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Por Orlando Oberto Urbina

Crónicas Memorables

Emilio Arévalo Cedeño: el hombre de las siete invasiones por Orlando Oberto Urbina



Crónicas Memorables

Emilio Arévalo Cedeño: el hombre de las siete invasiones por Orlando Oberto Urbina

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Él fue uno de aquellos hombres que nos nutrió con su historia de dignidad, sus hazañas, sus aventuras. No es cuestión de anécdotas: a este personaje lo acompañó una gran vocación de justicia en cada pelea que dio contra los tiranos que dominaban a la Venezuela que transitaba el caudillismo político. En nuestra historia hemos tenido -y padecido- figuras que no dan paso a otras generaciones, porque el hambre de poder se ha instalado en sus egos.

Emilio Arévalo Cedeño, franco enemigo de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, llegó a pedir apoyo a venezolanos exiliados; sin embargo, a ver en algunos de ellos cierta  indiferencia, terminó llamándolos “momias egipcias que viven del negocio de la revolución”; y por ello Inocencio Spinetti (otro activista político enemigo de Gómez, líder de la junta patriótica en  el extranjero, le dijo a su amigo -palabras más, palabras menos- que mientras éste se inmolaba por el deseo de una patria libre, los exiliados que lo ignoraban simplemente esperarían que todo pasara, porque luego les esperarían cargos públicos con los nuevos gobiernos.

Emilio Arévalo Cedeño, decidido a enfrentarse al dictador Juan Vicente Gómez, fue el hombre que organizó siete invasiones a Venezuela para derrocar al benemérito. Era un hombre valiente, lleno de una pasión: liberar el país de la tiranía; y por ello estuvo muy decidido a enfrentarse a un poder que desde la ciudad de Maracay imponía Gómez, quien había desplazado del poder a su compadre Cipriano Castro, quien lo había dejado encargado de la presidencia por problemas de salud, y al intentar regresar al país, el nuevo benemérito le dijo: “el que va pa’ villa, pierde su silla”.

El desafiante guerrillero Emilio Arévalo Cedeño enfrentaba al dueño del poder, y en respuesta Gómez lo enfrentó con su ejército, pero nunca lo pudo apresar. A principios del siglo XX, muchos otros también se enfrentaron a la dictadura de Juan Vicente Gómez, como Román Delgado Chalbaud, Leopoldo Batista, Armando Zuloaga Blanco, José María Ortega Martínez, Francisco Linares Alcántara (Hijo), y el general y guerrillero Rafael Simón Urbina. Nunca el gomecismo logró derrotarlos, pues la causa de estos hombres estaba empeñada por ese compromiso con la dignidad nacional.

Nunca se rindieron. De esa estirpe está hecho Emilio Arévalo Cedeño, quien nació en Valle de la Pascua, estado Guárico, el 4 de diciembre de 1882, y fue hijo del general Pedro Arévalo Oropeza y de Dionisia Cedeño.

Su padre fue general de la Federación, fue el primer jefe del partido de los Turupiales, y había combatido al gobierno de Antonio Guzmán Blanco. Tuvo que abandonar los estudios por el cierre del Liceo Roscio de Altagracia del Orituco por orden del Ministerio de Educación.

Emilio Arévalo Cedeño se dedicó a transitar los llanos venezolanos como comerciante que vendía bestias, y este oficio lo llevó a conocer profundamente al país. Luego, se hizo socio de una pequeña imprenta en Altagracia de Orituco, y se dedicó a la edición de un periódico de pequeño formato llamado “El Titán” que llego sólo a ocho números. Posteriormente, va a intentar establecer una bodega que se incendió totalmente. Volvió al comercio de frutas, hortalizas, y animales, lo que le va a relacionar con distintas personas, hasta que llegó a establecerse como telegrafista, oficio que dominaba muy bien. Tiempo después, Arévalo Cedeño se estableció en San José de Río Chico, y fundó el periódico “Helios”, también de poca duración.

Este luchador y hombre de ideas, con su pequeña estatura y su gran estrategia y táctica, fue invitado a una fiesta en 1905, y en ésta lanzó un discurso como orador. Su natural emotividad lo impulsó a decir severas palabras contra el tirano Cipriano Castro, y a finales de 1908 va a presenciar el momento en que asumió el poder el general Juan Vicente Gómez, futuro dictador que condujo a Emilio Arévalo Cedeño a un despertar por la liberación de Venezuela, su gran anhelo.

