Mérida, Noviembre Domingo 01, 2026, 01:30 pm
La antigua hacienda
ahora posada san José, ubicada en El Arenal de la cuenca del Chama, sirvió de
casa de retiro para acoger al clero merideño en sus ejercicios espirituales
anuales. Días de verdadera escucha del Espíritu, comunión fraterna, formación y
silencio orante, que nos ayudó como dice el Evangelio de Juan, “de su plenitud
hemos recibido “gracia sobre gracia” (Jn 1,16).
El predicador de estos
días ha sido el querido Obispo de Carora, Monseñor Carlos Curiel, con su
palabra y testimonio de sencillez, cercanía y amor por los sacerdotes, nos
ayudó a vivir a plenitud estos días de gracia del Señor sobre nuestro
ministerio sacerdotal.
En sus reflexiones
pudimos ahondado sobre nuestro servicio a una Iglesia en salida, misionera,
samaritana, presente en las periferias de la existencia humana. Desde las
diversas situaciones que hoy nos tocan vivir como “dispensadores de sus divinos
misterios” (1Cor 4,1).
La primera invitación
que se nos hizo fue la de abrirnos al don de Dios, para descubrir la “sorpresa
de Dios” en nuestro ministerio que nos sorprende con su acción misericordiosa.
Cristo se nos hace realidad concreta por medio de nuestra disponibilidad y
apertura a ese Otro que nos trasciende, a ese hermano que se hace rostro
cercano.
Esto exige de nosotros
vigilancia. Dios nos visita de modo
imprevisto y nos escucha con el corazón, nos ama y nos llama a un encuentro
permanente de amistad con Él. También
nos invita a la escucha orante de la Palabra, para poder caminar bajo la
inspiración y el impulso de su Espíritu. Todo esto con una actitud humilde y
sencilla que nos ayuda a tomar conciencia de la elección que hemos hecho en
nuestras vidas, a ejemplo de la hermana de Lázaro, María, que escogió la mejor
parte. (Lc 10,38-42).
A todos nos puede
servir estas tres recomendaciones que nos dio el predicador, primero, que
podamos liberarnos de nuestras autosuficiencias, creernos el centro o los que
todo lo podemos. En segundo lugar, dejarnos lavar los pies, al estilo de los
apóstoles en la cena, esto es actitud humilde para el servicio, aceptación al
plan de Dios y no solo a mis planes. Y, por último, dejarnos guiar por el
Espíritu, para hacer presente su Reino de amor y justicia en el mundo.
También fue interesante
revisar nuestras motivaciones más profundas que nos mueven al actuar diario,
una primera motivación pudiera ser solo desde la responsabilidad de solo
cumpli-miento del deber, una segunda, desde el satisfacer a los demás, hacerlo
todo por “quedar bien”. Y, por último, desde nuestra propia vocación de servir
sin esperar nada a cambio, conscientes que hay más alegría en dar que en
recibir (Hech 20,35).
Todo esto exige de cada
uno, destronar los ídolos que no nos impiden avanzar en el camino de la fe,
como la auto-referencialidad que nos coloca en el centro y no nos deja ver
alrededor la realidad de cada hermano.
El retiro también nos
ayudó a revalorizar nuestra alegría y disposición a servir en un proyecto que
va más allá de nuestros planes, compartir la vida y la felicidad en Cristo y su
Reino, descubrir su alegría desbordante, el sentirnos que “somos parte de Él”,
es la verdadera pastoral, dar concreción a su Reino en nuestras realidades y
ambientes particulares. Pastorear es ser siempre presencia viva. Exige de
nosotros, un verdadero “éxodo”, caminar hacia fuera, abrir horizontes, saber
discernir, mirar desde la cruz, descubrir los signos de un Dios-con-nosotros.
Otra de las facetas
importantes de nuestra reflexión, es la necesidad de poder hoy descubrir ese
rostro humano de Dios en la realidad que nos toca asumir como pastores de un
pueblo que camina en esperanza. Esto nos mueve a tomar iniciativas creativas y
audaces que edifiquen una Iglesia más humana, que sepa acompañar y atraer a los
alejados, una Iglesia que se olvida de sus intereses personales y se acerca a
los de la gente sencilla. Vivimos un
tiempo de renovación que nos llama a permanecer abiertos, para vivir un proceso
relacional y dialogal, como don precioso que nos da la plena alegría de
ejercitar ese don recibido sin mérito propio, por pura gracia e iniciativa de
Dios. (1Cor 15,10).
Por último, compartimos
juntos el sueño del clero que queremos todos, atentos a la voz de Dios, bajo
una espiritualidad de la escucha, de poder caminar juntos en una Iglesia
sinodal. Un clero que encarna el amor de Dios en tarea evangelizadora.
Sacerdotes capaces de reconocer la necesidad de permanente conversión y
renovación. Un clero místico, toma conciencia de la presencia de Dios en
nuestras vidas y nos hace signo profético, que escucha con el corazón para
anunciar una nueva vida, un sacerdocio que se hace compasión, con entrañas de
misericordia, que muestra el rostro materno de Dios.
Un clero apasionado por
Cristo y por su Iglesia, que construye relaciones humanizadoras, respetuosas y
fraternas, que se hace tan humano y cercano que cuida con diligencia a su
pueblo y el pueblo cuida de su pastor.
Que el Buen Pastor bendiga los propósitos de este fecundo
retiro y nos ayude a escuchar la recomendación del Papa León a los sacerdotes
en la misa de Corpus Christi, de este año en Madrid, “El Señor pide a los
pastores santidad, es un abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo
Espíritu, y eso a pesar de que somos limitados e imperfectos, y a menudo
estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas...Cuiden la
fraternidad sacerdotal: búsquense, escúchense, sosténganse. El sacerdote que se
aísla, lentamente se apaga; el sacerdote que camina con los hermanos crece”.
Mérida, 1 de noviembre
de 2026