Mérida, Agosto Domingo 16, 2026, 01:23 pm
Nací para vivir en democracia y libertad. Llevamos 27 años de altibajos y de una profunda destrucción emocional.
Recién comenzaba este ciclo de barbarie cuando fui a la cárcel de Santa Ana, en el estado Táchira, a visitar a uno de los primeros presos políticos de Venezuela: mi compadre del alma, William Forero. Lo conocí en la tropa civil de uno de los mejores líderes del Táchira, Eduardo Flores Alvarado, junto a Danny Ramírez, un joven que por entonces comenzaba a despuntar en la política universitaria. En esas mazmorras pasaron dos años; aprendieron tanto del oprobioso sistema penitenciario que fue como si hubiesen cursado un postgrado en supervivencia. Lo vieron y lo sufrieron todo.
A lo largo de casi tres décadas me he preguntado cuál era el propósito de tanta crueldad, cuando a veces la sociedad ni siquiera sabía quién estaba preso. La respuesta es clara: el objetivo era amedrentar y sembrar miedo para someter a un pueblo. Una dinámica alimentada por la ausencia de inteligencia emocional y por traumas o trastornos de personalidad que terminaron bloqueando todo remordimiento en los victimarios.
Hoy, sin embargo, la dignidad florece. La veo en el rostro y en la palabra de Cristian Quintero cuyo verbo conquista empatía. Él representa a miles de venezolanos que se han convertido en un hermoso ejemplo de dignidad colectiva.
Pero limitarnos a aplaudir a quienes recuperan su libertad es insuficiente. Reflexiono: ¿cómo calmar el dolor de tantas heridas si los responsables de estas tragedias humanas no piden perdón ni demuestran un propósito de enmienda? Ojalá llegue el día en que podamos jurar que nunca más Venezuela volverá a sufrir un régimen de terror por el simple hecho de luchar por la normalidad democrática. En mí no cabe una sola pizca de odio o venganza; como decía el poeta del pueblo, Andrés Eloy Blanco, el odio y la venganza son taras que empequeñecen el alma.
La verdadera dimensión de esta tragedia humana solo la sabremos con el tiempo. Aunque no fui víctima de las mazmorras como miles, sentí el acoso de cerca. En la campaña de 2024, estando en El Vigía, agentes de la DGCIM aparecieron en el hotel donde me hospedaba. Tuve la suerte de haber salido a compartir un desayuno con el alcalde Lisandro Segura Me trasladé a Mérida y, prevenido por lo ocurrido, evité registrarme. Aun así, volvieron a buscarme e intentaron revisar las cámaras de seguridad. La astucia del gerente del hotel me salvó. En ese momento me preguntaba: ¿qué gana un régimen encarcelando a un hombre de más de 70 años? Luego comprendí que la edad no importa cuando la represión ha alcanzado incluso a adolescentes y niños.
Por abajo quisieron quebrar y dividir a nuestro pueblo a través del terror, imponiendo una polarización por conveniencia. Pero esa realidad se rompió. Hoy, la única penitencia y la única vía posible es la pacífica, la legítima y la electoral. Sin embargo, para que sea sostenible, requiere de bienestar previo: amor con hambre no dura. El acuerdo clave que falta firmarse en la mesa no es solo político o de élites, es un acuerdo social de dignidad, justicia y pan para la gente.
Csracas Agosto 15 2026