Mérida, Agosto Domingo 16, 2026, 01:21 pm

Inicio

Opinión



Diario Frontera, Frontera Digital,  Opinión, ,Por Ricardo Gil Otaiza,La noche aciaga por Ricardo Gil Otaiza
Por Ricardo Gil Otaiza

La noche aciaga por Ricardo Gil Otaiza



La noche aciaga por Ricardo Gil Otaiza

El poeta salvadoreño Roque Dalton aceptó la invitación y decidió que se reuniría con los revolucionarios: iría hasta el sitio acordado e intentaría por todos los medios posibles disuadirlos de irse a la montaña y tomar las armas. Él creía en el poder de la palabra, no en vano escribía poemas exaltados de fervor nacionalista y patriótico. Tenía elocuencia —y lo sabía— y por ello gozaba de una respetabilidad entre el pueblo llano que se había ganado a pulso, con enorme esfuerzo y disciplina, así como con innumerables noches entregadas a la máquina de escribir hasta que el cansancio le ganaba la partida, y caía grávido sobre el teclado: aletargado, convertido en zombi y en la duermevela soñaba con hacer de sus poemas letra viva, articuladora de cambios, sembradora de alma e ímpetu antiimperialista.

Los hombres con los que se reuniría eran sus compañeros de ideales (a veces de juergas), también poetas algunos de ellos, y aunque nunca habían alcanzado el debido consenso acerca de los derroteros a seguir —y mucho menos de los métodos a emplear—, los unía el común denominador del odio al sistema capitalista, del deseo ferviente de llegar algún día al poder y así revertir el estado de las cosas: acabar con la podredumbre que corroía el estamento político del país, llevar a la clase trabajadora a la cima de la toma de decisiones, y hacer de cada hombre y mujer piezas fundamentales de la gran transformación requerida y, ni qué decirlo, refundar a la república.

La reunión sería en la casa de uno de ellos, ubicada en el extrarradio, lo que parecía ideal para así evitar suspicacias, miradas furtivas y las desagradables delaciones por parte de los vecinos, que habían llevado en varias ocasiones a que algunos de ellos pasaran días y noches detenidos en la comandancia de la policía, con los debidos expedientes, pesquisas y torturas. Casi todos estaban fichados, en la mira, y ante cualquier desliz irían de cabeza a las mazmorras y de allí no saldrían nunca más, así que se movían con cautela, manejaban entre ellos códigos secretos y lenguajes ininteligibles, aunándose la participación de cómplices que actuaban en las sombras y les facilitaban los encuentros.

Acostumbrado a la palabra, Roque tomó algunas notas en una pequeña libreta de pasta dura y negra, y en ellas desglosó sus líneas de acción: los contras de irse a las montañas para la lucha armada, la ventaja de ganar adeptos con las ideas y así sumar —poco a poco— jóvenes idealistas que quisieran unirse a la causa, así como recabar los recursos que les permitieran movilizarse en todo el territorio nacional, financiar los impresos y panfletos, pagar a los colaboradores, adquirir alimentos y viandas, alquilar hospedajes en pueblos y caseríos, llenar de gasolina los tanques de los medios de transporte, y tener algún dinero para cualquier eventualidad.

Roque llegó con retraso al sitio acordado, eran las 10:10 de la noche, y antes de tocar se cercioró de que nadie lo siguiera, dio tres golpes secos a la puerta y aguardó unos instantes. Desde adentro le solicitaron el santo y seña y de inmediato uno de los hombres abrió con cautela y lo dejó entrar, y tras él pasó el cerrojo, a nadie más esperaban, esa noche se reunirían pocos: los siete del comité central, y él era el último en llegar. Roque saludó como siempre, y ellos le respondieron con gestos hoscos y con caras de pocos amigos (estaban molestos por la impuntualidad), pero pronto se distendió el ambiente y entraron en materia.

Roque callaba frente a los argumentos de irse ya a la lucha armada, le molestaba la elementalidad de pensamiento de aquellos hombres, cuya única aspiración era imponer su criterio a sangre y fuego, sin la primacía de la palabra y la razón —que en él eran consustanciales a la manera de ser y de vivir—, así que esperó a que todos hablaran y uno a uno fue desmontando lo que parecía de antemano decidido. Ellos lo escucharon en silencio y con rostros gélidos, y de vez en cuando intercambiaban miradas cómplices y de desaprobación.

Roque intentó disuadirlos, y para ello echó mano de toda su capacidad persuasiva, que quienes le conocían tanto elogiaban, y fue desgranando las notas de la libreta de tapa dura y negra que había llevado, pero pasadas la 1:00 de la madrugada se sintió cansado, exánime, como si su cuerpo no pudiera ya mantenerse en vigilia, así que les dijo a sus compañeros revolucionarios que él se iría a recostar un rato en la pieza contigua, y les dijo además que estaba dispuesto a asumir la voluntad de la mayoría, y que tomaran ellos la decisión.

Al cabo de un rato los compañeros revolucionarios tomaron entonces una decisión: entraron parsimoniosos en la pieza contigua en la que se hallaba Roque acostado sobre un destartalado colchón, y el más corpulento de ellos —Ramón, alias “El Gato”, el mismo que le abrió el portón a su llegada— desenfundó su arma provista de un silenciador, se puso a nivel del durmiente y le disparó en la cabeza. Todos presenciaron impávidos la ejecución: en religioso silencio, como si aquello fuera un ritual salvífico de seres iluminados dispuestos a enmendar el mundo.

Los restos del poeta y revolucionario Roque Dalton nunca aparecieron, se supo luego que hubo delaciones entre los antiguos miembros del mal llamado ejército revolucionario, y los cargos que se tenían contra él de ser un agente encubierto de la CIA, de ser un divisionista, de traicionar al pueblo y a la causa, eran todos infundados, y que la ejecución de aquella noche aciaga fue por rivalidad en medio de una lucha interna por el control y el poder.

rigilo99@gmail.com