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Por Ricardo Gil Otaiza

La venganza por Ricardo Gil Otaiza



La venganza por Ricardo Gil Otaiza

“Yo me fui tranquilo a mi rancho, que estaba a unas tres cuadras. Ardía en la ventana una lucecita, que se apagó enseguida. De juro que me apuré a llegar, cuando me di cuenta. Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y filoso que yo sabía cargar aquí, en el chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegué otra revisada despacio, y estaba como nuevo, inocente, y no quedaba ni un rastrito de sangre.”

Fragmento de Hombre de la esquina rosada

(Historia universal de la infamia)

Jorge Luis Borges

No hay sentimiento más poderoso en el mundo —incluso por encima del amor— que el de querer cobrarse a como dé lugar los agravios y los desprecios, de hacer pagar la perfidia a aquellos que nos han hecho mucho daño, de que muerdan el polvo nuestros acervos enemigos, de que rueden sus cabezas y luego las pateemos con todas nuestras fuerzas al insondable vacío, y en ello se nos va un montón de energía, de pensamientos oscuros que revolotean en la cabeza como cuervos enloquecidos, y muchos ni siquiera duermen maliciando a altas horas de la madrugada sus pérfidos planes, de cómo llevarlos a cabo, y se pasean en el cuarto arrancándose los pelos en el afán de perfeccionar la estrategia, de afinar la puntería o de afilar la fina hojilla de un puñal.

En el mismo instante que sufrió la afrenta juró vengarse, y a partir de entonces su vida cambió, porque todo aquello que para él era de valor, perdió sentido, y se preguntaba, no sin sentimiento de compasión, ¿de qué le valió ser un hombre honrado, bueno y trabajador de sol a sol, pacífico y cooperador, fiel seguidor de las normas y los preceptos, si de pronto alguien pérfido irrumpía en su vida y la hacía mil pedazos, como quien golpea una piñata y deja sobre el suelo los jirones de lo que hasta hace poco era algo reconocible y hermoso?

Eso era su vida: jirones del pasado, desde aquel mal día cuando se topó en la calle con el vecino y sin terciar una mala mirada o un requiebre o una jugada o un reproche o un recuerdo o una deuda, le gritó delante de todos con los ojos enardecidos y la boca echando espuma, que era un ladrón, un cabrón, un mal nacido, y sin darle tiempo para formular una respuesta o de prepararse ante un posible ataque, se le vino encima y de un puñetazo le partió el rostro, dejándolo tirado sobre la tierra: confuso, inerme, noqueado, humillado y sin poder levantarse.

La buena de su madre no se recuperó de aquello y de tanto pensar mañana tarde y noche, una mañana ya no despertó: allí se quedó, rígida sobre el catre, con el rostro volteado a la pared como para ocultar su pena.

Lloró mucho: por la madre y por la humillación sufrida, por la soledad en el rancho, por el catre vacío y por el fogón sin leña; lloró por todos los años transcurridos, por el tiempo perdido, por la mengua que se había apoderado de su carácter y que lo atenazaba al extremo de la inacción.

Durmió largas horas, días y noches enteras, y cuando ya no pudo más se levantó, encendió el fogón, se preparó un guayoyo y se llevó a la boca un pedazo de pan duro que le amortiguó el hambre.

Se sentó a meditar, a pensar en la afrenta, a recordar a la vieja que tanto lo había amado, y decidió vengar su honor y la vida de ella.

Buscó la navaja que había sido de su abuelo, y que su hija escondía bajo el catre como única herencia, y vio que había perdido el brillo, así que se levantó, fue hasta la piedra de lavar y con paciencia fue afilando la hoja como le vio hacer de joven al matarife del matadero del barrio, cuando lo hacía con el cuchillo para el degüello de los jueves, entonces la cerró sobre el pivote, probó si funcionaba el muelle, y vio que abría a toque, así que le pasó el seguro y la guardó en el bolsillo.

Lo esperaría esa noche en el cruce de caminos, en el recodo en el que solían descansar los fatigados viajeros: allí, sin luz, sería fácil emboscarlo, y tenía que ser una jugada rápida y maestra, porque el otro era más alto y fuerte, así que descansó toda la tarde echado sobre el catre de su difunta madre, y se bebió unos cuantos tragos de ron, no muchos para no perder el juicio, y allí, tirado, mirando al techo de palma, fue contando con paciencia las horas.

Pasadas las ocho, cuando ya brillaba la Luna en el cielo, se levantó, con cautela se percató de llevar la navaja en el bolsillo, no sin antes quitarle el seguro, fue hasta la repisa en la que estaban las estampitas de los santos y se persignó (hasta llegó a mover los labios en silencio, como quien recita una oración o habla con seres inasibles o del ultramundo), le echó un vistazo a todo con mirada lúgubre, y salió del rancho. Ah, desenroscó la bombilla, entornó la puerta y se fue con paso ligero a la encrucijada, cerciorándose de que nadie lo siguiera.

A lo lejos, sintió pisadas y supo que era él, su corazón se disparó como un torrente, agarró con fuerza el mango de la navaja y esperó a que el otro llegara al recodo, y en el preciso instante que lo tuvo frente a él se le fue encima sin darle tiempo a que reaccionara, entonces, le llegó a la mente el rostro de la madre, el del sufrimiento, el de la eterna tristeza, el de la mujer que tuvo que vérselas con la pobreza y las vicisitudes, pero también el rostro de la esperanza que había cifrado en él para que ambos pudieran salir adelante, y escuchó que le decía al oído que no lo hiciera, que olvidara la afrenta y su partida, que la sangre trae consigo más sangre, pero ya era tarde para aquello, porque había apretado el muelle y hundido el mango en el vientre del otro, y la navaja había penetrado profunda y libre en aquel cuerpo que se escurría inerme y con respiración difícil, y quedaba tendido en la tierra a la vera del camino.

No quiso voltear a mirar lo que había hecho, el valor no le alcanzó para tanto, las piernas y las manos le temblaban, y en un impulso inoficioso limpió las huellas del mango y lanzó con fuerza la navaja entre la maleza, y renqueando llegó al rancho, con premura metió algo de ropa en una bolsa, así como la foto de la madre que estaba sobre la mesa, cerró la ventana, fue hasta el altar y se persignó contrito, miró todo con tristeza y se marchó: no sabía a dónde iría, ni siquiera lo había pensado, pero se marchaba de allí y para siempre.

rigilo99@gmail.com