomía que unía cordialidad y exquisitez en el trato a todos por igual. Se multiplicaba para ubicar a quien solicitara lista en el evento, atendía al Jurado, la mesa técnica o a los animadores, a quienes nos brindaba el dato preciso para anunciar su participación. 

Una tarde me abordó para certificar mi raíz nativa y justo al precisar el común origen me adosó el apelativo de “paisano” con el que me nombraría en adelante. Se entabló entonces una fecunda plática que me obligó a indagar luego sus datos porque no me resultaron familiares sus apellidos en mi comarca sureña.

Martín Morales nació en Canaguá, de padre tachirense y madre con raíz guaimaralera. Una temprana diáspora lo aventó lejos del lar nutricio y se radicó en Tovar, que sería desde entonces la razón de sus vivencias. En una mula, Don Rafael montó al chico de 5 años que salió a conquistar novedoso rumbo.

La amistad se consolidó en los años, fortalecida por afectos y una secreta nostalgia que le constriñó al retorno nunca cumplido por la multiplicidad de tareas que se fueron sucediendo, desde la exigente formación de artista precoz y luego, devenido en afamado pintor de la plástica contemporánea, le confinaron su sueño.

Cosmopolita fue Martín pues su formación académica lo acercó a Elbano Méndez Osuna “el pedagogo auténtico de plácida belleza”, a criterio de la coterránea Yolanda Osuna. Será su más aventajado discípulo en un pueblo que aún no había parido artistas que alzarán su nombre como en la literatura.

Como dijera Da Vinci “el discípulo que no supera a su maestro, lo defrauda”, Martín forja su propio lenguaje pictórico y descubre la conexión a una indivisibilidad sin calcos. Es ya el Maestro que comienza a recorrer el mundo con sus lienzos y creaciones, revelando el arte desde ángulos diametralmente opuestos a lo ya conocido.

Fue siempre culto e indagador de vanguardia, sin abandonar el don de gentes que lo emparentó siempre con sus pueblos del sur, en una esencia que jamás pretendió encubrir. Hablábamos con frecuencia, ya de paso a un escenario artístico que lo llevara a cualquier lugar del mundo o al retorno de sus andanzas por el orbe.

El arte lo llevaba y traía a Tovar para compartir en sus calles, con sus incontables amigos que supo cultivar. Martín Morales no declinó a la llaneza de ser entrañable entre los suyos y como Embajador de la cultura nacional, hoy lo echamos de menos. Seguramente otro personaje como él, no hallaremos a la vuelta de la esquina. Su sencillez fue tan inagotable como el cultivo de su pericia artística.