Mérida, Septiembre Viernes 11, 2026, 05:13 am
Un viejo adagio del cinismo político
sugiere que una cosa es suponer la ingenuidad del electorado y otra muy
distinta es actuar con la certeza de que carece por completo de discernimiento.
Esto último suele pasar cuando alguna
personalidad se cree superior al resto y subestima el coeficiente de una
nación, una nación de primer mundo que quiere poner a su merced y convertirla
en tercermundista para tenerla de rodillas a sus pies
Cuando la oferta electoral abandona los
proyectos de Estado para transformarse en una transacción monetaria explícita
—prometer un cheque de 5.000 dólares a cada adulto a cambio de asegurar el
control legislativo—, la política deja de ser un ejercicio democrático y pasa a
operar como una subasta pública.
El cálculo aritmético desmonta la propuesta
con contundencia técnica. En una nación con cerca de 245 millones de ciudadanos
en edad de votar, semejante compromiso implicaría una erogación inmediata
superior a 1,2 billones de dólares (1.2 trillion). Esta cifra equivale a casi
una quinta parte del presupuesto federal anual, planteada en un entorno donde
la deuda soberana y las presiones inflacionarias ya exigen disciplina fiscal.
Ningún fondo privado asumiría tal carga sin
exigir prebendas ilegítimas, y comprometer fondos públicos sin sustento
tributario ni viabilidad macroeconómica no constituye un plan de gobierno: es
una irresponsabilidad que linda con la demagogia de último minuto.
Más allá del colapso presupuestario, la
gravedad radica en la fractura ética e institucional. La Constitución de los
Estados Unidos establece con claridad meridiana el principio de pesos y
contrapesos; la facultad exclusiva del gasto (power of the purse) reside en el
Congreso, no en la voluntad unilateral del Poder Ejecutivo de acuerdo al
Artículo I de la Constitución.
Condicionar una dádiva directa al resultado
de una contienda electoral desvirtúa el espíritu cívico, apelando a la
necesidad económica más inmediata del ciudadano para sortear el debate sobre
políticas estructurales.
Aunque el discurso se vista bajo el ropaje
de un supuesto "dividendo", en el fondo degrada la relación
republicana entre gobernante y sociedad al nivel del clientelismo más básico.
La democracia no subsiste sobre promesas
que asumen la sumisión o el descuido cívico del elector. Frente al proselitismo
del desespero por ver unas elecciones legislativas perdidas debido al
incumplimiento de sus promesas electorales y a su mal accionar en materia
interna y externa, la verdadera fortaleza de esta gran nación que ha sido un
claro ejemplo de república, descansa en dos pilares innegociables: la pedagogía
ciudadana para exigir propuestas rigurosas y la solidez de sus instituciones,
leyes y separación de poderes para frenar cualquier intento de comprar con
retórica lo que solo debe ganarse con solvencia y apego a la ley.
Al final, es precisamente la existencia de
un marco legal robusto, tribunales independientes y un sistema legislativo con
pesos y contrapesos lo que históricamente ha impedido que promesas de tal
calibre puedan ejecutarse al arbitrio del poder de turno.
Las consecuencias de un proselitismo
inviable solo generan:
ü Frustración y cinismo posterior: Cuando estas promesas no se
materializan tras las elecciones —al chocar con el Congreso, las cortes o la
realidad de las arcas públicas—, el resultado inevitable es una mayor
desconfianza en el sistema representativo, alimentando aún más el ciclo de
apatía política.
ü Normalización de la demagogia: Si este tipo de tácticas logra rendir
créditos electorales sin consecuencias políticas para quien las emite, el
estándar del debate se degrada: la competencia electoral deja de girar en torno
a proyectos de país y pasa a ser una subasta de ofertas inviables.
Envilecer la soberanía popular tasándola en
"billetes" es la claudicación
moral definitiva del liderazgo político.
Cuando un gobernante pretende comprar la
adhesión en lugar de inspirar el compromiso cívico, no solo ofende la dignidad
del ciudadano, sino que dinamita el principio de virtud sobre el cual se fundó
esta república. El voto no es una mercancía sujeta a regateo ni un cheque en
blanco para el oportunismo; es el ejercicio sagrado del discernimiento, la
justicia y el destino colectivo.
Una sociedad libre que cede al espejismo
del soborno electoral renuncia a su propio honor, pero una ciudadanía
despierta, guiada por la rectitud ética y el imperio de la ley, sabrá castigar
en las urnas la afrenta de quienes creyeron que su conciencia tenía precio.