¡En Qué Parará la Cosa, Caballero! por Juan José Cañas Zambrano
Venezuela hoy no es un país, es un gerundio: estamos sobreviviendo, reinventando y sobre todo esperando. Si alguien le dice que entiende a la perfección lo que pasa, desconfíe, aquí la única constante es la incertidumbre, esa que nos hace levantarnos cada mañana con la pregunta que titula estas líneas.
En lo macro, los números quieren sonreír. Se proyecta un crecimiento del 4% para este 2026, impulsado por una producción petrolera que intenta estirarse hasta los 1.5 millones de barriles diarios gracias a licencias internacionales y parches operativos. Pero, ¡ah caramba!, el microclima del ciudadano es otro.
Seguimos en un "default social", aunque la hiperinflación dio un respiro, el costo de la vida en dólares ha convertido el salario en un fantasma que recorre los pasillos del mercado sin poder comprar mucho.
Hay una Venezuela que estrena bodegones y otra que estira un cartón de huevos como si fuera oro.
Políticamente, el país respira una calma tensa, casi eléctrica. Tras el ciclo electoral de 2024 y los ecos de 2025, la institucionalidad está en un punto de inflexión.
El gobierno busca desesperadamente legitimidad financiera y el levantamiento de sanciones, moviéndose entre concesiones económicas y mano dura política.
Se debate entre la resistencia interna y el peso de figuras que desde el exilio o la clandestinidad, intentan mantener viva una llama que a ratos parece consumida por el cansancio ciudadano.
El país que se fue y el que se queda, dónde la herida más profunda sigue siendo la migración. Con más de 8 millones de venezolanos fuera, la estructura de la familia venezolana cambió para siempre.
Se habla de un 35% de migrantes que evalúan volver, pero se encuentran con servicios públicos (luz y agua) que todavía juegan a las escondidas.
El venezolano ha desarrollado un "Doctorado en Crisis", pero esa resiliencia tiene un costo emocional alto. La gente ya no quiere épicas políticas, quiere que la luz no se vaya y que el internet funcione para hacer la videollamada con el hijo que está en Santiago o Madrid.
Curiosamente, en medio del caos, la cultura es donde mejor se responde a la pregunta de "en qué parará la cosa" como lo dijo "Billo".
La cultura venezolana se ha vuelto global. Se hace teatro en Caracas, pero se baila tambor en Berlín.
Hay un movimiento sutil de intelectuales y artistas que están tratando de narrar este momento, no desde el odio, sino desde la reconstrucción del "ser venezolano" más allá de la diatriba partidista.
Entonces, ¿en qué parará la cosa? Si miramos el mapa, parecemos una "estación de servicio custodiada" mucha riqueza abajo, mucha seguridad arriba, pero una cola interminable de gente esperando que el surtidor de la normalidad finalmente y funcione para todos.
Venezuela en este 2026 es un país que aprendió que el petróleo no se come, que la libertad no se decreta y que, al final del día, lo único que nos queda es esa capacidad casi mágica de echar un chiste en la peor de las colas, mientras seguimos esperando que por fin, la cosa pare en algo bueno.
Nota: Esta semblanza refleja un país en transición perpetua, donde la estabilidad es un lujo y la esperanza, el último artículo de primera necesidad que no ha escaseado.