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¿Lanzas coloradas o zancadillas azules?" por: Giovanny Marquina

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Por Giovanny Marquina



Hace casi un siglo, Arturo Uslar Pietri nos regaló "Las lanzas coloradas", escrita en París entre 1929 -1930 y publicada en Madrid en 1931. Un manual de supervivencia histórica que, al parecer, muchos de nuestros "estrategas" actuales usan solo como posavasos. La novela, situada en el caos sangriento de 1812-1814, nos muestra una Venezuela donde no había un solo bando, sino una vorágine de intereses, resentimientos y facciones que se devoraban entre sí mientras el país ardía.

Uslar no habló de una epopeya limpia, hablaba de la hacienda "El Altar", siendo reducida a cenizas no solo por el enemigo, sino por la incapacidad de quienes debían protegerla y de entender la magnitud del monstruo que tenían enfrente.

Doscientos catorce años después de ese contexto histórico, Venezuela parece en una reedición de bolsillo de esa tragedia, pero con un toque de comedia negra. La crisis política se agrava, mientras el país pide a gritos una ruta clara, nuestra clase política opositora parece más ocupada en decidir quién heredará las cenizas que en apagar el fuego. 

El sectarismo hoy es nuestra propia versión de la "Guerra a Muerte". Es irónico, por no decir trágico, ver cómo sectores de la oposición se miran entre sí con más odio que al propio verdugo. Si en la novela de Uslar las lanzas se teñían de rojo por la sangre, hoy la política venezolana se tiñe de un sectarismo de un archipiélago de colores, que impide cualquier avance. 

Tenemos a nuestros propios "Fernando Fonta": idealistas de salón que creen que con un comunicado elegante se soluciona la barbarie. Y por otro lado, proliferan los "Presentación Campos" modernos, caudillos de redes sociales y pequeñas parcelas de poder que prefieren ver "El Altar" arder antes que ceder un milímetro de su protagonismo.

La división no es ya una consecuencia de la persecución del regimen, sino una elección estética de muchos liderazgos. Mientras unos llaman a la movilización por los presos políticos, otros ya están midiéndose el traje para unas eventuales elecciones nacionales, regionales y municipales, como si se pudiera decorar la sala de una casa que aún no tiene paredes. Este sectarismo, donde cada facción se cree dueña de la "verdadera" ruta, es el combustible que mantiene viva la crisis política en el país.

El sarcasmo supremo es que, al igual que en 1814, el país real, mira este espectáculo con la misma desconexión con la que los esclavos de la novela miraban a sus amos pelear por conceptos que no les llenaban el estómago, los venezolanos de hoy observan como estos liderazgos juegan a sus propios intereses, de no querer abrir el compas para la unidad y rescatar las instituciones del estado, en función del hambre de un pueblo que padece el peor ingreso económico en sus bolsillos, producto del saqueo y corrupción.

Si algo nos enseñó Uslar Pietri es que cuando la política se reduce a una guerra de egos y facciones, el resultado es siempre el mismo, un campo de batalla vacío donde solo quedan las sombras. Venezuela no necesita más lanzas coloradas apuntando al compañero de trinchera, necesita que alguien, por una vez, tenga la madurez de soltar el ego y entender que "El Altar" somos todos, y que ya queda muy poco que quemar.

En definitiva, la novela de este gran intelectual e iconográfico personaje venezolano, es un espejo donde la Venezuela contemporánea puede verse para entender que, sin una unidad nacional sólida y un esfuerzo civilizatorio común, el país corre el riesgo de volver a los ciclos de caos que el autor retrató con tanta crudeza.




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