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Por Bernardo Moncada Cárdenas

Sueltos de un peregrino

La perla herida de Mérida: Modesta Bor a cien años de su nacimiento por Bernardo Moncada Cárdenas



Sueltos de un peregrino

La perla herida de Mérida: Modesta Bor a cien años de su nacimiento por Bernardo Moncada Cárdenas

Hay nombres que uno descubre antes de comprenderlos. Durante mis primeros años de melomanía, en las cubiertas de los viejos LP aparecía repetidamente uno que despertaba mi curiosidad: Modesta Bor. Para el niño que entonces era, parecía casi un seudónimo; para el adulto, terminaría convirtiéndose en uno de los nombres más respetados de la música venezolana.

Ella, discípula del Maestro Vicente Emilio Sojo, alumna aventajada de Antonio Estévez y -sorprendentemente para quien admiraba la música de Aram Khatchaturian desde la musicalización de la magistral “2001, Odisea del Espacio” de Stanley Kubrik- adepta y amiga del compositor armenio, quien la había recibido como protegida y alumna en el Conservatorio Tchaikovsky de Moscu.

El nombre de Modesta se vinculaba progresivamente con los mejores intérpretes y composiciones contemporáneas del país, protagonizando la vanguardia nacionalista con obras como las iniciales, Suite Criolla para piano, Suite para Orquesta de Cámara Sonata para Viola y Piano, que son seguidas por un conjunto más audazmente ubicado en la vanguardia, con Segundo Ciclo de Romanzas para contralto y piano, Sonata para violín y piano y obras corales El Pescador de Anclas y Regreso al Mar, fruto de su fructífero paso por el Tchaikovsky.

En la década de 1970, su madurez creativa floreció en un poema sinfónico, Genocidio, en el cual plasma la experiencia acumulada como compositora y como activa crítica de la realidad social. Ya, para quien escribe, el nombre de la Maestra era objeto de total respeto. No solamente por el nivel profundidad de su búsqueda y producción, sino por la extraña facilidad con que esa búsqueda pasaba a una tierna atención y rescate de obras para niños y folklor, preservando frescura y candidez. Sin duda, una humanidad capaz de abarcar todo esto tenía que poseer especial nobleza, además del evidente talento.

En 1991, llamado a coordinar y dirigir el proyecto del Centro Universitario De Arte (CUDA) que incluía las cátedras de música, coincidí sorprendido con la llegada a Mérida de mi admirada Maestra. Para mi concepto, su inclusión en la escuela de música, sin estipendio ni reconocimiento oficial, se convirtió en una injusticia a subsanar; su amistad y la de sus hijas residentes en la ciudad me acercó a Modesta, descubriendo efectivamente una personalidad fascinante, como una perla oculta, engastada en una pequeña casita del Barrio Unión de la vía a los Chorros de Milla, cuidando de su hija y de su piano.

No fui su alumno ni su colega, como tuvieron la fortuna de serlo profesores y estudiantes del CUDA, aprendí a apreciarla de corazón en la inmensidad de su humanidad herida, hecha para el vuelo creativo y sensible, y postrada, en cambio, en este rincón de su país. No me unió a ella más interés que experimentar los reflejos de su genio y su sensibilidad, su humor margariteño y esa generosidad con sus alumnos, de la que tocaba aprender, mientras le ofrecía mi amistad.

Cuando Modesta rindió su vida en su adoptiva Mérida, no solamente dejó una biografía aventurada y rica, sino el pesar de su vocación de extraordinaria intérprete del piano, obstaculizada por la enfermedad que la atacó, truncando su carrera cuando era toda promesa. Quizá aquel golpe, superado aparentemente por el éxito como reconocida compositora, era un algo misterioso que titilaba en sus ojos negros.

Cuando hoy Venezuela celebra los cien años del nacimiento de Modesta Bor con conciertos, festivales y homenajes, vuelven a mí aquellos nueve años de cercanía con una mujer cuya grandeza nunca necesitó exhibirse. Para el niño que descubrió su nombre en las carátulas de los discos, ella terminó siendo una perla herida, silenciosamente resguardada en una casa merideña.

Pero el tiempo revela mejor la verdad de las personas: aquella perla no estaba escondida ni olvidada; estaba sembrando. Y de esa siembra nacieron generaciones de intérpretes, compositores y coros que siguen llevando su voz por Venezuela. Quizá ese sea el destino de los auténticos maestros: transformar la herida en belleza y convertir una vida aparentemente discreta en una obra que continúa dando frutos mucho después de su partida.