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Por Daniel García Arellano

ULA: La urgencia de liberarla de la sombra partidista por Daniel García Arellano



ULA: La urgencia de liberarla de la sombra partidista por Daniel García Arellano

Desde afuera, observando con preocupación los acontecimientos que marcan el destino de la Universidad de Los Andes (ULA), es imposible no sentir una profunda inquietud. Tras casi dos décadas de una inercia institucional impuesta por las circunstancias y una asfixia presupuestaria deliberada, la universidad se enfrenta nuevamente al desafío de las urnas. Este llamado no es solo un trámite administrativo para una comunidad académica; es una encrucijada existencial para todo el país.

Tras años de una interinidad que ha dejado a la institución a la deriva, la pregunta que nos hacemos como ciudadanos no es si es conveniente que ellos voten, sino cómo es posible que la sociedad haya permitido durante tanto tiempo que la universidad languideciera en la sombra.

​La prolongada ausencia de renovación no ha sido una casualidad. Ha sido una estrategia para desdibujar el ADN democrático de nuestra principal casa de estudios en los Andes. Sin embargo, lo que resulta más indignante para el ciudadano común es ver cómo, dentro de esos muros, el injerencismo partidista ha erosionado la capacidad de gestión.

Durante años, los partidos políticos tradicionales han utilizado a los movimientos estudiantiles y a las estructuras gremiales como simples piezas de un ajedrez nacional, buscando influir o torcer la conducción universitaria a su conveniencia. Esta intromisión ha desvirtuado la esencia de la ULA, convirtiendo espacios que deberían ser de debate elevado en trincheras de intereses externos que están profundamente desconectados de las necesidades de Venezuela.

​Es necesario subrayar una realidad fundamental: la academia es, por definición, un espacio de libre pensamiento y construcción crítica del individuo. Por lo tanto, el sometimiento a cualquier línea partidista es, en esencia, un acto antagónico a su razón de ser. La universidad existe para fomentar la capacidad de disentir, de analizar y de proponer desde la razón; el partido, en cambio, demanda disciplina, obediencia y alineación ideológica. Mezclar ambos mundos no solo es un error político, es un crimen intelectual que le roba a la nación sus mejores mentes.

Cuando una autoridad universitaria responde a una directriz de partido, deja de servir a la academia para convertirse en un burócrata más del poder.
​Desde nuestra posición de ciudadanos, tampoco podemos hablar de excelencia ni de autonomía si ignoramos la realidad material que enfrentan los universitarios. La crisis de la educación venezolana no es un accidente; es el resultado de un abandono absoluto. Hoy, el sistema educativo yace sobre los escombros de condiciones laborales inexistentes y salarios que han pulverizado la dignidad de profesores, auxiliares, obreros y empleados. Son familias enteras las que han visto violentados sus derechos, empujadas a una supervivencia que es una forma de violencia institucional. La infraestructura de la ULA, orgullo de la nación, sufre hoy una desidia que atenta contra los derechos estudiantiles.

Rescatar la educación no es una consigna electoral; es una urgente exigencia nacional. No hay autonomía posible donde impera la precariedad, ni libertad de cátedra cuando la carencia se convierte en el principal obstáculo para el docente.

​Al analizar comparativamente el panorama, resulta claro que los partidos políticos tradicionales cargan con un desgaste profundo; su representatividad es mínima y su desconexión con la ciudadanía es evidente. Entonces, ¿con qué moral pretenden seguir incidiendo en la universidad? Es el momento de una reflexión valiente: la comunidad universitaria debe entender que la verdadera autonomía no solo se defiende frente a las amenazas externas, sino ante el control que ejercen las maquinarias políticas desde adentro. No podemos permitir que el relevo institucional sea simplemente un enroque de etiquetas partidistas donde se mantenga la misma lógica de subordinación a cúpulas.

​La universidad tiene sus propias dinámicas, problemas y ética. Creemos que es contraproducente que las organizaciones políticas sigan operando como tutores de la vida universitaria. Si esos partidos quieren dar un ejemplo de transformación, el primer paso sería retirarse y dejar que la academia recupere su cauce. La ULA no puede ser un apéndice de ningún partido; debe ser el centro del pensamiento crítico que nuestro país requiere para salir del atolladero.

​La participación electoral debe ser, ante todo, un acto de soberanía y desmarque. Votar no debe significar elegir entre facciones, sino elegir una visión de universidad que priorice la recuperación, la investigación y la dignidad del trabajo. Pero este esfuerzo no puede ser solo interno. La sociedad venezolana debe integrarse, acompañar y respaldar de manera irrestricta este proceso. Ante los intentos fallidos del pasado, donde la voluntad de la comunidad fue saboteada, hoy más que nunca exigimos, desde la opinión pública, que este proceso electoral se concrete. El país necesita ver una universidad que logra, contra viento y marea, renovar sus autoridades sin tutelajes. Exigir transparencia es el piso mínimo; el techo debe ser la independencia absoluta.

​Como sociedad, debemos mirar a la ULA con esperanza, exigiendo que sus urnas sean el espacio donde la institución recupere su voz, reafirmando ante el país que, pese a dos décadas de asedio, la universidad sigue viva y es capaz de gobernarse a sí misma desde la academia, lejos de la toxicidad de la política partidista. Es la hora de la universidad, no de las pervertidas e persistentes maquinarias. Es la hora de reconstruir nuestro futuro desde la libertad.