Mérida, Noviembre Miércoles 04, 2026, 05:35 pm
A mis nietos y a todos los nietos franceses
Los actos de los muchachos liceístas (adolescentes en su mayoría) ocurridos en diversas ciudades de Francia desde mediados de septiembre pasado fueron vistos con simpatía por la población (Encuesta de Le Figaro). Pedían poco: más y mejores profesores, acondicionamiento de los locales y algunas mejoras menores. Se limitaban a bloquear la entrada a los establecimientos ¿Una transgresión? Pero, llamaba la atención sobre un problema global que no recibía suficiente atención. Pronto aquel movimiento fue secuestrado por grupos que pretendían utilizarlo para obtener beneficios políticos. Sin embargo, cualquiera sea su final, ya ha despertado inquietudes sobre el mundo del futuro.
El pasado 17 de septiembre los profesores del liceo Saint-Exupery de Créteil, comuna al sud-este de París de fuertes contrastes sociales, se declararon en huelga por la existencia de varios cargos vacantes. Al día siguiente, un grupo de alumnos del Instituto, en respaldo a sus profesores, bloqueó el acceso a las Instalaciones. Rápidamente aquella acción fue replicada en otros liceos de la capital. Los manifestantes expresaron que lo hacían en protesta por el deterioro de las condiciones de trabajo y de estudio en los institutos de secundaria en el país: bajo presupuesto asignado a la educación pública, personal docente insuficiente, exceso de alumnos en las aulas. También contra la continuidad del parcoursup: sistema (o plataforma) nacional de admisión a la educación superior, obligatorio para ingresar al primer año de la enseñanza superior (con disposiciones especiales para ciertas categorías). El movimiento se extendió: para fines del mes 400 establecimientos se encontraban bloqueados.
Desde “a banlieu (o suburbios) el movimiento ganó Paris y pronto muchas ciudades. Los profesores que conocían la situación existente les manifestaron su apoyo. También muchos padres. El 29 de septiembre aquellos organizaron una huelga. Los bloqueos (medio de lucha) se produjeron en todas partes: de corta duración en los comienzos, se hicieron más largos con el paso de los días y afectaron también instituciones universitarias, incluso de carácter privado. Durante las primeras semanas, las manifestaciones fueron pacíficas, con escasos incidentes con la fuerza pública. Como es costumbre en Francia los agentes acompañaban a los manifestantes para protegerlos de ataques de cualquier adversario, pero el 28 de septiembre se produjeron enfrentamientos de algunos participantes (posiblemente maleantes infiltrados) con funcionarios policiales y, como consecuencia, algunas detenciones. Con todo, para el 1 de octubre la protesta se propagaba. Hubo bloqueos y marchas en muchos lugares: Lyon, Marseille, Lille, Nantes, Estrasburgo, Toulouse.
No resultó ser, como pensaban algunos, un movimiento pasajero, como los de 1990 o 2005 o 2018, porque la acción de los muchachos —con exigencias justificadas— gozaba de inmenso respaldo popular. Además, a los miembros de la Unión Sindical de Liceístas se unieron pronto los de la Unión de Estudiantes Universitarios, más experimentados. En fin, esta nueva protesta estalló en clima de amplio descontento social, especialmente a causa de la pérdida del poder adquisitivo y el aumento del combustible. Desde sus inicios, junto a las pancartas sobre asuntos escolares, aparecieron otras referidas a la situación general. Francia vive una crisis económica, cuya solución (costosa) no se emprende. El gobierno, debilitado desde la extraña disolución de la Asamblea Nacional (2024), no toma las medidas necesarias. Desde los días finales de septiembre es el pueblo el que se expresa: centenares en los bloqueos (y tomas de establecimientos, algunas desastrosas) y miles en las calles.
Primero se llamó a “jornadas de movilización” (cinco del 28 de septiembre al 13 de octubre), que terminaron en enfrentamientos con piquetes policiales, que intentaban evitar excesos. Se agregó a las demandas iniciales (cuyo costo los promotores estimaban en €10 millardos) el cese de la violencia policial. Después se convocaron marchas de protesta cada semana en todas las ciudades a partir del sábado 17 de octubre. Para calmar los ánimos, el gobierno informó sobre la contratación de nuevos profesores: y tanto el Presidente como el Primer Ministro escucharon a los dirigentes juveniles. En la fecha mencionada antes, más de 800.000 personas concurrieron a las protestas. Al final los casseurs (rompedores) saquearon 3.000 negocios (451 en París) e incendiaron edificios públicos (€1 millardo en pérdidas). El gobierno responsabilizó a “Francia Insumisa”, de izquierda radical, mientras se imponían toques de queda parciales. Las protestas continuaron (24 y 31.10), pero mejor controladas. Lamentablemente, ahora provocan más miedos que esperanzas.
