Mérida, Marzo Domingo 15, 2026, 04:16 pm
Cada niño debería tener en sus vidas un adulto que se preocupe por ellos.
Y no siempre es un padre biológico o un miembro de la familia.
Puede ser un amigo o un vecino. A menudo es un maestro
(Joe Manchen)
Corría la década de los 70 y contaba yo con nueve años, mi madre se ganaba la vida limpiando casas, planchando y haciendo oficios domésticos, era una madre soltera que se convirtió en padre y madre. Me enviaba a clases con ropa muy humilde, pero me emperifollaba lo mejor que podía. Recuerdo que yo no usaba zapatos sino unas cotizas guajiras negras. Esas chinelas, así las llamaba ella, eran de suela de caucho de neumáticos, eran calientes pero mantenían el pie cerrado y protegido.
Estudiaba yo en el Barrio 18 de octubre y al llegar a clases, a mi tercer grado en la Escuela Municipal Francisco Antonio Granadillo, muchos niños se reían de mí y eso me causaba tristeza. Todos tenían zapatos escolares como calzado y yo mis chinelas.
Mi maestra, muy ponderada, cuando me veía triste por la burla de algunos de mis compañeros, los miraba con corrección y momentáneamente todo quedaba olvidado, nos integrábamos a trabajar en las tareas de la clase.
Un mediodía, la maestra me dijo: dile a tu mamá que mañana saldrás conmigo y llegarás un poco tarde. Así fue y al día siguiente me sentí como acompañado de una princesa que me invitaba a subir a su carroza; era la primera vez que me montaba en un auto que no fuera por puesto, y era nuevo, olía a un fresco y delicado aroma y me senté al lado de mi maestra quien conducía, mientras yo miraba por la ventana el vecindario de otra forma, estaba disfrutando de un paseo y no preguntaba nada, solo confiaba en mi maestra.
Recuerdo que ella iba callada, muy bella y con una dulce sonrisa. Al fin se estacionó y me hizo bajar, entramos a un almacén lleno de ropa nueva, de zapatos escolares, de vestir y tenis; lo que era para mí pobreza, para mi edad y para mi inexperiencia un verdadero sueño. No sabía que iría a hacer mi maestra, cuando de pronto me dijo que me sentara en una banquita y me quitó las chinelas , me puso unas medias – era la primera vez que yo usaba medias – y empezó a medirme zapatos. Hasta que seleccionó un par y me dijo: con estos zapatos irás de ahora en adelante para la escuela. Una vez que hubo pagado el precio del calzado, me tomó de la mano, me condujo a su auto y me dejó en la escuela para que me fuese a mi casa, la cual estaba cerca de allí.
Esta es una historia real, parte de mi vida, de mi infancia y aunque por veleidades del destino no menciono aquí el nombre de mi maestra de tercer grado, quiero honrar a todas las maestras y a todos los maestros que hacen más que ser docentes, son verdaderos héroes y heroínas; son seres llenos de luz que acarician el alma de sus alumnos y hacen reposar en ella la grandeza de un ser humano.
Hay muchos héroes y heroínas que siembran y fortalecen valores en los corazones y en las mentes de tantas generaciones; algunos nunca han querido un reconocimiento público porque se diluiría la esencia de sus gestos, pero hay ángeles que acompañan a sus alumnos y los hacen sentir amados, forjando en ellos grandezas y destinos.
Con certeza no ha de ser mi maestra la única que con gestos de humanidad, ha regalado zapatos u otro bien físico o espiritual a sus alumnos, con los cuales han transitado mejores destinos y nobles causas, aunque materialmente los zapatos no existan, ellos siguen marcando camino.
El maestro deja una huella para la eternidad;
nunca puede decir cuando se detiene su influencia.
(Henry Adams)