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Por Jorge Pérez.

El dolor, la rabia y el modelo del pranato tocan las puertas de la Casa Blanca por Jorge Pérez.



El dolor, la rabia y el modelo del pranato tocan las puertas de la Casa Blanca por Jorge Pérez.

El suelo de Venezuela todavía se mueve, pero no por el júbilo, sino por el peso de los escombros y el dolor de los rezos. Tras sufrir el impacto de dos terremotos simultáneos que han dejado ciudades fracturadas y a millones de paisanos bajo el silencio de la incertidumbre, el país se desangra en una carrera contrarreloj.

Madres, hermanos e hijos remueven aún sólos y sin apoyo toneladas de concreto con sus propias manos, con las uñas rotas y el alma en un hilo, ante la mirada indolente de un estado fallido que prefiere resguardar sus privilegios antes que desplegar la maquinaria pesada, los puentes militares o la ayuda humanitaria internacional.

En medio de este escenario de muerte, donde las estadísticas dictan que la esperanza de vida de los desaparecidos se reduce a cenizas minuto a minuto, desde Washington llega un eco ensordecedor que repite cada ciertos días lo mismo. El presidente Donald Trump ha osado decir nuevamente que después de tan desastrosos sismos: Venezuela “está bailando de alegría y felicidad” por la ayuda de sus administración.

Hoy asumiendo con toda responsabilidad quiero responder: Señor Presidente Trump, en Venezuela sí estamos bailando, pero no como usted cree: "Estamos bailando en un tusero, y para colmo, con alpargatas nuevas".

La metáfora de la inestabilidad y el cinismo:

Para quien no conozca el llano ni el corazón de nuestra cultura, "bailar en un tusero" es—moverse sobre una superficie plagada de residuos de maíz secos, ásperos y punzantes— es el arte de intentar mantenerse en pie en el peor de los terrenos posibles. Hacerlo con alpargatas nuevas duplica la penitencia: el calzado resbala, no se amolda al pie, falsea el equilibrio y multiplica el dolor.

Eso es hoy la realidad venezolana bajo la tutela de la Casa Blanca. El 3 de enero se celebró la salida de Nicolás Maduro y Cilia Flores y no dejamos de agradecer por ello; pensamos que esa decisión que ningún otro jefe de estado había tomado era el inicio de una nueva y mejor etapa para Venezuela, pensamos que el descabezamiento de la cúpula significaría el fin de la cleptocracia narcocriminal. Nos equivocamos. Lo que Washington ha bendecido y tutelado bajo el eufemismo del "delcynismo" o la continuidad del interinato no es más que una prolongación del tormento.
Calificar a Delcy Rodríguez como alguien "fantástica" o "maravillosa" mientras el pueblo desentierra cadáveres con las manos desnudas no es solo un error diplomático; es una bofetada escandalosa a la dignidad de un país que lleva 27 años sitiado por la misma banda de delincuentes, los mismos delincuentes que han impuesto el "pranato" o "la franquicia del pran", modelo que hoy incluso está tocando las puertas de la Casa Blanca.

El modelo del pranato: "Cambiar de Pran para mantener el botín"

Lo que se está ejecutando hoy en Venezuela no es una transición democrática, es la transpolación exacta del modelo del pranato carcelario. 

En las prisiones venezolanas, cuando un líder criminal (el pran) cae o es desplazado por una fuerza superior, el nuevo jefe no destruye la estructura: se apropia del pabellón, asume el control del botín y hereda al "carro" —los antiguos custodios y secuaces armados— para que le garanticen la sumisión de la población y el orden del negocio.

En esta tétrica franquicia criminal que hoy gobierna bajo la sombra de los Estados Unidos, el nuevo Pran ha decidido pactar con el mismo "carro" de siempre. Delcy, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello siguen allí, inamovibles, garantizando el reparto del botín mientras el país se desploma.

¿Cómo se explica, si no, que los mismos rescatistas y militares norteamericanos que llegaron para brindar asistencia humanitaria se encuentren de manos atadas, bloqueados por la misma burocracia criminal y por tanto decidieron entregar ellos directamente las ayudas humanitarias a la gente afectada? 

La fuerza armada y las aeronaves del Estado -como escribí en mi anterior artículo- no están en las zonas de desastre removiendo escombros; están en las calles conteniendo la indignación popular, confiscando la ayuda que la ciudadanía organiza de manera independiente y dosificando el sufrimiento.

El dolor no se negocia.

La indignación del venezolano ya superó la frontera del miedo. No se puede callar a un pueblo que no solo llora a sus muertos por el designio de la naturaleza, sino por la soberbia de quienes impiden su rescate. El cambio en Venezuela debe ser estructural, ético y definitivo; no una reestructuración de la mafia donde los verdugos de ayer pasan a ser los aliados "fantásticos" de hoy.

El dolor y la rabia de los venezolanos están tocando las puertas de la Casa Blanca y me atrevo a decir que ese modelo adoptado por la cúpula criminal de Venezuela, también. 

Es hora de que en Washington entiendan que con el luto de nuestra gente no se hace política de conveniencia. No estamos celebrando. Estamos resistiendo descalzos sobre las espinas de una traición, y la historia no perdonará a quienes, teniendo el poder de detener la infamia, quienes pusieron precio a sus cabezas, hoy decidieron aplaudir a los criminales mientras el pueblo cavaba sus propias tumbas.

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