Pronto la gente se alzó contra el diario procastrista “El Constitucional” cuando Gómez tomó el poder. Su sede fue incendiada por la turba enfurecida que celebraba el fin del mandato de Cipriano Castro. La protesta fue fuertemente reprimida por el gobernador de Caracas, Pedro María Cárdenas, el 19 de diciembre de 1908, en pleno inicio de la dictadura. Emilio Arévalo Cedeño, al ver por los sucesos del periódico que nadie reaccionaba, se atrevió a dar un grito de desafío a la dictadura: “¡Los venezolanos renunciaron a su sexo para convertirse en mujeres! Los venezolanos sienten placer y orgullo en ser esclavos de Juan Vicente Gómez y de su clan”.

Entre 1900 y 1913, Emilio Arévalo Cedeño ejerció la profesión de telegrafista. Ya en 1910 es nombrado jefe de la estación telegráfica de Caicara de Maturín. Allí contrajo matrimonio con Antonia Ledesma Guzmán, y va a quedar viudo a los nueves meses. Luego de su viudez, se casó con su prima Pepita Zamora Arévalo, y procrearon un hijo de nombre Pedro Emilio Arévalo Zamora, a quien conoció luego de sus luchas, y después de la muerte de Gómez.

Volvió nuevamente al comercio de ganado y venta y compra de caballos en los llanos de Monagas, Guárico y Apure, y durante este tiempo fue concientizando lo que el despotismo de Gómez estaba ocasionando al país. Eso lo llevó a oponerse drásticamente.

Para 1913, el dictador de la Mulera había forjado aquel monopolio político y económico, ya que Juan Vicente Gómez era El Estado, y todo era propiedad del dictador; todo es del Estado y el Estado es el Benemérito, el amado jefe, y la autocracia te quita lo tuyo. Tus propiedades. Tu dignidad. A menos que te arrodilles.

No sólo apareció Emilio Arévalo Cedeño, sino también muchos otros insurgentes como Rafael Simón Urbina, a quien la dictadura le quitó todas las propiedades, y nunca se las devolvieron (por cierto, la historia oficial lo omite y lo pone como matón, lo cual es falso).

Emilio Arévalo Cedeño condujo una manada de trescientos potros hasta Apure; pretendía venderlos, y en San Juan de Payara contactó a sus compradores. Éstos mostraron la negativa de adquirirlos, ya que la orden impartida por el dictador a través de sus hombres y la orden se tenía que cumplir. Era un mandato: únicamente podía comprarlos el representante de Juan Vicente Gómez y pagarlos a su conveniencia. Resistirse a ello se pagaba con prisión y hasta con la vida. Emilio Arévalo Cedeño negoció con el procónsul gomecista Eulogio Moros, quien le puso el precio a los caballos por debajo del costo real de cada potro, y puso a Arévalo contra la pared.

Arévalo Cedeño juró cobrar la afrenta que lo ponía en la ruina.

Mientras esto ocurría, Juan Vicente Gómez fungía que se había elegido “democráticamente” por unos siete años más debido al congreso genuflexo que lo habilitaba y rehabilitaba en el poder. Arévalo Cedeño estaba entre dos aguas: al no entregar los caballos le esperaba la cárcel, pero también podía tomar las armas y se fue por ese camino. Porque él sabía protestar con un fusil, había nacido para ser libre y no esclavo. Su juramento después de entregar los caballos, hizo que él abandonara su casa, y su segunda esposa. Se fue a la afrenta, y esperó el momento oportuno para justificar ante el país su actitud patriótica.

Mantuvo su promesa de no doblegarse ante tanta tiranía, y su primer alzamiento lo realizó el 19 de mayo de 1914. Se alzó con cuarenta hombres, fue derrotado y huyó a Trinidad. Luego, desde Colombia, organizó otras invasiones desde 1915 hasta 1933. Durante 21 años llevó a cabo siete invasiones contra Gómez. La más significativa y victoriosa es la de 1921 en la que entró por san Fernando de Atabapo, estado Amazonas. Fue su tercera invasión con 123 hombres, y logró capturar al asesino gomecista Tomás Funes, quien gobernaba con una política brutal. Funes fue sometido a un consejo de guerra que lo condenó a ser fusilado en presencia de todos los pobladores en la plaza del pueblo el 30 de enero de 1921.

En Mexico, Arévalo Cedeño participó en la fundación del Partido Revolucionario Venezolano (PRV) con Gustavo Machado, Carlos León y Salvador de La Plaza, del cual se retiró al poco tiempo al ver que tenía inclinaciones marxistas. Regresó al país después de la muerte de Gómez, y en 1936 publicó “El libro de mis luchas”, obra donde narró sus combates contra la dictadura gomecista. Fue electo ese mismo año diputado al Congreso Nacional, y Eleazar López Contreras lo nombró presidente del estado Guárico.

Murió de arterioesclerosis a los 83 años en Valle de la Pascua el 19 de mayo de 1965.