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Por Juan José Cañas

Filosofía de un Cuento por Juan José Cañas



Filosofía de un Cuento por Juan José Cañas

@juanjosecanaszambrano

Había una vez un punto y aparte que se sentía abismo. No era un final, pero tampoco permitía la continuidad inmediata; era el silencio necesario para que el lector tomara aire.

En ese espacio en blanco, antes de que la siguiente mayúscula reclamara su derecho a existir, el cuento decidió pensarse a sí mismo.

—¿Qué soy si nadie me recorre? —se preguntó la Trama, esa columna vertebral hecha de verbos y adjetivos.

El Conflicto, siempre impulsivo, respondió con un eco desde el nudo de la historia:
—Eres una intención. Sin mi tensión, serías solo una lista de hechos, una bitácora de lo obvio. Yo soy el que te hace real porque soy el que te hace doler.
Pero el Personaje Principal, que en ese momento descansaba en el margen izquierdo de la página cuatro, no estaba de acuerdo. 

Miró hacia arriba, hacia la luz que se filtraba desde el mundo de afuera (esa lámpara de escritorio que lo iluminaba todo), y suspiró:
—Ustedes son estructuras. Yo soy la ejecución. La filosofía de este cuento no reside en el orden de los factores, sino en mi libre albedrío limitado. 

Yo sé que mañana, cuando el autor decida que debo perderlo todo, lo perderé. Y sin embargo, cada vez que alguien abra este libro, volveré a luchar con la misma esperanza ciega. 

Mi filosofía es la persistencia en lo efímero.
Entonces habló el Final. Era un final abierto, de esos que dejan un sabor a metal y a duda en la lengua.

—Todos se equivocan —sentenció con una voz que parecía un susurro—. Un cuento no es lo que dice, sino lo que calla. 

La verdadera filosofía de nuestra existencia ocurre en el cerebro de quien nos cierra. Somos un contrato de fe: el lector acepta que somos verdad durante cincuenta páginas, y nosotros aceptamos vivir en su memoria a cambio de ser olvidados en el estante.

El cuento, entonces, comprendió su propia naturaleza. No era tinta, ni papel, ni una sucesión lógica de eventos. Era un puente.

Cuando el autor retomó la pluma y escribió la siguiente palabra tras aquel punto y aparte, el cuento dejó de cuestionarse. 

Se entregó al flujo de la tinta, aceptando que su razón de ser no era entenderse, sino ser habitado. 

Porque al final, la filosofía de un cuento es simple: existir para que alguien más, al leerlo, pueda entender un poco mejor su propia historia.