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Por Alberto José Hurtado B.

Sin mitos por Alberto José Hurtado B.



Sin mitos por Alberto José Hurtado B.

La población venezolana es noble, dicharachera, afable, valiente, resiliente y soñadora, y los acontecimientos de los últimos días en el país han traído consigo hechos reales que desmontan muchas ideas falsas sobre los venezolanos. Esto es debido, entre múltiples razones, a que en los momentos de mayor dificultad la verdadera esencia de un pueblo se revela con una claridad deslumbrante.

El 24 de junio de 2026, la tierra en Venezuela mostró su fuerza imponente a través de un doble sismo que sacudió no solo el suelo, sino también el alma de una nación entera. Esto trajo consigo la partida de seres inocentes, familias que hoy abrazan el vacío, y pérdidas materiales que representan años de esfuerzo, sudor y sacrificio. Sin embargo, en medio de los escombros y la incertidumbre, sigue resaltando la luz inagotable que emana de la población venezolana.

La nobleza del venezolano es un fenómeno que desafía cualquier adversidad y se representa en los actos de heroísmo cotidiano que no requieren capa ni reconocimientos oficiales, personas arriesgando su propia vida para sacar a otros de las estructuras dañadas, y familias abriendo las puertas de sus hogares, aunque fueran modestos, para brindar un techo y un plato de comida a los que lo perdieron todo en cuestión de segundos. Esta solidaridad espontánea es el reflejo de un tejido social que, a pesar de haber sido sometido a tantas presiones a lo largo de los años, mantiene una fortaleza íntima y espiritual inquebrantable, donde la empatía, el orden y la colaboración se anteponen al desorden y al caos.

Una sociedad resiliente más allá de los discursos y capaz de exponer las pretensiones de la inacción oficial. Ya que, ante la evidente parálisis gubernamental, la falta de recursos institucionales y la sombra de una gestión corrupta que ha diezmado por años la calidad de vida del venezolano, la resiliencia ciudadana florece con una fuerza arrolladora. La resiliencia en Venezuela no es sólo la capacidad de resistir y aguantar, es la habilidad de transformar el dolor en acción, la queja en abrazo y la desesperanza en un motor de cambio. Todo lo cual se expresa en el esfuerzo que están realizando las comunidades para lograr una organización activa, formar redes de apoyo, recaudar víveres, agua y medicinas con eficiencia, atender a las poblaciones afectadas y evitar cualquier contacto con el entramado burocrático del Estado venezolano.

De igual manera, el trabajo en equipo se ha convertido en el latido que mantiene viva a la nación en estas horas críticas. Cuadrillas improvisadas de jóvenes, adultos y ancianos trabajan hombro con hombro para remover los escombros, junto a grupos internacionales conformados por expertos extranjeros en emergencias sísmicas, no solo buscando salvar vidas o recuperar pertenencias, sino despejando el camino para que la esperanza pueda volver a transitar. Dicho trabajo en equipo es la demostración palpable de que, cuando los venezolanos deciden juntar sus voluntades, son capaces de mover montañas, de sanar heridas profundas y de sostener el cielo cuando parece caerse a pedazos. La unión ha dejado de ser un cliché para convertirse en la herramienta de supervivencia y dignidad más poderosa.

Y es aquí donde la tragedia, con todo el dolor que ha traído, presenta una oportunidad sagrada para la reconstrucción del país. No sólo es debatir acerca del futuro de las zonas devastadas, es la obligación que todos tenemos de participar en la reconstrucción del pacto social, que dé lugar a una nueva realidad basada en la confianza mutua, en la cooperación y en el amor por lo nuestro. Implica repensar nuestros espacios, exigir y construir comunidades más seguras, preparadas y conscientes de su propio poder. Es la oportunidad de demostrar que el futuro del país no depende de las promesas vacías de los políticos que ostentan el poder, sino de las manos trabajadoras, valientes, limpias y generosas de su pueblo.

@ajhurtadob