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Prólogo para una antología poética de Pereira Meléndez por Alberto Jiménez Ure

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Alberto Jiménez Ure


Recordaré siempre el impacto que me produjo leer un amigo erudito afirmar lo siguiente en uno de los medios de comunicación más antiguos de Venezuela: https://ultimasnoticias.com.ve/noticias/cultura/figuera-la-creacion-poetica-es-un-gran-incendio-que-consume-a-sus-creadores/.  También suelo rememorar una reseña que publiqué sobre la novela del talentoso caroñeño Leonardo Pereira Meléndezhttps://www.elnacional.com/opinion/leer-cementerio-de-voces/:

«[…] Nos cuenta sobre crímenes, tribulaciones, traumas, injusticias, impunidad, corrupción de funcionario judicial y presencia de mafias. La institucionalidad familiar está siempre presente y expuesto el arraigo moral del hacedor, cierto: su sensible apego de humanista a la cosmovisión personal de lo filial separándola sin ambages del mundo exterior que encaramos para supervivir […]» 

(27-04-2023)

Nos ha sucedido a casi todos los hacedores del mundo, vivir tentados por avocarnos a distintos «géneros literarios». Pero, en concierto con algunos lingüistas presas del hartazgo, tampoco contenderé más al respecto y daré término al escabroso asunto: lo narrativo, líricodramático y didáctico suelen estar fusionados en algunas obras literarias de envergadura histórica, caso una celebridad que se llamó José Antonio Ramos Sucre:

«[…] Yo adolezco de una degeneración ilustre; amo el dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente la sensación del padecimiento físico, de la lesión orgánica […]»

(https://materialdelectura.unam.mx/poesia-moderna/16-poesia-moderna-cat/316-167-jose-antonio-ramos-sucre?start=4#8

En la poética de Pereira Meléndez irrumpen «sub – géneros», ya también en vía indexación hacia el Corpus Todo Literario esquivo con los pleitos académicos:

«[…] Cuando nací mi madre

me dijo: tú hijo mío serás

inmortal. Pero, después que mueras.

Por ello, yo no tengo visiones

ni fantasmas en mi cuerpo.

La muerte ya no me da miedo,

porque el miedo ya se ha acostumbrado a mí.

Aún no sé si estoy sólo y triste,

si estoy escribiendo o viendo el nacimiento

de mi muerte […]»

(En su Antología Poética – 1983 – 1988)

La presencia de rasgos épicos empero también del cuento en los textos de Leonardo prueba cuanto sostengo e intento fijar indiscutible al momento de provocar una especie de fisión nuclear tras examinar las partículas líricas de luces. Cada uno de nosotros, profesos de los quehaceres intelectuales, semejamos al creador de https://as.com/actualidad/ciencia/que-fue-el-proyecto-manhattan-y-quien-fue-oppenheimer-el-inventor-de-la-bomba-atomica-n-2/#:~:text=El%20cient%C3%ADfico%20m%C3%A1s%20destacado%20en,antes%20que%20lo%20hiciera%20Alemania

Para Figuera la poética es un «gran incendio», un suceso explosivo que cambia al creador y la humanidad en su redor. Leonardo Pereira Meléndez es, fidedignamente, un legítimo bardo [protocéltico] al cual conozco de trato y comunicación: un hombre de vasta cultura y reflexiones profundas sobre los Derechos Humanos y la aplicación de justicia, que, por cierto, cualidades difíciles de advertir en la mayoría de los escritores:

«[…] ¡Oh, Zeus!, amo del éter y de las tempestades, ¡Oh, Minerva!, [protectora

del pensamiento, ¡Oh, Vulcano!, benefactor de la vida, y, tú, ¡Oh, [Diana!,

diosa de la luz, de la noche, y, de los muertos, os plugo que me [concedáis

los siguientes deseos: quiero que, al morir mi cuerpo, mi alma [despierte

con risa, fuego y lluvia […] Quiero morir besando la boca errante de [mi amada,

abrazando el sol de su cuerpo, y llevarme conmigo su recuerdo [infinito, la arena

de sus labios, y el trigo de su triste dolor … ¡Oh, dioses del cielo! Si [lo que

en estos momentos os pido, no sucediereis así, desde la muerte, juro [que

os maldeciréis a todos […] ¡Oh, Atenea!, quiero que no se muera [conmigo,

mi ausencia de alegría; deseo que mis familiares no sufran ni lloren [por mí;

y, no quiero que viva la tristeza de los pájaros en el céfiro […]

