Mérida, Octubre Martes 27, 2026, 02:17 am
Te cambio una pantalla por una historia
Vivimos en la era del cristal frío y la luz azul.
Basta caminar por cualquier plaza, abordar un autobús o mirar el rincón de un
restaurante para notar la misma escena repetida como un espejo: rostros
infantiles suspendidos frente a una pantalla, iluminados por el destello
incesante del scroll infinito. La tableta y el celular se han convertido
en los chupetes modernos, en anestésicos portátiles diseñados para evitar el
"aburrimiento", esa grieta luminosa donde antes nacían los juegos, la
curiosidad y las mejores invenciones de la niñez.
Pero, ¿qué pasaría si hoy nos atreviéramos a
proponer un trueque?
Te cambio ese aparato que te lo da todo digerido,
empaquetado y resuelto en pixeles, por un libro de cuentos.
Te cambio la estimulación rápida que se desvanece
al apagar la pantalla, por el tacto crujiente del papel, el olor a tinta fresca
y la promesa de un universo que solo cobrará vida si tú le prestas tu propia
mente.
No se trata de declarar una guerra absurda a la
tecnología —que ya habita el centro de nuestros días—, sino de entender que la
pantalla exige pasividad mientras que la página exige complicidad. El celular
le entrega al niño las imágenes ya hechas; el libro, en cambio, le regala el
lienzo en blanco para que sea él quien dibuje la cara del gigante, la sombra
del bosque o el color de las estrellas. Cuando un niño lee, no solo consume una
historia: ejercita la soberanía de su propia imaginación.
Pienso en esto y es imposible no volver a la
infancia, al calor del hogar cuando la noche caía y mi papá abría un libro para
leernos antes de dormir. De su voz nacían los mundos de los grandes maestros de
la literatura infantil: la magia inolvidable de Hans Christian Andersen con
relatos como El compañero de viaje, o las maravillas que nos legaron los
Hermanos Grimm con joyas como Las doce princesas bailarinas. Esos
cuentos no solo nos entretenían; nos enseñaban a soñar, a esperar con paciencia
el desenlace y a tejer un lazo afectivo indestructible con la palabra y con
quien nos la regalaba.
El llamado de atención no es para la infancia, sino
para nosotros, los adultos que sostenemos la oferta. Hemos cambiado la magia de
esos relatos leídos al borde de la cama por el silencio anestésico del
algoritmo. Nos urge rescatar ese trueque del asombro: cambiar la inmediatez
efímera del video corto por la paciencia amorosa de quien abre un libro y
descubre que el fuego más duradero no se enciende con una batería, sino con la
luz interior de las palabras.
¿Y cómo hacemos el trueque en la
práctica?
Sabemos que en la Venezuela de hoy encontrar un
libro físico en una vitrina puede ser una odisea debido a la falta de
librerías. Pero el trueque no depende exclusivamente del papel: está en
aprender a usar la propia tecnología a nuestro favor.
Si el niño ya tiene la tableta en la mano,
cambiemos el feed de videos por una aplicación de lectura (como Kindle,
Google Play Libros o ReadEra), descarguemos cuentos en PDF o ePub desde
bibliotecas digitales gratuitas, o recurramos a plataformas como Amazon o Buscalibre
cuando sea posible encargar un título. Incluso los audiolibros y canales de
cuentacuentos en línea son un puente maravilloso para enamorarlos de una voz y
una trama mientras dibujan o descansan la vista de la luz led.
Podemos volver a los clásicos eternos de Andersen o
los Grimm, o buscar tesoros modernos adaptados a cada etapa: desde la magia
interactiva de libros como ¡Un libro! de Hervé Tullet para los más
pequeños, hasta relatos de consumo ágil como Cuentos de buenas noches para
niñas rebeldes, o grandes aventuras inmersivas como La historia
interminable de Michael Ende para los más grandes.
Cambiar una hora de pantalla vacía por una
hora de lectura compartida es ganarle la batalla al olvido de la imaginación y
regalarles a nuestros niños un refugio que los acompañará toda la vida.
Porque cada libro abierto es un territorio
conquistado al olvido. Nos leemos en la próxima entrega de Frontera
Literaria.