Mérida, Julio Domingo 05, 2026, 10:26 am
El miércoles 24 de junio a las 18:04
Venezuela vivió una de las tragedias más fuertes de los últimos años, un
terremoto doble, el primero de 7.2 grados seguido de otro, tan solo 40 segundos
después, de 7.5 grados. La tierra aún no
culminaba su movimiento, los edificios aún no dejaban
de temblar cuando el segundo terremoto hizo su descarga. La tragedia nos deja consecuencias
incalculables, centenares de muertos, heridos, familias sin hogar, sin
escuelas, según estimaciones de la ONU, de los 28 millones de habitantes del
país, unos 7 millones quedan afectados directa e indirectamente.
Mirando estos acontecimientos a la luz de la fe, se nos invita a “alzar
la mirada” y recordar que nuestro Dios
no es castigador, es un Dios misericordioso. Es el
mismo que envió a su Hijo hecho hombre a convivir con los
humanos y su justicia va unida a la misericordia. Es posible que hoy tengas la tentación de preguntarte
¿por qué ocurren este tipo de tragedias? ¿Por qué a ti? ¿Por qué, otra vez,
Venezuela? Son preguntas válidas en medio de la angustia, el estrés y el dolor.
Pero, te invito sacudirlas de tu mente y suplantarlas, lo
más pronto que puedas, con el ¿Para
qué?
También, ¿para
qué te ocurren específicamente a ti?, quizás allí puedas comenzar a vislumbrar
un camino. Quizás, para que puedas ayudar a otros. Quizás, para que experimentes, de alguna forma, la misericordia de Dios y que un día puedas dar
testimonio de ello. Recordemos el
Evangelio de Juan 11,4: “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado
por ella”. Piensa
en Abraham, en Job, en tantas personas que a lo largo de la historia han
experimentado dolor y luego se han convertido en referencia sobre cómo reponerse y avanzar. Quizás, no hay un para qué, ni un por qué, ni una razón.
Quizás, solo son los riesgos de estar vivo. Pero si estás
leyendo esto, estás vivo, y ese es ya un motivo de esperanza. Más aún, porque Él mismo nos salva sufriendo y nos anima a lo
mismo, a llevar su cruz (Mt 16, 24).
El segundo punto, al cual quiero acercarte, a la naturaleza de la fe y a
Jesús como Dios. Los cristianos católicos creemos en un Dios que nos acompaña
en todo momento, no que castiga. Lo dice el libro de Nahúm 1,7: “El Señor es
bueno, es un refugio en tiempo de dificultades. Él se preocupa de
aquellos que confían en Él". Por tanto, creemos en un Dios que da Vida, que se encarnó y
caminó entre y con nosotros, que se bajó de su gloria para venir aquí a la
Tierra a caminar y sufrir con nosotros,
Es el
Dios que escucha y ve los sufrimientos de sus hijos y baja para liberar y
rescatar. (Éxodo 3,7). No olvidemos que "Dios es fiel, y no permitirá que seáis
tentados más allá de vuestras fuerzas”, (1 Corintios 10, 1-3).
En medio del dolor podemos decir con el salmista: “El Señor es nuestro refugio y
baluarte, muy cercano y nuestro
auxilio en la angustia. Por eso, no
tememos, aunque la tierra se tambalee, y los
montes se derrumben en el mar; sus aguas se enfurecen y espuman; en su oleaje
tiemblan los montes. (Salmo
46,2-4). También, creemos que pasó
por el mundo haciendo el bien (Hechos 10,38). Ese Dios que inspira la solidaridad y la humanidad.
En medio de la tragedia que, una vez más, golpea nuestro pueblo, es necesario mantener una
certeza, la única que es capaz de sostenernos: Dios está con nosotros. Porque
esa es la base de la fe: la certeza. Tal como dice san Pablo, “El Dios de toda esperanza es capaz de preservarnos e
infundirnos nuevas fuerzas y aliento con su esperanza (Romanos. 15,13).
Mérida, 5 de julio de 2026