Mérida, Abril Domingo 19, 2026, 07:40 am
A la memoria de
Maura Fernández Peña,
abuela materna de
Karelyn,
mujer de trabajo
duro, y de trasiega infinita.
Ella es una escritora vista desde
la ventana de la literatura venezolana y particularmente de la merideña; una
mujer que se ha dedicado en cuerpo y alma a escribir como oficio, a cuidar el
trabajo literario de los creadores. Su escritura ha venido teniendo
reconocimiento, así como su labor como especialista de la plataforma del libro y
la lectura del gabinete de cultura Mérida, recientemente homenajeada en la XXII
Feria Estadal del Libro del Ibime, pues va tejiendo palabra sobre palabra la
creación de sus textos poéticos, narrativos, y de promoción literaria.
Karelyn Buenaño es poeta, docente
universitaria y promotora cultural, licenciada en idiomas modernos mención
investigación lingüística-literaria en la Universidad de los Andes. Nació en
1980 en Mérida. La escritora va asomando esa ventana de lo creacional que va
procurando satisfacer el alma atraída y colmada por lo que contempla su belleza
escritural.
Asumiendo que el arte es una
recreación de esa realidad del ser social que palpamos a diario, no somos
ajenos a lo que nos rodea. Así sucede con ella. En cada obra de Karelyn Buenaño
hay un sendero de efervescencias, esquemas diversos, diseños insospechados, lo
cual ha sido una constante en su oficio desde sus inicios. Ha publicado: La
ciudad nos cantará para abrazarnos (mención poesía DAES, ULA 1999); Complejo
de Dido (Premio poesía DAES, ULA 2003); Siniestra (Ediciones
Gitánjali, Mérida, 2005); Trópico de Circe (Fundación Editorial El perro
y la rana, Caracas, 2006); La condición del fuego (Efory Atocha
Ediciones, Madrid, 2012); El libro de las mutaciones para yonkis (Imprenta
Regional Mérida, 2015); El sendero de Las Blasas, (Novela, beca de
estímulo a la creación literaria del Cenal. Fundación Editorial El Perro y la
Rana, 2019); Lázara (Fondo Editorial Fundarte, colección Yo misma fui
mi ruta, Caracas, 2023).
Entre experimentalismos y una
particular búsqueda de una voz propia, su sendero va tejiendo nuevas metáforas
entre el mundo interior y el mundo de la calle, donde los transeúntes pasan las
calles, y al mismo tiempo son transformados por la poesía. Ella es observadora,
y describe ese mundo abigarrado en toda esa inquietud como quien renace de las
sombras, como ave fénix:
Con amor.
Muérete. Bestia. San Nicolás nunca vino a visitarme. / San Nicolás sé robo mi
árbol.
En su poesía hay una condición
mágica que el ser humano va expresando, el rincón de la palabra, o la palabra
misma, intenta igualarse con Dios. El verbo nostálgico del caos a veces reina
en mitad de la voz poética:
San Nicolás le
metió cuatro tiros al niño Jesús mientras yo abría idiota mis idiotas regalos.
En este texto se expresa la
aniquilación del hijo del creador, y un acto de dolor e ira que, a su vez,
deviene una poesía irreverente y desafiante.
En Complejo de Dido, en el
poema Domingo hay una lectura de juicios que favorece a unos y no pasa
inadvertido en otros como la poética de esta escritura que nos dice:
Tan virtuosas
las feligresas/pareciera que volaran/pero no las tropiece por la calle/un
pecador dominguero/ porque se cambian de acera/ de sindicato/ de partido/ de
avenida/ Gracias a Dios se la viven juntas/no fuman ni toman ni bailan pegao/
no andan dándole a nadie gusticos lujuriosos por ahí
En esta poesía no se evade la
realidad, la poesía compensa las menguas de la vida, y nos va dando ese trajín
diario de lo cotidiano que muchas veces se escapa de lo que vivimos. En su otro
libro Lázara (Fundarte, 2023), vemos una construcción de textos poéticos
que en su originalidad y rigurosidad combinan esas motivaciones estéticas que anidan
circunstancias como esa flor solitaria cuya semilla se da en todas partes, y crece
ebria como el misterio de los mitos de la humanidad, que lleva consigo un derrotero
de dioses y héroes amalgamados como los que vamos a leer en Lázara:
Calíope Eremita/ reparte sus
camelias y mermeladas a lo más alto y ortodoxo de Tesalia
Esa distinción poética abarca
campo completos y aprehensibles de acción y experimentación de esa estética que
se fija en esa cualidad general de la palabra entre la tragedia de nuestros
tiempos, la mitología y los ritos religiosos, cuyas imágenes primordiales recobran
su fuerza en cada poema:
Todos los
pueblos/ bruñen bajo el Trueno sus carrozas de Ares/ Tendríamos que haberlas
aguantado/ más el Vulturno no espera por nosotros
Ayahuásquense/
Dionisios/ Wanadi / Rama Chandra/
Todos los
pueblos/ tienen un corazón/ que no se deja/ engullir sus entrañas de las
águilas.
Ella parece provocar al alma
dormida con esa voz que se levanta y clama por el porvenir diario de los
pueblos. Este libro canta a la resistencia de sus artes que es un reflejo de lo
viviente.
En su novela El sendero de las
Blasas, el leitmotiv es la (otra) historia de la loca Luz Caraballo a
partir del poema de nuestro poeta Andrés Eloy Blanco. Karelyn Buenaño
reivindica a esta mujer, a María Blasa Ramírez y a María Blasa Rivas desde una
mirada distinta que va a rescatar lo humano y sentimental de esa Blasas: de
esas mujeres que parece que nadie ha observado como la autora en su
investigación, y una novela que puede ser más visibilizada y difundida para que
muchos más puedan conocer a las Blasas, así como sus sueños, sus riesgos, sus acontecimientos,
y sus deambulaciones solitarias.
Una vez más, encontramos desde la
literatura a la mujer abandonada a su suerte, con una carga de elementos que se
suman a todos esos graves dilemas de la mujer del campo y de la ciudad, por la
que cobra importancia el sentido de esta obra:
Yo no diría que
escondo cosas. Más bien, deseo liberarme…
Mira, Bruno: ni
creas que con lo animado de esta conversa te salvarás de explicarme cómo fue
que te llegaron mis cartas.
Hace muchos años
subían Clemencia, Melitón y Blasa niña al negocio de un amigo. En su bodega
había paledonias, melcochas, recién hechas, frascos de melindres y dulces de
panela. De pronto unos hombres conocidos como los Trejo y una señorita a quien
llamaban María Blasa venían de bajada en un tropel de mulas. A la quinceañera
la neblina soplaba le revolvía los cabellos juguetones y rubios. Ella y sus
compañeros de viaje también se detuvieron allí a comprar víveres. La muchacha
linda, sonrojada y trémula de frío, miraba a los alrededores con un par de
avellanas verdes que soltaba las babas de cualquiera.
Tanto en la novela de Karelyn
Buenaño como en su poesía, la femineidad también se arraiga como fondo
insoslayable. En ese testimonio de su construcción, Karelyn Buenaño va
apuntando lo importante que es crear el sendero literario de la propia obra, al
menos del modo que ella hilvana sus obras literarias.