Mérida, Noviembre Miércoles 04, 2026, 05:36 pm
En el vertiginoso tránsito de la historia contemporánea, existen instantes dramáticos donde el destino de millones de vidas queda supeditado a la lucidez y la salud de un solo individuo. El hombre que había contribuido a cambiar el destino de millones de personas ya no podía decidir sobre su propio cuerpo. En 1923, Vladímir Lenin, uno de los dirigentes políticos más influyentes de su época, aparecía sentado en una silla de ruedas, con el rostro debilitado y una expresión muy distinta de aquella que el mundo conocía a través de sus discursos y retratos oficiales. Tenía apenas 53 años.
Aquel hombre había encabezado la Revolución bolchevique de 1917, dirigido un nuevo Estado y participado en la creación de la Unión Soviética. Sus decisiones habían transformado Rusia y provocado consecuencias que se extenderían durante generaciones. Pero ninguna de aquellas conquistas políticas podía devolverle lo que estaba perdiendo. En mayo de 1922 sufrió un accidente cerebrovascular que afectó su movilidad y su capacidad para hablar. Consiguió recuperarse parcialmente, volvió a trabajar y continuó interviniendo en asuntos políticos. En diciembre llegó un segundo episodio, seguido de otro mucho más grave en marzo de 1923, el cual lo dejó con importantes limitaciones físicas y una profunda alteración del lenguaje.
Esta profunda reflexión y dolorosa decadencia física encuentran también su riguroso espejo analítico en la obra clásica "El último combate de Lenin" (Lenin’s Last Struggle), publicada en 1967 por el destacado historiador francés Moshe Lewin. A través de un trabajo documental, Lewin reconstruye aquella agonía marcando cómo el dirigente acostumbrado a hablar ante multitudes, dictar instrucciones y participar en decisiones de Estado apenas podía comunicarse. Su movilidad estaba seriamente comprometida y necesitaba ayuda para actividades que antes realizaba sin dificultad. Mientras Lenin permanecía apartado de la vida pública, en Moscú avanzaban las disputas por el control del poder soviético. Iósif Stalin, entonces secretario general del Partido Comunista, iba fortaleciendo su posición dentro de una estructura política que Lenin ya no podía dirigir como antes, levantando un cerco sanitario y político implacable, censurando sus comunicaciones, aislándolo del mundo y convirtiendo sus últimos días en un arresto domiciliario de facto, mientras el propio líder intentaba desesperadamente alertar al partido sobre el peligro burocrático que su custodio representaba.
Esta radiografía del ocaso autocrático halla un eco perturbador y simétrico en la historia contemporánea de nuestra región, tal como lo documenta con agudeza el periodista de investigación venezolano Francisco Olivares en su obra "Los últimos días de Hugo Chávez: El alucinante encubrimiento de la enfermedad y muerte del líder del socialismo del Siglo XXI". En las páginas de este libro se devela cómo el mandatario venezolano, recluido y sometido bajo opacidad informativa en el Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas (CIMEQ) de La Habana, experimentó un proceso idéntico de vaciamiento político en vida. Bajo la tutela geopolítica e inteligencia de la cúpula cubana y en complicidad con los herederos en Caracas, el lecho del líder fue blindado de interferencias, transformando su enfermedad en un secreto de Estado administrado a conveniencia de la supervivencia partidista y la futura sucesión.
Hay simetrías en la historia que desafían las distancias geográficas y el paso de los almanaques. Si tomamos como referencia la obra de Moshe Lewin y la cruzamos con la investigación de Francisco Olivares sobre los estertores de Hugo Chávez, emerge un patrón macabro y fascinante: dos arquitectos de proyectos socialistas de vocación hegemónica que, en el ocaso de sus vidas, terminaron sometidos por la misma ironía implacable, confinados, silenciados y secuestrados por los mismos hombres a los que auparon hacia el poder.
Exactamente 89 años separan la muerte de Vladimir Lenin, ocurrida el 21 de enero de 1924, a los 53 años, tras casi dos años de deterioro de su salud del colapso del caudillo venezolano en 2013. A través de ese cercano siglo de distancia, la tragedia de ambos personajes comienza en el momento en que sus cuerpos fallan y se deterioran. La historia seguía avanzando sin esperar su recuperación, y allí estaban ellos, lejos de las tribunas desde las que habían defendido sus ideas y de los despachos donde habían ejercido su autoridad. La fotografía y el testimonio histórico permiten observar algo que los grandes relatos políticos suelen dejar en segundo plano, detrás de los cargos, los discursos y las decisiones que afectan a millones de personas existe un cuerpo humano sometido a los mismos límites biológicos que cualquier otro. Habían participado en la construcción de sistemas políticos destinados a transformar la sociedad, pero fueron incapaces de impedir el progresivo deterioro de su propio organismo.
El poder les había permitido influir sobre el destino de un país. No pudo protegerlos de la enfermedad. Y esa es quizá la contradicción más contundente, hombres que habían ejercido una autoridad inmensa terminaron dependiendo de otros para las necesidades más sencillas de la vida, como empujarlos en una silla de ruedas. Porque el poder puede imponer órdenes, modificar fronteras y cambiar gobiernos. Pero cuando el cuerpo comienza a fallar, ni los títulos, ni la autoridad, ni los millones de personas que alguna vez obedecieron una orden pueden obligarlo a recuperarse.
En ambos casos, la lucidez previa a la muerte dejó paso a la desesperación. Lenin agonizaba advirtiendo contra la burocracia desmedida y exigiendo la cabeza política de Stalin en su famoso y célebre Testamento; Chávez, envuelto en medio de la opacidad informativa y el hermetismo, dejaba un vacío de poder que sus herederos utilizaron de inmediato para repartirse las parcelas del control absoluto. Ninguno de los dos pudo evitar lo inevitable, ser devorados por la maquinaria autoritaria que ellos mismos diseñaron y construyeron.
Aquí es donde la historia adquiere tintes de una rigurosa justicia poética o divina. Aquellos hombres que se asumieron dueños absolutos de la vida, de la hacienda pública y de la libertad de millones, terminaron reducidos a rehenes en una habitación estéril, rodeados de una guardia pretoriana que simulaba lealtades mientras preparaba la estocada sucesoria.
La soledad del dictador moribundo es absoluta. Ni el fervor de las masas movilizadas artificialmente ni los retratos gigantescos en las avenidas pueden anestesiar el terror de saberse traicionado por los suyos en el momento de mayor debilidad. Al final, tanto en la Rusia soviética de 1924 como en la Venezuela del siglo XXI, el poder absoluto no salvó a sus creadores de la decrepitud física ni del aislamiento político.
Y paradójicamente, el destino final de ambos no fue la gloria perenne que prometía su propaganda, sino el frío olvido moral al que los relegaron sus propios sucesores, figuras convertidas en momias políticas literal y simbólicamente, utilizadas únicamente como fachada política de manipulación de regímenes que traicionaron sus ideales y los últimos desesperados destellos de lucidez de quienes alguna vez mandaron sin contrapesos.