¡Oh, Apolo!, quiero que acacia implore y arrastre la envidia de los [humanos,

hasta hundirla en lo profundo del tártaro. Quiero que el viento [muestre

al mundo sus erectos senos, sus ojos color de sueño, y, su vientre,

dulce como el pubis de una rosa, y, que la noche alfombre

con sus temblorosos versos, los exhaustos pensamientos belicosos […] Quiero, ¡Oh, grandioso Júpiter!, que la vida de mis recuerdos

no vaya más allá de los contornos del cansancio; porque yo

después de muerto, daré alimentos al tiempo, al frío, y, a los bellos

y hermosos gusanos […] Porque yo después de muerto, veré vivir

los frutos de luz que da la tierra, la eternidad de los claveles,

y, sentiré bajo mis pies, la respiración de los infelices cardones […]

¡Oh, Quetzalcóatl!, quiero que la claridad de la luna, se encienda

por dentro de los niños, como si fueran párpados de belleza,

que descubren el árbol de oro y fuego […]»

(Ob. cit.: de su opúsculo, Testamento)

Nótese la vasta cultura clásica del poeta Pereira Meléndez en su poética prosística, narra, pero destaco que igual enuncia filosóficamente y exhibe musicalidad en momentos cuando –perplejos- inmergimos en su circunstancialidad. Resucitará en lo imaginario, será de nuevo y mirará lo que sea menester y que luzca relevante. Leámoslo de nuevo: -«Después de muerto, veré vivir los frutos de luz».

En Testamento menciona a un dios de la mitología mexicanas, https://www.worldhistory.org/trans/es/1-12086/quetzalcoatl/, quizá el más trascendental de la Cultura Mesoamericana que [pese al tiempo transcurrido] alegra a millones de seres. El centro de México tuvo sacerdotes que lo adoraban e inventaron el calendario que dieron por nombre Venus (estrella naciente de la mañana, año 1.200)

No es casual que Leonardo se sintiera atraído por esa Civilización náhuatl – quetzal  que lo inspiraría: Dios Creador del Período Posclásico Tardío.      

En una antología que podría ser calificada por los modosos sempiternos polémica, el autor larense muestra efluvios eróticos – cínicos – herejes. Laudable que se atreva donde numerosos hacedores de literatura eligen la castración implícita en la censura: 

-«Mi semen en el altar de la ley

Se hace dolor con tinte de sabio

Volveré por la revancha»

(XII de Escozor, 2002)

Algún malévolo inferirá que LPM es devino racista, pero, personalmente, no clasifico la expresión poética con previas denigraciones:

-«Nunca vi tantos negros juntos

Apesto a silencio»

(XX de Escozor, ya citado)

Acertando con títulos de compilaciones y poemas, Leonardo Pereira Meléndez incluye en la presente antología escritos con data del 2009 en: ¿A qué hora la muerte duerme? –Una temática favorita entre poetas desde tiempos inmemoriales, porque nacemos para llegar a destino incierto por propagación del pánico mediante lo tenebroso en diversidad de civilizaciones que la Historia Universal más o menos registra con fiabilidad:

-«Puedo pronunciar el nombre de varias mujeres queridas, 

pero el nombre de una sola mujer se antepone, 

sobre los templados cielos,  

su andar es silencioso y por ella las palabras se desnudan 

y detiene las corrientes cósmicas de las estrellas,  

puedo pronunciar el nombre de varias mujeres,  

pero solo a una me debo, 

su nombre es Gregoria Urbana,  

panal de miel en el camino de la vida que he vivido, responsable del hombre que soy y voy siendo […]» 

(Para mi mama Goya)

Con este hermoso poema dedicado a su madre cerraré este liminar o prólogo para una antología leonardiana que hará reflexionar a los lectores cultos. Lo mejor de la producción intelectual de Pereira Meléndez está compactado aquí, para disfrute de sus amigos, estudiosos conocidos o lejanos de la Academia Universal.  

albertjure2009@gmail.com 






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