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Por Frank Roberto Castillo Salazar

La vocación humanista y el rigor científico: El legado desde los andes por Frank Roberto Castillo Salazar



La vocación humanista y el rigor científico: El legado desde los andes por Frank Roberto Castillo Salazar

Hablar de la evolución del derecho en Venezuela sin detener la mirada en la Mérida del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX es dejar incompleta nuestra historia republicana. Durante este período de profundas transiciones políticas, sociales y civiles, la abogacía merideña no se limitó al ejercicio rutinario del litigio o a la mera aplicación mecánica de los códigos; por el contrario, se erigió en la auténtica cantera intelectual que nutrió la ciencia jurídica nacional. El aislamiento geográfico de la época, lejos de ser un obstáculo para el desarrollo del intelecto, funcionó como un crisol donde se forjó un pensamiento jurídico riguroso y con visión universal. Teniendo como epicentro indiscutible a la Universidad de Los Andes (ULA), las aulas merideñas se convirtieron en un laboratorio de ideas donde el derecho romano, el código napoleónico y las más avanzadas corrientes del constitucionalismo europeo se debatían con asombrosa lucidez. Los abogados de nuestra región no eran simples burócratas del foro; eran filósofos del derecho, humanistas y legisladores que entendieron que la ley era la única herramienta institucional capaz de ordenar el caos postindependentista y pacificar una república golpeada por las montoneras. Figuras decimonónicas de la talla de Caracciolo Parra Olmedo —el recordado "Rector Heroico"— demostraron que desde la provincia se podía codificar el futuro de una nación entera, defendiendo la autonomía del pensamiento frente a los desmanes y tentaciones del centralismo. Junto a él, juristas de la magnitud de Foción Febres Cordero —padre del célebre polígrafo don Tulio— delinearon el rigor metodológico de los estudios de jurisprudencia en los Andes, sembrando las bases dogmáticas que transformarían al derecho de un oficio técnico a una ciencia dotada de principios, ética y método. Sin embargo, el verdadero milagro de la abogacía andina radicó en su capacidad de relevo. Aquella siembra intelectual del siglo XIX floreció de manera espléndida en las generaciones nacidas entre 1900 y 1945. Estos nuevos juristas, hijos de la centuria republicana y de la modernización del Estado, recibieron la herencia decimonónica y la proyectaron hacia horizontes internacionales y de modernización institucional. Entre esta pléyade de juristas andinos destaca de forma nítida el doctor Dr. Gonzalo Picón Febres (1860-1941) el Dr. Pedro Pineda León (1901-1986) , cuya impronta en las aulas universitarias y en la magistratura fijó pautas imborrables para el derecho civil venezolano. Del mismo modo, la figura del doctor José Román Duque Sánchez (nacido en 1914) sobresale como testimonio del abogado integral: magistrado de la Corte Suprema de Justicia, docente y doctrinario que combinó la severidad científica del derecho con una profunda sensibilidad social.  El gran aporte de este bloque histórico a la ciencia jurídica fue, precisamente, la sistematización y la institucionalización de la norma. Mientras el territorio nacional experimentaba dolorosas transiciones dictatoriales y políticas, la academia merideña insistía en la doctrina, la jurisprudencia y la estructura dogmática del derecho como el único camino hacia la democracia y el progreso.  Aquellos juristas merideños de ambos siglos elevaron el estándar práctico legal. Su labor demostró que el derecho no era un cuerpo inerte de leyes heredadas o impuestas, sino una ciencia viva, una disciplina con metodología propia destinada a garantizar las libertades ciudadanas y limitar el poder arbitrario. Hoy, cuando el ejercicio del derecho enfrenta a nivel global el peligroso desafío de la inmediatez digital, la deshumanización técnica y la pérdida alarmante de su mística original, voltear la mirada a aquellos jurisconsultos andinos no es un ejercicio de nostalgia estéril, sino una necesidad imperante para la salud institucional del país. Ellos nos enseñaron con su ejemplo que la ley debe ser pensamiento, análisis y valores antes que simple sanción o trámite burocrático. Recuperar ese rigor científico, esa profunda vocación humanista y ese inquebrantable compromiso con la justicia es la mayor deuda que la abogacía contemporánea tiene con aquellos maestros que, desde la majestad de nuestra cordillera, iluminaron el destino jurídico de toda Venezuela