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Diógenes Escalante: De la acera del frente a la esquizofrenia política por Orlando Oberto Urbina

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Diógenes Escalante: De la acera del frente a la esquizofrenia política por Orlando Oberto Urbina


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Dicen algunos pensadores que los ciclos históricos se repiten, algunos más temprano que otros, pero se dan en otras dimensiones entre el tiempo y el espacio. Para Guillermo Meneses “la democracia implica la ausencia de todo personalismo, la devoción por las ideas y no por los individuos”. Sin embargo, nuestra historia actual parece estar más llena de personalismo e idolatría que de ideales, y así no es posible construir una democracia; todo intento democrático queda sin bases y sin raíces liberadoras.

Para aquel momento, el 6 de septiembre de 1945, había aparecido alguien que contaba con las mayores posibilidades de ser un candidato democrático, y que tenía como adversarios a sus viejos amigos lopezcontreristas, quienes se oponían a aquel personaje que venía de transitar de una acera a la otra, y que abría –o estaba a punto de abrir- un nuevo capítulo de la historia política venezolana cuyas fuerzas del progreso en Venezuela deseaban la continuidad de aquella política que había comenzado a trazar el general Isaías Medina Angarita, quien había adelantado algunas líneas que abriera el camino a una democracia, aun enfrentando al enemigo eminente que era Eleazar López Contreras y compañía.

Señalan algunos historiados, politólogos y sociólogos que era el hombre, ese personaje llamado Diógenes Escalante y quien parece haber sido llamado a cambiar la historia del país. ¿Qué pasó con este ilustre personaje que, a punto de llegar a obtener la primera magistratura, se enloquece y pone en entredicho aquella novedad noticiosa? La misma que decía que aquel respetado diplomático que las últimas semanas había sido escogido entre las organizaciones políticas como el Partido Democrático Venezolano (PDN) y Acción Democrática (AD) para que fuera presidente de Venezuela había perdido la razón de un momento a otro, y sin motivo aparente.

Diógenes Escalante era el hombre, el candidato en el cual muchos esperaban para que cambiara la historia del militarismo, la intolerancia y el atraso que según algunos historiadores había marcado hasta entonces el devenir de nuestra querida patria. Escalante había perdido la cabeza en el momento más inoportuno, cuando estaba a punto de alcanzar la presidencia de la república después de haber sido electo por las distintas tendencias políticas del momento. Otros señalan que su candidatura nunca se llegó a formalizar, y que aquel 11 de septiembre de 1945 se marchó para no volver jamás, y tampoco recuperó la razón.

Con Diógenes Escalante, señala la periodista Maye Primera, quien escribió sobre este personaje y en la que manifiesta que con el diplomático “volaron también las esperanzas para la verdadera democratización del país”. La democracia que debe dejar afuera todo personalismo, en la cual debe haber devoción por las ideas y no por los individuos, parecía haberse adelantado en pro de una nueva forma de democracia, y se había decidido por la candidatura de Diógenes Escalante, y oponerse al regreso de Eleazar López Contreras. Estaban unidos en cuanto al candidato que aseguraría el perfeccionamiento de un sistema democrático en Venezuela.

Es fundamental pensar si estos episodios pudieran o no parecerse a ese fantasma que vuelve a parecerse en pleno siglo XXI, cuando no se practican los ideales, sino el personalismo, el caciquismo, el caudillismo en estos tiempos de Inteligencia Artificial. No podemos seguir creyendo en súper héroes, ni mucho menos en salvadores. El país debe enrumbarse por el debate político y no por la confrontación, mucho es el cansancio de escuchar y hacer lo mismo de lo mismo, y nada de soluciones. Los venezolanos comienzan a preguntarse qué ese estado de cosas que había desatado la enfermedad del diplomático Diógenes Escalante. Por ejemplo, la actitud de aquellos dirigentes que no pudieron sostener la unidad de las fuerzas ante el peligro que significaba las actividades de los lopezcontreristas, y  aquella mancheta del 6 de septiembre de 1945 en el Diario “El Nacional” en que se leía: “La nación entera exige que no sean intereses de grupo ni consideraciones regionalistas las que priven en la elección de un nuevo candidato para la presidencia de todos los venezolanos”.

Se ha insistido mucho en el hecho de que “desde la guerra de independencia, Venezuela, había estado siempre gobernada por militares” y en virtud de esto Maye Primera señala que Diógenes Escalante encarnó “la esperanza de tener por primera vez un gobierno civil que se había iniciado tras la muerte del general Juan Vicente Gómez”.

En la novela de Francisco Suniaga “El Pasajero de Truman”, se hace una recreación de la vida del diplomático Diógenes Escalante y se describe como “el héroe que iba a remediar los males que veníamos arrastrando desde los tiempos de la Colonia “.

