¿Soberanía en bolívares o sumisión en dólares? El dilema del Estado 51 por Giovanny Marquina
En 1968, se publicó Shoal of Time: A History of the Hawaiian Islands, traducido como el "Banco de tiempo: Una historia de las islas hawaianas", por el historiador, escritor, biógrafo y documentalista australiano-estadounidense Gavan Daws, reconocido principalmente por sus profundas y narrativas investigaciones sobre la historia de Hawái, el Pacífico y la Segunda Guerra Mundial (1933 – 2025). Hoy sigue siendo una de las obras de referencia más leídas e influyentes sobre la historia de Hawái.
El libro abarca desde la llegada del Capitán James Cook en 1778 hasta la consolidación de Hawái como el estado número 50 de los Estados Unidos en 1959. A diferencia de las historias románticas o puramente turísticas, Daws ofrece una crónica cruda y detallada del choque cultural, la ambición política y las fuerzas económicas que transformaron radicalmente el archipiélago.
Los misioneros calvinistas de Nueva Inglaterra llegaron justo después de la abolición del kapu. Daws describe cómo no solo convirtieron a la monarquía al cristianismo, sino que también codificaron las leyes y reestructuraron la sociedad. En esta época ocurre el Great Māhele (1848), una reforma agraria drástica que introdujo la propiedad privada de la tierra, desposeyendo a la mayoría de los nativos y abriendo el camino para los terratenientes extranjeros.
Hoy cobra vigencia lo que describió Gavan Daws, tras los recientes anuncios que llevan cerca de 6 meses del presidente estadounidense Donald Trump en sus redes sociales, sobre la adhesión de Venezuela como el "Estado número 51" que no es un exabrupto retórico, es la reactivación del mismo diseño estratégico de asimilación territorial aplicado en el Pacífico, adaptado ahora a las riquezas del suelo sudamericano.
En este nuevo tablero, el discurso de Dinorah Figuera cabeza de la Asamblea Nacional de 2015 adquiere una lectura sintomática. Al centrarse estrictamente en la "institucionalidad" e ignorar deliberadamente cualquier inclinación o respaldo a los candidatos presidenciales tradicionales, Figuera devela un vacío político calculado. Esta neutralidad prefigura una transición tutelada mediante una Junta de Gobierno colegiada, repitiendo la fórmula histórica de enero de 1958 tras el derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez, y emulando al Comité de Seguridad extranjero que tomó las riendas de Hawái inmediatamente después de deponer a su monarca.
Lo verdaderamente diáfano de esta estrategia es el silencio de la diplomacia de la Casa Blanca y el Departamento de Estado respecto al sistema democrático convencional. Washington no ha dicho nada público sobre posibles elecciones para presidente, gobernadores, alcaldes o la misma Asamblea Nacional, su exigencia es solo "elecciones libres y transparentes". Acaso estaría apuntado a ruta constituyente, amparado en el Artículo 71 de la CRBV, que establece la figura del referéndum consultivo para someter a votación del pueblo materias de especial trascendencia nacional, lo cual encaja perfectamente con una consulta sobre el destino político o estructural del país.
El plan de fondo no es restaurar la república, sino legitimar una transformación jurídica radical mediante un referéndum consultivo, así como ha venido promulgando Trump como candidato a presidente de Venezuela, en las redes sociales oficiales de su gobierno y las personales, ha dicho de manera jocosa que "si él se lanzará a la presidencia de Venezuela ganaría debido a su alta popularidad según algunas encuestas", pues cobra un sentido absoluto, buscando gobernar la república actual y liderar la nueva entidad territorial una vez consolidada la absorción.
Trump al negarse a retratarse con los candidatos opositores locales, Estados Unidos anula a "la oposición" y asume el control directo del juego. La viabilidad de este plan maestro ya no descansa en la diplomacia, sino en los hechos consumados sobre el terreno, replicando el control fáctico que la base naval de Pearl Harbor ejerció sobre Hawái mucho antes de su estatidad.
En Venezuela, la pinza militar estadounidense ya está instaurada a través de dos bases fácticas no oficiales, la inexpugnable sede de la embajada norteamericana en Caracas y el asentamiento establecido en el sur del país, específicamente en las zonas mineras del estado Bolívar, consolidado tras el desmantelamiento de las estructuras criminales del "Niño" Guerrero.
Esta ocupación silenciosa colisiona frontalmente con el Artículo 13 de la misma CRBV, que establece taxativamente:
".... No se podrán establecer en él bases militares extranjeras o instalaciones que tengan de alguna manera propósitos militares por parte de ninguna potencia o coalición de potencias...".
A pesar de esta prohibición constitucional explícita, la realidad geopolítica se impone de manera tutelada, donde ninguna potencia aliada a este gobierno transitorio, ni la mermada fuerza militar institucional venezolana se atreverá a desalojar dichas bases, cuya legalidad jurídica no representa nuestras constitución sino la constitución de los EEUU, donde es directamente proporcional a su letalidad operativa para garantizar la transición.
Lo que Estados Unidos está jugando con la tesis del estado 51, impulsada con fuerza indetenible, es la estocada final a la noción de soberanía nacional en el hemisferio mediante la sofisticación del modelo de Hawái. Washington no busca un aliado democrático en el Caribe, ejecuta una operación de asimilación estructural donde la crisis interna es utilizada para forcejear una entrega territorial por razones de subsistencia económica.
El plan de EEUU consiste en desmantelar el Estado a través de una junta transitoria, convocar un plebiscito de adhesión bajo el Título IX de la Constitución que aborda la reforma constitucional. El Artículo 347 define el propósito de la Constituyente (transformar el Estado y crear un nuevo ordenamiento jurídico), así como el Artículo 348 detalla quiénes tienen la iniciativa para convocarla.
Vemos como el control internacional absorber formalmente las reservas energéticas y minerales más grandes del planeta. Al igual que el "banco de arena del tiempo" que describió Gavan Daws, Venezuela trasciende su geografía y su historia republicana bajo el manto del pragmatismo corporativo de la federación estadounidense.
El espejo de Hawái nos obliga a ser realistas. El gran dilema que hoy enfrentamos los venezolanos no es ideológico, sino de pura supervivencia para los próximos dos siglos. Nos toca decidir si preferimos el "sacrificio" de integrarnos a la estructura estadounidense para disfrutar de su economía e instituciones estables, o si preferimos continuar con la tradición patria de pelearnos por un modelo independiente que históricamente solo ha producido crisis. En los próximos escenarios electorales, la gran decisión para el futuro de nuestros hijos y el país ya no será por un candidato, sino por el tipo de realidad que queremos, la certidumbre de la federación norteamericana o la romántica persistencia de nuestras propias disputas, en un mundo donde aferrarse a los hidrocarburos tiene los días contados.