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De acuerdo con la portavoz, el principal detonante del daño psicológico en los merideños no es solo la falta de energía en sí, sino la ausencia de cronogramas oficiales

CIP-ULA alerta sobre impacto de crisis eléctrica en salud mental y física de los merideños



CIP-ULA alerta sobre impacto de crisis eléctrica en salud mental y física de los merideños

La directora del Centro de Investigaciones Psicológicas de la Universidad de Los Andes (CIP-ULA), Ana Virginia Redondo, alertó que la crisis eléctrica en Mérida —agudizada desde el gran apagón nacional de 2019— ha dejado de ser un simple problema de infraestructura para convertirse en una forma de afectación generalizada que altera los procesos biológicos y psicológicos de los ciudadanos.

De acuerdo con la portavoz, el principal detonante del daño psicológico en los merideños no es solo la falta de energía en sí, sino la ausencia de cronogramas oficiales. Al no existir una planificación predecible, los ciudadanos se ven sometidos a una violencia sistémica no declarada.

La investigadora, haciendo referencia a postulados de la psicología social, explicó que el cerebro gasta una cantidad de energía colosal intentando anticipar lo impredecible. Cuando no se sabe en qué momento se suspenderá el servicio, el individuo permanece en un estado de alerta constante, lo que genera un agotamiento ejecutivo invisible, pero devastador que mina la salud mental de la población.

Consecuencias en la vida cotidiana

Redondo indicó que esta tensión continua obliga a las personas a calcular cada acción cotidiana bajo una incertidumbre total, llevándolas a preguntarse constantemente si podrán cocinar, si se dañarán sus equipos y electrodomésticos, o si les dará tiempo de terminar sus responsabilidades antes de quedar a oscuras. La toma de decisiones bajo presión sostenida altera directamente el rendimiento laboral, académico y familial.

Síntomas tangibles

El impacto de esta crisis ya ha cruzado la frontera de lo psicológico para manifestarse en síntomas físicos tangibles. La directora del centro académico enfatizó que la población merideña está sufriendo alteraciones severas en los patrones del sueño, debido a que los ciudadanos se ven obligados a trasnocharse o madrugar para aprovechar las horas de fluido eléctrico, rompiendo sus ciclos naturales de descanso.

A esto se suman casos recurrentes de frustración, ansiedad, síntomas depresivos y respuestas biológicas alteradas. Se ha demostrado que la percepción de un entorno hostil e impredecible altera los patrones orgánicos del cuerpo, como la secreción diurna de cortisol —la hormona del estrés— vinculando directamente el entorno ambiental con el deterioro físico.

Factor económico

A todo este cuadro se suma el factor socioeconómico. El alto costo de la vida impide que el ciudadano común pueda paliar la situación adquiriendo plantas eléctricas, protectores de voltaje o cubriendo la reposición de los electrodomésticos que se dañan con regularidad, lo que incrementa el sentimiento de indefensión y desamparo en los hogares.

La investigadora alertó que, si bien toda la comunidad sufre las consecuencias, existen grupos especialmente vulnerables: pacientes crónicos cuyos tratamientos dependen de la electricidad, adultos mayores, niños, niñas y adolescentes, y personas en situación de violencia doméstica, cuyos espacios de tensión se agudizan durante los confinamientos a oscuras.

Herramientas para la resiliencia

Ante una variable macroeconómica y de infraestructura que los ciudadanos no pueden controlar de forma inmediata, desde el CIP-ULA se destaca la necesidad urgente de pasar de la reactividad a la resiliencia.

Por ello, el centro trabaja activamente en la evaluación de estos niveles de afectación para dotar a la comunidad —empezando por su personal docente, administrativo y obrero, también limitados por la falta de recursos tecnológicos institucionales— de herramientas de afrontamiento psicológico y tolerancia para resistir la crisis.

¿Qué podemos hacer?

· Aceptación y flexibilidad: asumir los cortes como una variable externa que no se puede controlar. Modificar los horarios para realizar tareas (especialmente trabajo y estudio) durante los bloques en los que sí hay servicio.
· Desconexión digital y entretenimiento analógico: aprovechar los momentos sin luz para alejarse de las pantallas. Leer un libro, escuchar música a batería o realizar juegos de mesa para mantener la mente ocupada y reducir el estrés.
· Apoyo social y vecinal: organizarse con los vecinos. El apoyo mutuo, la comunicación constante y saber cómo están las personas vulnerables alrededor crea un entorno de seguridad y contención emocional ante la crisis.
· Manejo de la ansiedad: los apagones generan incertidumbre (especialmente si no hay cronogramas claros). Practicar técnicas de respiración profunda, enfocarse en una sola tarea a la vez y mantener la calma ayuda a conservar la energía física y mental. (Prensa ULA / Carmen Betancourt / CNP 14024).