La vida le trae esa sorpresa, y lo ve sucumbir ante esa enfermedad infame que lo lleva directo al manicomio. Diógenes Escalante no tenía ningún parecido con los anteriores presidentes que había tenido la república. Era este ilustre político quien podía representar el mundo moderno, y quien seguramente se iba a trazar una política para sacar a Venezuela del atraso y llevarla al progreso. Tenía una formación brillante, había estudiado en Suiza, y fue uno de los pocos de aquel tiempo que pudo completar sus estudios universitarios en Venezuela. Se destacó por los puestos diplomáticos que logró escalar en Alemania y el Reino Unido. Fue además miembro de la liga de naciones que después llegó a llamarse Naciones Unidas.

Son tiempos de esquizofrenia en el campo de la política. Unos convirtieron a Diógenes Escalante en una figura política para llegar al poder o hacer el juego al poder; otros lo asfixiaron políticamente y posiblemente lo enloquecieron. Quienes han hecho investigaciones en torno a esta historia como Elías Pino Iturrieta, señala que Escalante pensaba que “algo demencial debió funcionar en las intenciones de unos proponentes que me presentaban como autor de luminosas ideas, cuando ni siquiera un folleto escribí en mi vida”.

Señalaba aquel diplomático que unos proponentes jóvenes fueron a visitarlo en el hotel Statler de Washington, y que para él eran desconocidos, pero estaban muy interesados en su postulación: esos jóvenes eran Rómulo Betancourt y Raúl Leoni. “Me apoyarían al llegar a Miraflores siempre que garantizara la aprobación del voto universal, directo y secreto de los venezolanos”.

Diógenes Escalante Ugarte había sido propuesto para la presidencia en 1931 en reemplazo de Juan Bautista Pérez. Sin embargo, no se logró concretar su candidatura en ese momento.

Algunos autores explicaban y siguen señalando que eso no fue demencia, sino soberbia, porque un hombre como Diógenes Escalante era diestro en diplomacia y había estado en las alturas de la alta sociedad, que tenía como costumbre visitar los clubes e ir a las tertulias. Elías Pino Iturrieta nos cuenta que Escalante era un pez en las aguas del refinamiento, y siempre iba a nadar en las piscinas más grandes. Quienes eligieron a Escalante como candidato para 1945 eran más locos y debían estar en el manicomio.

Casi fueron tres décadas bañadas de sangre y fuego, y algo pasaba por la mente de esos proponentes que presentaban a un hombre como pionero de ideas luminarias. Esa locura es la que se ha encontrado como explicación de su peripecia personal, lo cual indica que la locura era más colectiva que individual.

¿Por qué debía ser candidato Diógenes Escalante, si tenía 27 años fuera de Venezuela, y desconocía totalmente la problemática del país? Entre 1904 y 1910 había sido cónsul en Gran Bretaña, Alemania, Holanda y Francia. Entre 1920 y 1933 fue Ministro plenipotenciario en Londres, delegado ante la liga de naciones entre 1937 y 1945, y embajador en Washington. Vivió en las grandes capitales del mundo, sin relaciones con los graves problemas que vivía la sociedad venezolana.

Ahora que ha pasado tanto tiempo de estos hechos históricos trascendentales, pareciera seguirse ese mismo camino. Construir un liderazgo que nos lleve por el buen camino no es tan fácil, por la mediocridad de lo que hoy representan algunos mal llamados líderes que no son más que mercaderes de la política venezolana.

Diógenes Escalante pareciera estar presente hoy en la Venezuela del siglo XXI. Ha sido siempre un misterio qué le ocurrió a ese  hombre distanciado, divorciado de los problemas que sucumbían al país, desconocedor de la realidad nacional que debía dominar y transformar. Muchos otros habrían podido atender la urgencia nacional con mayor celeridad.

Aseguran que esa realidad que tanto desconocía le pudo haber provocado la imposibilidad de llegar a convencer, lo que le produjo el bloqueo mental que lo llevó a enmudecer para siempre. Lamentablemente, este outsider se convirtió en un personaje que no solucionaría la realidad que vivían los venezolanos.

Esa tragedia jamás se les ha atribuido a sus postulantes, pero tal vez serian ellos los verdaderos responsables, porque era cierto que, efectivamente, Diógenes Escalante se había dejado engañar, o tal vez no supo poner condiciones para poder incursionar en lo nuevo y difícil que estaba por suceder.

Seguramente Diógenes Escalante algo tuvo que haber aprendido con sus contactos, algo de malicia, de astucia y tal vez guardaba algún cálculo en su equipaje. Antes de aceptar la candidatura presidencial, ¿serían incautos sus proponentes a tan importante cargo, o tal vez estaban más locos que Diógenes Escalante?

Escalante había nacido en el pueblo de Queniquea, estado Táchira, el 23 de Octubre de 1879, y murió en Miami el 13 de noviembre de 1964.

Sus camisas volaron por el aire, y él se fue en el avión que le envió su amigo Harry Truman. ¿Qué paso después de haberse tomado aquel sabroso atol que le había enviado su amigo de infancia, el general Eleazar López Contreras? Muchos deseaban que fuera el candidato del PDN y AD un civil y no un militar.

Así terminó la breve historia de un hombre que no pudo cumplirle al pueblo lo prometido.

En Venezuela los que nacen para ser presidentes

se vuelven locos, y los locos llegan a ser presidentes.

Gumersindo Rodríguez

 





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