Mérida, Mayo Domingo 10, 2026, 11:32 am
El catecismo de la Iglesia Católica enseña, “creemos en la
Iglesia como una madre que enseña a sus hijos a hablar y con ello a comprender
y a comunicar el lenguaje de la fe” (n. 171). Una verdad que nace de un
misterio, fuimos engendrados por Cristo en el bautismo, por medio de la
Iglesia, como hijos de Dios.
La Iglesia es Madre, con sus brazos abiertos y corazón pleno
llena de consuelo y esperanza a todos los creyentes, solo en Ella podemos
recibir esa vida, ese alimento, su pan y su Palabra, que anima a todos sus
hijos a encontrar el único camino que nos salva, Jesucristo Señor de la
historia (Jn 14,6). La Iglesia madre, también es
maestra, que asistida con la sabiduría que viene de lo alto, ilumina las
conciencias con la sabiduría del Espíritu y nos da el don del consejo para
caminar por las sendas del Evangelio.
Resulta curioso que, en el corazón de cada una de las Iglesias
locales, las diócesis, hay una que por ser la primera en creación se
le llama primada o sede metropolitana, es una iglesia que al
igual que las madres-abuelas, es guardiana de toda una historia de fe, de un
patrimonio de piedad y devociones, manifestaciones de evangelio encarnado en su
identidad y memoria colectiva. Pero que al igual que la Madre María no se
guardó para sí su riqueza espiritual, sino que se ha puesto en camino (Lc 39,1)
para anunciar y formar otras iglesias en su territorio, lo que hoy llamamos
provincia eclesiástica. Una verdadera Iglesia Madre que deja huella indeleble
de fe arraigada, en comunión y misión.
En
cada hogar encontramos esa sabia y valiente mujer que, con su sabiduría y
experiencia, ternura y dedicación hacen presente esa Iglesia doméstica. Ellas
enseñan con su ejemplo, eso que siempre hemos escuchado: “familia que reza
unida, permanece unida”. La madre se hace experta en caminar al lado de
sus hijos, como lo señaló el Concilio Vaticano II, compartiendo “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los
hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a
la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.
Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (GS 1).
También el Papa Francisco nos habla en su Evangelii Gaudium de una Iglesia “madre” que provoca colocarse en
salida, que nos mueve a ir al encuentro de las nuevas realidades y de todos
aquellos que somos destinados por el Evangelio. Tener una Iglesia que sale y
que va adelante, que despierta la necesidad de ir a nuevos areópagos y llenar
del Evangelio de la ternura tantos corazones, al estilo de una verdadera mamá
que ayuda a sus hijos a salir por sí
mismos y a no permanecer cómodos bajo sus alas maternales, como una cría de
polluelos bajo las alas de una gallina.
La Iglesia como buena madre hace lo mismo: acompaña nuestro desarrollo
transmitiéndonos la Palabra del Señor, que es una lámpara que orienta el camino
de nuestros pasos de fe; ella administra los sacramentos. Ella nos nutre con la
Eucaristía, nos sana con el perdón de Dios por medio de la Penitencia, nos consuela
en los momentos de enfermedad con la Unción de los enfermos. Y santifica
nuestro servicio con las opciones de vida del matrimonio y el ministerio
sacerdotal.
Hoy estamos llamados a aprender las actitudes de esta Madre
Iglesia, entendida como don y misterio de Dios, que no busca el centro, sino
vivir desde el servicio (Mt 20,26). Una Iglesia que perdona y derrocha ternura y sencillez, que no es protagonista ella sino sus hijos,
que lleva a Jesús, que vibra con María, que no olvida su historia, sino que la
recrea.
Estamos llamados a tomar conciencia que Iglesia somos cada uno de nosotros, a quienes Jesús nos llama a construir
el Reino cada día y con cada decisión. Miremos el testimonio de fe nuestras
madres y aprendamos de ellas, a darlo todo sin esperar nada a cambio, a poner
toda nuestra existencia en la vocación de amar, amar hasta que duela, sin
esperar nada a cambio, fijando la mirada en el amor de Dios que todo lo puede y
todo lo hace nuevo.
Que
el Señor bendiga hoy a todas nuestras madres- Iglesia, esas mujeres que han
cimentado y hecho crecer la semilla de la fe, la esperanza y la caridad en
tantos hijos. Damos gracias por las
madres que aman tanto y de tal modo que nos asoman a las profundidades del
verdadero amor, el reflejo del propio Dios.
Feliz día a todas las Madres.
Mérida, 10 de mayo
de 2026