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Por Ricardo Gil Otaiza

Alvariño y sus libros por Ricardo Gil Otaiza



Alvariño y sus libros por Ricardo Gil Otaiza

Más que escritor, se consideraba un librófilo, y con esa certeza abigarrada durante décadas, desarrolló su longeva existencia, pero tal condición, si es que podría denominarse así, tenía sus matices que entraban, sin lugar a dudas, en la compulsión y hasta en la manía, e incluso en el trastorno psíquico, porque nadie podía explicarse cómo Alvariño, con el poquísimo dinero que recibía como pensión de sobreviviente, prefiriera comprarse un libro antes que asegurarse la manutención, a lo que replicaba que podía vivir sin apenas comer, pero que no le faltaran los libros, porque ahí sí que estiraría la pata.

Los incautos amigos, al ver su situación y su postura, se condolían, y comprensivos le llevaban libros en préstamo para que los leyera, así no tendría que gastarse el dinero de la comida y los servicios, lo que él furibundo rechazaba, porque él solo leía (y en este punto elevaba la voz y el ya jorobado dedo índice de su diestra, un tanto amarillo por los cigarrillos que de paso consumía sin tregua) sus propios libros, y no los ajenos.

Y era comprensible su desquicio, toda vez que Alvariño amaba poseerlos: sentir su tibieza y cercanía, captar el sutil olor de sus páginas, palpar con la yema de los dedos la suavidad de sus materiales: ¡oh, el canto sutil de los libros!, ¡oh, la tersura y belleza de sus cubiertas!, ¡oh, el magnetismo de toda obra escrita!, exclamaba con éxtasis para que todos lo escucharan. Y, si a ver vamos, dichas cuestiones solo un librófilo consumado como él, con más de setenta años sobre sí, podría entender en toda su dimensión y hondura psicótica.

Alvariño interactuaba con otros de su misma afición, y también con sus colegas escritores, y ya todos sabían de sobra de sus manías y gustos, pero había un algo que no sabían cómo definir, porque en sí mismo no era una extravagancia, ni una compulsión, ni siquiera un apego personal, era, quizás, un gusto, sí un gusto y hasta una cierta sofisticación autoral; era como un orgullo y dignidad que atesoraba muy dentro: quería sus libros autografiados por los autores, y ello era una ardua tarea, porque muchas veces se vio en alguna feria (a las que en su juventud asistía en México, en el Perú, en Venezuela, en la Argentina, y hasta en la propia España), haciendo larguísimas filas a la espera de que el escritor o la escritora en boga (en su género no tenía remilgos) le estampara su firma y una dedicatoria y él, valiéndose de la edad y del nombre que ya comenzaba a resonar, dictaba con punto y coma lo que deseaba ver a posteriori asentado en la página de guarda, e incluso en la portada, para luego presumir de ello.

Con el paso del tiempo, lo de ir a las ferias de libros se le fue haciendo cuesta arriba: la soledad, el cansancio, el fastidio y las finanzas, conspiraron en su contra, por lo que tuvo que resignarse a libros impolutos, libres de firmas y dedicatorias, hasta que cierto día vio en las redes algo que lo dejó atónito y que nunca se hubiera imaginado: los autores más vendidos y las luminarias de las grandes corporaciones del libro, acostumbraban a firmar cientos (y hasta miles) de ejemplares poco antes de que la obra saliera a la venta, los cuales eran remitidos a ciertas y determinadas librerías y vendidos a ufanos lectores que, sin hacer largas filas, salían ufanos de las librerías con su libro firmado y dedicado bajo el brazo.

Mejor fortuna no podía tener, ahora que las coyunturas le pasaban factura, ahora que había dejado de manejar y se movía no sin dificultad con transporte público, así que de inmediato Alvariño llamó a sus librerías favoritas, y una a una le fueron dando los itinerarios previstos para las presentaciones de libros con ejemplares previamente firmados, o de aquellas obras que, aun sin tener eventos pautados con presencia del autor, ya tenían estampadas sus firmas y dedicatorias, y no contento con saber que varias de esas librerías habían adoptado el novedoso sistema, les pedía de favor que cuando les llegara un ejemplar firmado y dedicado, se lo hicieran saber y de ser posible se lo remitieran a su dirección postal, y que le enviaran de inmediato a su correo electrónico el catálogo de libros ya firmados que tuvieran en su poder, para seleccionar las obras de su interés.

Alvariño estaba pletórico de felicidad, un capítulo que tenía ya cerrado en su vida, de pronto se reactivaba, y si bien sus finanzas no se encontraban como para hacer fiesta, y su figura tomaba visos quijotescos por la escasez y frugalidad de sus raciones y viandas, podía pellizcar de aquí y de allá, y así reunir para varios libros firmados y dedicados de aquellos catálogos que, sin pausa, los atentos empleados de las librerías prometieron enviarle a su guasap.

Los catálogos llegaron en tiempo récord, y Alvariño agradeció aquello con efusivas palabras y promesas de inminentes compras y, como obsequio, uno de los remitentes le adjuntó un video que posiblemente sería de su agrado, y en el que se mostraba a un autor best-seller en plena sesión de firmas tras bastidores, para una de las más grandes cadenas de librerías con sede en A Coruña, que, por cierto, él solía visitar en sus tiempos de bonanza.

Lo que Alvariño vio en aquel video lo dejó horrorizado y maltrecho: el autor, con ínfulas de divo, tomaba de una torre de libros cada ejemplar, le estampaba malamente una raya a modo de firma, y lanzaba el libro sobre la mesa de trabajo con una displicencia propia de reyes, y allí estaban solícitos los empleados agarrando en el aire el libro para que no fuera a parar en el suelo.

Alvariño agradeció la cortesía de los empleados, les dijo que se tomaría su tiempo, se sentó desvanecido en su poltrona, y exclamó con nostalgia: “¡no deseo libros sin alma!”.

rigilo99@gmail.com