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Por Cardenal Baltazar Porras Cardozo

In memoriam

FERNANDO CHUMACEIRO CHIARELLI por Cardenal Baltazar Porras Cardozo



In memoriam

FERNANDO CHUMACEIRO CHIARELLI por Cardenal Baltazar Porras Cardozo

Una feliz coincidencia casual en la puerta del palacio arzobispal de Maracaibo, durante la visita del Papa Juan Pablo II en enero de 1985, dio pie para una amistad que desde entonces nos unió. Iba un servidor, encargado por el episcopado de la visita papal, a revisar detalles antes de la partida del Santo Padre para tomar el avión que lo conduciría a Mérida, cuando un señor me pidió si era posible entrar con su esposa Olguita y su hija que estaba embarazada y quería tener la bendición del papa polaco. Los hice pasar y tuvieron la dicha de estar cerca y recibir la bendición del visitante más ilustre que había pisado la tierra del sol amada. En mis visitas a Maracaibo la casa de los Chumaceiro Villasmil fue mi querencia, salpicada siempre por una amenísima conversación y la hospitalidad cinco estrellas de Olguita y sus familiares y amigos cercanos.

 

En las mañanas, muy temprano, íbamos a caminar al paseo del Lago, luego a comprar la prensa o los encargos de la cocina familiar, o las visitas a diversos organismos públicos y privados, a los medios y por supuesto a las instancias eclesiales y el ir a rezar a los pies de La Chinita. Me llamaba la atención que por donde fuéramos, el Dr. Chumaceiro era saludado por la gente. La bonhomía de Fernando entablaba conversación con quien se topaba. Para conocer y vivir el espíritu zuliano marabino su cercanía era un libro abierto en el que siempre tenía anécdotas en el que la picaresca marabina y la historia de lo humano y lo divino eran una delicia y una clase viva de la cultura del pueblo zuliano.

 

Conocí a su padre, a quien le tenía veneración filial. Judío de cultura y fe, permitiéndole a su esposa que le inculcara a sus hijos la fe católica, es un testimonio de actualidad para un mundo que propugna las diferencias y no la convivencia respetuosa de quienes tienen otra visión de la vida y de la trascendencia. Las páginas que dejó escritas Fernando sobre su papá debe ser conocida. Su abundante pluma que plasmó en centenares de artículos en Panorama y otros medios, como sus discursos en diversas circunstancias, nos ponen ante un hombre de pensamiento profundo, de estilo impecable y en los que no faltaban las lecciones que da la vida.

 

Recibo en la distancia la noticia de su muerte a escasos días de cumplir los 95. Hombre público con una hoja de servicios en las que sobresalió como profesor universitario, dirigente político, presidente de Corpozulia y primer alcalde electo de Maracaibo. Pero sobresalió en su honestidad, competencia y en las que brilló su fe católica que trasmitió en la familia y en todos los que lo conocieron y trataron. Dios quiera que en medio de la tragedia que vive el país su desaparición física no pase desapercibida y en momento oportuno se le rindan los homenajes y reconocimientos muy merecidos no solo en su querencia zuliana sino en los medios universitarios, políticos y eclesiásticos. Con el calor y ternura de los suyos transcurrieron los últimos años en Caracas donde tuvimos ocasión de visitarlo y compartir.

 

Espero a mi regreso poder celebrar una eucaristía de acción de gracias porque tengo la seguridad de que entró en el cielo con las botas puestas, la frente en alto y su risueña sonrisa que cautivaba. Descansa en paz, querido Fernando, La Chinita te paseará por los predios celestiales y desde allí intercede por el pueblo que amaste y serviste.

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