Una heroína muy particular por Ricardo Gil Otaiza
Termino de leer una auténtica joya literaria, se trata de 84, Charing Cross Road (Anagrama, 2026), salida del horno en mayo de este año: decimoséptima edición en Panorama de narrativas 522, de la autora Helene Hanff (Filadelfia, 1918 – Nueva York, 1997), Post scriptum de Thomas Simonnet y Traducción de Javier Calzada. Se trata de un libro breve, apenas 126 páginas, pero que logró conmoverme hasta el punto de desear reseñarlo de inmediato para la revista Qué Leer de España, e impeler a los lectores bibliófilos a ir corriendo a buscarlo para no perdérselo.
Helene Hanff, norteamericana, solterona, amante de los libros, escritora de guiones para la televisión, descubre al otro lado del océano un maravilloso espacio para saciar sus anhelos librescos. La Marks & Co., ubicada en la 84, Charing Cross Road, Londres, W. C.2 (Inglaterra), de pronto se transforma para esta mujer en la más pura estampa de un negocio de libros usados, con el que semana a semana, desde la comunicación epistolar, logra establecer una estrecha y larga relación por la vía de uno de sus empleados, hasta hacerse parte de un proceso que no sólo incluye hermosos ejemplares de los clásicos universales, sino también en un espacio para la amistad, para el intercambio generoso y humanitario, y que la erige con el paso de los años en benefactora en tiempos en los cuales la recesión y la escasez signaban la vida de los europeos.
La primera carta remitida por la señorita Hanff a la librería, está fechada el 5 de octubre de 1949 y en ella hace referencia a un anuncio publicado por la empresa en la Saturday Review of Literature en la que ofrecen sus servicios en libros agotados. A partir de esa misiva, en la que ella detalla sus necesidades literarias (ejemplares limpios de segunda mano) y sus alcances económicos (libros que no sobrepasen los 5 dólares), se establece entre ellos (la escritora y Frank Doel, antiguo empleado de la empresa, amante también de los libros usados, experto en hallar ejemplares inencontrables, quien es ganado de manera indefectible a la causa de la lectora ultramarina) una estrecha comunicación epistolar, que lentamente va conquistando el corazón de los lectores, hasta hacerlos cómplices frente a unos avatares que van más allá del mero comercio de libros, para internarse en los intersticios de una generación lectora sin igual: exquisita, “condenada” (por decirlo de alguna manera) a la letra impresa, al libro como objeto de codicia y como obra de arte; al libro como bien inestimable de la cultura.
Hazlitt, Stevenson, Leigh Hunt, Landor, Wyatt, Johnson, Newman, Quiller-Couch, Chesterfield, Goldsmith y Virginia Woolf, entre otros, desfilan en estas páginas, se intercambian en los gustos de la insaciable bibliófila, quien no se contenta tan solo con poseer el ansiado volumen, sino que en su rictus busca la perfección física del “objeto de sus deseos”: lo acaricia, lo huele, lo admira desde su rara belleza; lo coteja con anteriores ediciones y en esa misma proporción crecen sus exigencias a la empresa, la cual, interesada en mantener fiel a la original clienta, no ofrece obstáculo alguno para complacerla en la medida de sus acotadas posibilidades.
Destacan en las cartas de Helene su fina ironía, el humor a flor de piel, sus exigencias solo matizadas al tener en sus manos a vuelta de correos el anhelado ejemplar. Paralelamente a esto, el intercambio epistolar deriva en una suerte de estrecha y rara amistad entre ellos, quienes urgidos por disímiles necesidades y estrecheces, van tejiendo toda una red de complicidades, de gestos corteses y profundamente humanos, como por ejemplo, el envío por parte de la señorita Helene de alimentos (carne, huevos, conservas, jamón) que pretenden saciar las despensas vacías de sus amigos ingleses, a causa de la recesión económica y de las restricciones propias de una economía de guerra. Y por parte del librero, el compromiso del envío diligente de los libros requeridos por la lejana clienta, así como la remisión ocasional de presentes, que buscan recompensar en algo tanta bondad. Lo singular de todo esto es que los envíos acontecen también en los períodos de fiestas, cuando una mesa bien servida es fuente de felicidad familiar. A cambio, Frank, el vendedor estrella de la firma, así como otros miembros de la empresa que se unen a esta red libresca (Cecily Farr, Megan Wells, Geo. Martin, W. Humphries, J. Pemberton y Joan Todd), buscan hacerle llegar a la bondadosa mujer sus agradecimientos y admiración por tan noble comportamiento, así como por sus francas muestras de amistad y confraternidad. Igual sucede con Nora, la esposa de Frank, quien se une a este coro de voces agradecidas que terminan por entablar con Helene una profusa correspondencia.
Esta relación entre la señorita Hanff y los representantes de la Marks y Co. duró veinte años. Como se ha de suponer, a lo largo de todo este tiempo las situaciones fueron cambiando, la recesión y las restricciones alimentarias cesaron en Europa, así como los envíos de alimentos por parte de la escritora. No así sus perentorios requerimientos de libros y, por parte de los representantes de la librería, el febril deseo de conocer a su mejor compradora, quien siempre tuvo que aplazar su soñado viaje a Inglaterra por razones económicas.
El 8 de enero de 1969 Helene recibe una inesperada y triste noticia: el fallecimiento de Frank Doel. A partir de este momento comienza la cuenta regresiva para la librería, ya que muerto con anterioridad su dueño, la repentina desaparición de su antiguo vendedor implicaba una hecatombe imposible de ignorar.
En 1969 Helene Hanff (con la autorización de los Doel) publica las cartas bajo la forma de libro, y el éxito no se hace esperar. Toda una vida como escritora de guiones de nada le sirvieron para saborear la fama, y solo cuando el público descubre en esta exquisita correspondencia una fuente de inmenso goce estético, cambia la existencia de esta austera escritora, profusa lectora y coleccionista de hermosos libros, quien ahora puede ver realizado su más caro anhelo: viajar a Londres y olfatear de cerca la vida de sus autores favoritos, pero con inmensa nostalgia, ya que no estaba Frank Doel, ni la Marks & Co., para recibirla como la “heroína” que era ante los ojos de sus muy agradecidos amigos.
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