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Por Ricardo Gil Otaiza

La noble categoría de la imperfección por Ricardo Gil Otaiza



La noble categoría de la imperfección por Ricardo Gil Otaiza

“—Es cierto —dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno—; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.”
Augusto Monterroso
El paraíso imperfecto (de La oveja negra y demás fábulas)


No es fácil asumirse como escritor, porque el sustantivo te marca y deja en la piel un tatuaje, pero no cualquier tatuaje, sino algo más profundo: una marca en el Ser, y esto no es trivial, porque cambia todo en ti, porque vive contigo cada minuto de tu vida, porque se hace como la sangre que recorre el cuerpo y lleva a cada parte el hálito de vida y no lo abandona hasta el último instante: cuando ya no hay más remedio que entregarse, que ceder, que pasar el testigo a una posteridad que es ambigua e inexistente, ya que no estarás allí para decirte: ¡vaya, hombre, qué bien lo hiciste!, sino que serán otros quienes atestigüen o no aquello.

Quien se asume como tal, pues sufre con su obra, por ese afán de perfección que nos empuja desde la propia interioridad y, ni se diga los demás, sobre todo los detractores (que quieren verte el hueso y se frotan las manos cuando les damos la oportunidad), que buscan en los textos las comas fuera de sitio, las cacofonías y los ruidos que exhalan un texto, que jamás se da por terminado, aunque sea publicado, porque siempre habrá el detalle por corregir más allá de la imprenta o de lo virtual, y todos lo sabemos, solo que el autor lleva en su cabeza el gusano que horada, que a cada instante le recuerda el gazapo y esto, créanme, lo hace infeliz.

Hay quienes llevan años perfeccionado su obra, que nunca la dan por definitiva, y esto es comprensible, solo que se convierte en una enfermedad, en un auténtico morbo, porque van por la vida arrastrando consigo el manuscrito que lleva encima mil tachones y enmiendas, rayones por doquier, porque quiero decirles que la mejor manera de limpiar y de mejorar una obra, es plasmarla en el papel, y es allí, solo allí, cuando las erratas y las insustancialidades se ríen frente a nuestros ojos, y se encienden así las lucecitas rojas que titilan como pequeñas luciérnagas a la espera de nuestra inmediata y perentoria atención.
Nuestro personaje lleva mucho tiempo con el manuscrito de su novela bajo el brazo, en una tarea que pareciera infinita, porque quiere alcanzar la perfección, pero esta noción es de orden metafísico, y no es tan solo (o si se quiere simple) que la obra esté libre de erratas, sino que alcance cimas que estremezcan en cuerpo y espíritu a quienes se acercan a ella hoy y siempre, y esto no es fácil, y no todos creen conseguirla, porque la perfección es sin más la liebre tras la zanahoria y sus estándares son oblicuos, elusivos, zigzagueantes, amorfos, impredecibles, movedizos, resbaladizos, juguetones e inhumanos, por decir lo menos, y es aquí en donde reside el escollo de aspirar a la perfección, porque es una suerte de Paraíso al que llegar, pero que la esencia de lo humano no está en la posibilidad de alcanzar.

El humano no es perfecto, pero sí perfectible, de allí que proponerse la perfección de una obra (como un absoluto) va más allá de sus propios límites, y nuestro autor lo sabía, no era tonto, solo que estaba poseído por un afán propio del creador, que lo lleva a escalar empinadas alturas con la ilusión de que ellas sean en sí el anhelado Olimpo, y visto en retrospectiva, se equivoca, porque una obra maestra, que era lo que en realidad anhelaba, no es ese Absoluto, pero aspira a él, porque siempre habrán agujeros y resquebrajaduras por donde se cuelen las ilusiones y se vaya al traste todo aquello que en su mente se dibujó y que lo sostuvo durante años.

Como se comprenderá, el personaje al parecer cayó en la cuenta de su error, porque una vez concluida su obra se percató de que había un más allá de la altura alcanzada, que lo logrado durante años no satisfacía su anhelo ni su ego, que una cosa hermosa era lo que tenía en su cabeza como obra, y otra muy distinta la que tenía en sus manos, que a fin de cuentas su libro era uno más de los cientos de miles que salen cada año sin pena ni gloria, que el Cielo estaba mucho más arriba de lo pensado, que aspirar a la perfección como súmmum es sencillamente una utopía, así que se sintió triste y defraudado, abatido y desesperanzado, como si se le hundiera el piso bajo sus pies, como si todo aquello que lo sostenía desapareciese para dejarlo en la indigencia total.

Así que nuestro personaje fue drástico en su determinación, y de un solo golpe lanzó al fuego de la chimenea los pliegos de su obra, no sin antes poner una silla frente al candil, sentarse en ella y ver con amargura cómo las llamas en un comienzo se avivaron, pero luego regresaron a su estado inicial: nada extraordinario había perdido el mundo, su empeño y su esfuerzo habían sido vanos.

Cuando los vecinos abrieron la cabaña, hallaron sobre la rústica mesa de trabajo periódicos desperdigados, bocetos y fichas con frases memorables, un destartalado volumen del Diccionario Larousse, decenas de bolígrafos y lápices y, hacia un costado de la mesa, una máquina de escribir de los tiempos de Maricastaña, una fotografía en sepia de una mujer hermosa de otra época (quizás la de su madre) y una nota con serpenteante caligrafía, en la que anunciaba que se marchaba de este mundo, que no deseaba vivir con la certeza de ser un mediocre que no supo (o no pudo, qué más da) estar a la altura de sus sueños, y que su obra, ahora vuelta cenizas, no alcanzaba ni la noble categoría de la imperfección.

Esto dijo también: “Toda obra humana nace con la huella de su límite. La mano que crea es la misma que tiembla. Pretender la perfección sería exigirle al barro que no recuerde que antes fue polvo. Y, sin embargo, en esa grieta reside su dignidad: lo imperfecto es lo vivo, y solo lo vivo puede conmover, errar y trascender. La obra perfecta no sería humana; y lo que no es humano no nos pertenece.”

J.O.

rigilo99@gmail.com