Un ángulo perfecto por Ricardo Gil Otaiza
Todo le era ajeno en este mundo, excepto la presencia de un libro, y no lo podía evitar: una extraña compulsión lo llevaba a pensar siempre en función de lo que leía y de lo que los otros leían, y si bien es cierto que nada de esto luciría en apariencia negativo, en él se fue tornando en algo así como un “toque de locura”, que lo llevaba a explorar su realidad y la de los demás en función siempre de las páginas impresas.
Y no fue una situación que llegó a él o emergiera de golpe, sin que menos lo sospechara, en plena juventud o adultez, sino que nació con ella, o esto presume, porque se recuerda muy pequeño, de tres o cuatro años, sacando los libros de los pocos libreros que había en su casa, y se daba a la pueril tarea de leerlos o a fingir que los leía sin conocer todavía la escolaridad (y mucho menos las letras), y no porque imitara a los adultos (esto podrían alegar, y de hecho lo alegaban, los psicólogos infantiles para entonces), porque en su casa no eran muy dados a perderse en aquellos tomos ya algo desvencijados y polvorientos, con tapas pulverizadas por la inquina de la polilla y las termitas, descoloridos en sus tapas, desprendiéndose a pedazos, que solo cumplían la función de meros objetos decorativos y dejaban ver una cierta cultura literaria que para nada existía.
Bueno, démosle un nombre al personaje, porque todo ser, aunque sea fantasmal, tiene derecho a ser nombrado e identificado, señalado y reconocido, y diremos así que se llama Rafael, creo que suena bien, por lo menos a los fines de esta historia, que no tiene grandes pretensiones ni exigencias, pero sí el aplomo suficiente como quedar asentada en el papel y, por qué no, en la memoria.
Rafael iba de aquí a allá recorriendo espacios y linderos, oteando horizontes, atisbando los objetos de su pasión y, como cabe suponerse, visitaba con asiduidad las librerías para conocer las novedades literarias, y aunque no llevaba dinero en el bolsillo para comprarse alguna, aquello le llenaba el espíritu y se sentía fortalecido en lo interior, al estar enterado de primera mano acerca de un mundo que le fascinaba, que le robaba el sueño y la vigilia, que lo hacía sentir parte de un campo diverso y fascinante, lejano y a la vez cercano, íntimo y al mismo tiempo colectivo.
Empero, algunos dueños de librerías ya lo tenían fichado, sabían que Rafael solo entraba a mirar y a manosear los tomos estratégicamente colocados en los mesones de los más vendidos, a absorber con los ojos cerrados el sutil aroma del papel recién impreso, a sentir en sus manos la caricia y el peso de cada novedad, pero nunca para comprarse alguna, lo que ya producía reticencias y hasta resquemores, y los libreros no le quitaban el ojo de encima una vez que entraba a sus negocios, y algunos no perdieron la oportunidad de invitarlo con inocultable enojo a comprar libros o a marcharse.
Una tarde, Rafael se hallaba recorriendo las vidrieras de las librerías (ya sin osar a entrar en ellas por lo antes dicho), y vio salir a un hombre de mediana edad y de buen porte, con un libro bajo el brazo, y se despertó en él el interés por saber de qué libro se trataba y, sin pensar en las consecuencias, decidió seguirlo, pasarle de cerca, intentar desentrañar una curiosidad que de golpe lo asaltaba, y como un añejo detective al estilo Poirot, le siguió con cierta y prudencial distancia los pasos, y como no tenía otra cosa qué hacer, porque la buena de su madre le resolvía todo en casa, le pareció divertido mimetizarse cuando el hombre volteaba, u ocultarse tras los postes de luz para no llamar su atención, pero entre más precauciones tomaba, más se le dificultaba la tarea de ver la tapa del libro, tenía entonces que cambiar de estrategia.
No contento con seguirlo, intentó ir a su lado como quien no quiere la cosa, pero el ardid fue fallido, porque cada vez que Rafael intentaba mirar de lado al hombre para saber del libro, este lo eludía al sentirse acosado por el extraño, y entonces aceleraba sus pasos y se escabullía.
Cuando Rafael ya se daba por vencido y hacía el amago de retornar a las vidrieras de las librerías dejadas atrás, ocurrió el milagro: el hombre se puso en la fila para montarse en el bus que iba a la capital.
Sin disimulo, Rafael se puso tras él, y sacaba discretamente la cabeza hacia su izquierda para observar del libro que el otro llevaba, pero nada podía ver, porque a la tapa la cubría completamente con celo y distinción el grueso brazo de su nuevo dueño, y ni pensar siquiera tomarle una foto con su móvil, porque nada en claro sacaría de tan riesgosa estratagema, y decidió entonces esperar.
El chofer abrió la puerta de la unidad y le hizo señas a quienes estaban en la fila para que comenzaran a subir, pero el bululú que se armó en la entrada hizo que Rafael le perdiera la pista al hombre, y tuvo que resignarse a esperar el segundo milagro, consistente en que nadie se sentara detrás de su objetivo y así poder mirar, sin ser visto, el libro de su interés, ya que suponía que el hombre aprovecharía los 55 minutos de viaje para echarle un vistazo.
Y el nuevo milagro se dio. Rafael pudo sentarse justo detrás del hombre y en diagonal, de tal forma que tenía un ángulo perfecto para enterarse de una buena vez de la identidad del dichoso libro, cuestión que ocurrió de seguidas. El hombre lo levantó ante sus ojos, lo abrió y comenzó a hojearlo, y Rafael no pudo creer lo que vio: el libro tenía todas las páginas en blanco (era un libro de notas) y mientras pasaba las hojas con sumo cuidado avistando lo que escribiría en ellas, nuestro personaje se achicaba abatido en su asiento, pero ya no había remedio: el bus estaba en marcha y no podía bajarse hasta llegar a su innecesario destino.
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