La revuelta de los liceístas tiene causas profundas, más allá de las inmediatas que se señalan. En declaración descuidada —como muchas suyas— D. Trump afirmó que los franceses aman vivir en revolución. ¿Quería compararlos con los guardias rojos de Mao Zedong de los 60? Son distintos, agregó, de los estadounidenses que se dedican al trabajo. Se trataba, evidentemente, de una exageración, pero mostraba un aspecto que olvidan algunos analistas. Desde sus orígenes, la “nación” francesa ha aspirado a la libertad y al racionalismo, fundamentos del humanismo, característica de la civilización occidental (heredera del judaísmo, la civilización greco-romana y el cristianismo). La revuelta de estos días es expresión de su ser. Por eso, aunque resulte extraño, se acercan a la espiritualidad. ¿No fue acaso nutrida su participación en los actos de la visita papal? Era una forma de liberación del materialismo, del hedonismo, del hastío que provoca la vida imaginada sin trascendencia.
Todos los héroes franceses fueron rebeldes. Algunos son figuras idealizadas de una presencia real de acciones dudosas, pero rebeldes en la memoria colectiva. Lo fueron en diversas circunstancias: Vercingétorixs enfrentó las legiones romanas, Clodoveo pretendió unificar las antiguas Galias, Martel resistió al invasor, la Doncella animó a expulsar a los ingleses, le bon roi Henry (el buen rey Enrique) dictó la tolerancia religiosa, Rousseau proclamó la soberanía popular. También, en el plano cultural: Rabelais criticó las instituciones existentes, Descartes impuso el pensamiento racional, Voltaire defendió la igualdad ante la ley, Víctor Hugo asumió la defensa de los pobres y Monet captó la realidad cambiante y efímera. En 1940, de Gaulle se alzó contra todos para salvar la continuidad del espíritu nacional y 28 años después los jóvenes se levantaron para “reclamar lo imposible” y derogar prohibiciones. A estos muchachos del 17 de septiembre nadie los convocó. Han vivido en libertad desde antes de nacer.
La revuelta de los liceístas ocurre en momentos de cambio histórico, lo que pocos han tomado en cuenta. En efecto, en 2007 terminó el ciclo de los responsables de la “reconstitución” de la República. Después de la Liberación se creyó que esa tarea podía cumplirse con instituciones similares a las existentes antes de la debacle de 1940. En 1958 esa ilusión se derrumbó. Vuelto al poder, de Gaulle construyó un sistema que dirigió por once años. Con ligeras modificaciones, pareció adecuado para enfrentar circunstancias temporales, pero, precisamente cuando cesaba el último de los herederos directos del héroe (2007), el mundo comenzaba a sentir los efectos de la revolución cibernética que exige transformaciones profundas. No pudieron adelantarlas ninguno de los mandatarios que siguieron. Ahora se ha vuelto imperioso. En asunto tan delicado, los muchachos han recordado que la educación es tema fundamental: se trata de preparar a las nuevas generaciones para un futuro impredecible.
No existe todavía un modelo propio de la sociedad cibernética. No lo es el “autoritarismo” de Xi Jinping ni el de la “improvisación” de Donald Trump. La experiencia histórica indica que el grupo lo adopta a medida que lo exigen las circunstancias y que las modificaciones ocurren en medio de grandes tensiones. Así surgieron la república romana y la democracia liberal, tras errores y ensayos. E. Thorndike llamó aquello “Ley del Efecto” y K. Popper “formulación o falsación de hipótesis”. Este es un tiempo de grandes cambios que exige imaginación y audacia. La primera para buscar un modelo integral — cultural, social, económico, político — eficaz para la conducción temporal del grupo, y la segunda para emprender con decisión su implantación, a pesar de muchas incertidumbres y de las dificultades que aparecerán. No se habla de esto en los debates parlamentarios o académicos. En cambio, en la calle los muchachos discuten sobre su futuro.
En realidad, poco queda de las protestas iniciales. Los gritos de fanáticos políticos sustituyen a las primeras consignas y a las marchas siguen actos de pillaje y destrucción, a veces con daño al patrimonio nacional. Pocos escuchan ya a los muchachos. No son los invitados principales a los programas de televisión. Ahora las pantallas muestran a actores políticos, responsables de las organizaciones, expertos en opinión pública. Pero no fue tiempo perdido. Los muchachos dieron nuevo vigor a las luchas colectivas y despertaron la discusión sobre los problemas de la educación en la sociedad que lentamente se va levantando.
X: @JesusRondonN